Las Ménades y Horowitz

Aquel público vio nacer a un pianista legendario con un concierto imprevisto y lleno de energía, que puede encontrar un símil literario en la pluma de Cortázar.

Por Santiago Piñeirúa

Twitter: @spineiruaz

Hola, queridos lectores, les quiero preguntar: ¿han leído Las Ménades de Julio Cortázar? (Si no, aquí les dejo un link)

Es un cuento relativamente corto que narra una historia que, aunque parece irreal, me gustaría comparar con un episodio que vivió el pianista Vladimir Horowitz en su juventud y que le valió su fama en Europa. En resumen, Cortázar describe un concierto de música clásica, con obras de Strauss, Mendelssohn, Debussy y Beethoven, y narra la creciente excitación de un público hambriento de cultura en su localidad. El director y la orquesta interpretan las obras que, al final, pierden su esencia en el descontrol maniático de una ovación generalizada que lleva al público a un comportamiento violento e irracional, alimentado por la fuerza de la masa. Según algunos análisis, Cortázar trata de unir la necesidad del esnobismo de un público entusiasta, temeroso de no estar en el nivel cultural necesario para realizar una crítica, y el trance vivido en la antigua Grecia en los rituales dionisíacos.

En 1925, Horowitz ya había comenzado su carrera profesional y se estaba dando a conocer a través de una serie de conciertos en distintas ciudades importantes de Europa. En una ocasión, el pianista había tocado en Berlín y después del concierto se encontraba paseando en un parque, antes de volver a su hotel para partir hacia otra ciudad esa misma noche. Cuando regresó al hotel se encontró con un hombre desesperado que lo buscaba para que tocara algo con su orquesta, pues habían recibido una cancelación de último minuto y necesitaban cubrir el programa. Horowitz dijo: “Puedo tocar el concierto para piano No. 1 de Tchaikovsky”, pues lo tenía muy bien aprendido. Sin ensayos ni preparación alguna con la orquesta, el músico llegó al teatro esa misma noche, se reunió con el director y empezaron a ponerse de acuerdo para la interpretación del concierto. Horowitz comentó posteriormente que el director lo trató con desdén y como si fuera un estúpido hasta que se encontraron los dos en el escenario.

Sin embargo, en el momento en que empezaron a sonar los primeros acordes del piano el director no pudo evitar bajar del podio a mirar las manos del pianista, impresionado por su talento. Horowitz tenía el control suficiente del concierto como para presentarse en Berlín, sin ensayar con la orquesta, y lograr el estallido del público que lo volvió famoso. El pianista David Dubal, quien escribió el libro “Evenings with Horowitz: A personal portrait”, describe esta anécdota diciendo que, después del concierto, tuvieron que llamar a la policía para contener el furor del público emocionado por la interpretación. Aunque esto parece una exageración de Dubal, lo cierto es que el éxito de aquel concierto fue tal que la reacción del público puede ser comparada con la del cuento de Julio Cortázar, sólo que sin la irracionalidad del trance que se vive en Las Ménades.

En el cuento de Cortázar la gente es incapaz de controlar su excitación ante el Maestro director de orquesta y su interpretación, por lo que la masa se vuelve agresiva e irracional. Este efecto está basado en los rituales griegos en los que se alcanzaba el mismo nivel de hipnotismo en la mente de las personas, quizás alimentado por el mismo esnobismo y la necesidad de encajar en una sociedad muy dura y exigente en cuanto a la apreciación del arte.

El caso de Horowitz, es distinto, más controlado, pero aunque la reacción no fue tan violenta como en el cuento de Cortázar, el estallido del público fue genuino. Al parecer no había dejado de sonar el último acorde cuando el público ya estaba encima de él, con las manos rojas de tanto aplaudir.

El fin de este texto no es comparar la reacción de dos públicos, uno imaginario y el otro real, en términos de violencia y furor. El objetivo es invitarlos a celebrar el legítimo entusiasmo de aquel público que vio nacer a un pianista legendario con un concierto imprevisto y lleno de energía, y hacer notar que este hecho histórico puede encontrar un símil literario en la pluma de Cortázar, y que así, quizá, podamos revivirlo en nuestra imaginación.

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