Entre la ciencia y la poesía

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“Un fenómeno puede comprenderse tanto desde la ciencia como desde la poesía; ambas dan razón de él, aunque de modos distintos, y esos modos de comprenderlo no se oponen, sino que se complementan.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Un cuarto completamente blanco. Sujetos al techo, tres mecanismos se mueven despacio. Cada uno tiene un lente de cristal que filtra un rayo de luz para producir un arcoíris. En el piso, la luz que cae simula gotas de agua que se expanden como en un estanque con un despliegue de colores. La visión es hipnótica. El ritmo suave y cíclico de las gotas de luz tiene una carga poética que hace olvidar que nos encontramos en la sala de una galería, a la mitad de una de las ciudades más grandes —y monstruosas— del mundo.

Se trata de Falling light, una pieza del colectivo Troika que se exhibe en la galería OMR en la ciudad de México. La acompaña una breve explicación: cuando Isaac Newton explicó en términos científicos el fenómeno de refracción de la luz que crea el efecto del arcoíris, el poeta inglés John Keats escribió que la ciencia le había robado a la naturaleza algo de su espectáculo al reducir la noción de este fenómeno a la óptica. Muchas de las piezas que se exhiben en la muestra comparten la intención de unificar dualidades aparentemente opuestas —como encontrar la cuadratura de un círculo (!) a través de su reflejo en un espejo o mostrar una mancha de tinta negra que se disuelve en todo su espectro de colores— y ésta no es la excepción: busca recuperar ese aspecto poético del arcoiris a través de un mecanismo que trabaja de manera “simbiótica” con lo natural.

Pese a que la pieza del arcoíris en efecto conjuga tecnología y poesía, la premisa de que un fenómeno se vuelve menos interesante al ser explicado de modo científico es discutible. En principio es cierto que un fenómeno inexplicable despierta la curiosidad y la admiración. En muchas culturas el arcoíris ha sido sinónimo de esperanza e incluso de fe. Un arco de luz de color que atraviesa el cielo después de una tormenta debía ser señal inequívoca de buena fortuna. Pero también, cuando se dan las condiciones culturales necesarias, incita la búsqueda de saber.

Uno de los rasgos que permitió que surgiera la filosofía como búsqueda constante entre los griegos fue este cambio fundamental de visión. Ante un fenómeno hermoso y en apariencia inexplicable, además de maravillarse, algunos se preguntaron “¿por qué?” y decidieron investigarlo con las armas que estaban a su alcance: la razón y la experimentación. Ese afán de saber e investigar es común a la ciencia y a la filosofía; en esa curiosidad intelectual no hay distinción entre ellas. Y, aunque la explicación racional y comprobable quizá sea menos fantástica que pensar que el arco de luz es provocado por alguna divinidad en señal de benevolencia hacia los hombres, no es menos emocionante, pues despierta un asombro basado en la razón.

Lo emocionante del conocimiento que se adquiere por cuenta propia es que despierta más preguntas. Es conocimiento fértil: rara vez llega a un punto muerto; cada cuestionamiento abre nuevos campos de investigación. Es una búsqueda que puede seguir guiada por el asombro ante la complejidad de los fenómenos estudiados. Ese asombro no es exclusivamente racional, sino que puede apelar también a un sentido más vital, estético e incluso religioso. Me gusta en particular el modo en que Einstein lo describe: “Lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de todo verdadero arte y ciencia. Aquél para quien el asombro es desconocido, aquél que es incapaz de detenerse para maravillarse, vale tanto como un muerto: sus ojos están cerrados.”

Se dice que el asombro es ese territorio que comparten las ciencias y las artes, ese que despierta las preguntas y el afán de saber, que pone a la mente en acción para buscar respuestas a través de todos los medios posibles. El arcoíris puede comprenderse tanto desde la ciencia como desde la poesía; ambas dan razón de él, aunque de modos distintos, y esos modos de comprenderlo no se oponen, sino que se complementan. En ese sentido, Falling light coloca el fenómeno óptico del arcoiris en un escaparate que permite comprenderlo desde dos ámbitos de nuestra racionalidad, que no son más que modos de acercarnos a él, movidos por el mismo asombro fértil. No es una oportunidad que se presente todos los días en esta ciudad.

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