Manon Lescaut y Jane Eyre

“El extraño juego que tiene la belleza sobre nuestros juicios y valoraciones es intrigante.”

Por Chloe Nava

Twitter: @MmeRoubaud

Antes de ir a trabajar me gusta viajar un poco, me gusta empezar mi mañana en lugares desconocidos con nuevos rostros y situaciones extrañas. La semana antepasada estuve en el París del siglo XVIII y la semana pasada estuve en el campo inglés del siglo XIX. Mi primer travesía fue escrita por el Abate Prévost bajo el nombre de Manon Lescaut. Frecuentemente relacionada por su estilo con el romanticismo, esta novela sirvió de inspiración para la ópera homónima de Puccini.

Se trata de una historia de amor entre dos jóvenes de provincia que van a París a disfrutar de su pasión. Aunque importante y prometedora, la ciudad es reconocida por enviciar a sus habitantes. El joven caballero des Grieux viene de una familia con buena reputación, es un buen estudiante, tiene un carácter tranquilo que parece prometedor a los ojos de sus profesores de teología y para el honor familiar.

Un buen día el prometedor caballero se enamora de Manon, una joven humilde que por único apoyo familiar tiene a un hermano vicioso. La impresión que causa la belleza de Manon en nuestro caballero es tan grande que éste se imagina en ella las mayores virtudes y atributos que cualquier persona en la tierra pueda tener. En su belleza y virtudes el joven enamorado encuentra todo lo que esperaba tener en el cielo, sólo que en la tierra. A través del amor de su bella amante piensa conseguir la felicidad que antes de conocerla nada más que la religión le podía dar.

Sin duda Manon es bella, pues no pasa mucho tiempo sin que tenga un nuevo pretendiente. Es una mujer librada al placer de su propia belleza, siempre necesitada de diamantes, perlas y seda es inevitablemente atraída a París. El caballero, completamente enamorado la sigue, creyendo siempre que una persona con tantos atributos debía ser la criatura más noble de la tierra. Pero la realidad es otra, el gusto de Manon por los lujos sobrepasa su capacidad para rechazar nuevos amantes. Recurrentemente el ofrecimiento de joyas y hoteles suntuosos le hacen engañar a su amado.

Manon no piensa hacerle daño al caballero, no es su culpa ser adorada por muchos, ni es su culpa que sucumba ante los objetos brillantes y costosos. Su corazón le pertenece a él, ella lo ama sólo a él, la entrega del cuerpo es algo sin significado y su amante no puede tolerar ese razonamiento sin sentir que se le rompe el corazón.

A lo largo de la novela no vemos más que una mujer bella, cuyos dones parecen imaginados por el caballero, pues no posee ni habilidad para conversar, ni habilidad para cosa alguna que no tenga que ver con la coquetería. Lo que me interesa resaltar es que, sin su belleza, Manon no hubiera podido conseguir ni una miga de pan. Su amante tampoco la hubiera dejado trabajar para conseguir esta miga si la necesidad lo hubiera pedido, porque una mujer delicada como ella no puede desgastarse en ninguna labor.

Mi segunda travesía es narrada por Charlotte Brontë, con Jane Eyre la escritora rompe los paradigmas sobre el papel de la mujer en las novelas. Huérfana y repudiada por su tía y primos, Jane es enviada a los 10 años a un orfanato de religiosas. Ahí la comida es mala, la ropa no es suficiente, el calzado no protege del viento ni de la nieve, y el responsable del lugar cree que al someter a las niñas a este rudo tratamiento les enseñará a ser humildes. En este ambiente crece una joven con un carácter especial. Decidida a hacer todo lo posible por ganarse el aprecio de los demás a través de sus acciones, Miss Eyre se hace una idea de lo que sería una buena vida y el medio para conseguirlo.

Jane no es bella, no tiene ningún rasgo particularmente atractivo, a lo largo de la historia resalta el hecho que de ser más linda quizá serían menos duros con ella, la tratarían mejor y hasta la podrían querer un poco. Pero sin ningún atributo especial, Jane aprende a hacerse valorar por sus conocimientos y su capacidad para expresar la independencia de sus ideas.

El contraste que encuentro es estos dos personajes me resulta muy interesante. Manon cubre el papel femenino de gran parte de las novelas francesas de esa época y un poco del romanticismo. Jane se aleja de esos parámetros y en la misma novela se ve cómo a las chicas menos interesantes, menos originales y conversadoras pero más atractivas, la vida les resulta más sencilla.

Ella sabe que debe ganarse el cariño de los demás haciéndose querer, mostrando que es útil en lo que le pidan. La introducción de este personaje a la literatura del siglo XIX en adelante es un gran parteaguas: la mujer tiene un papel activo en la novela, no espera que los demás hagan las cosas para ella, sino que las hace por sí misma.

No cuenta con la bondad de ningún joven que la rescate enternecido por su hermosura, no espera que la gente la aprecie para que sucedan las cosas en su vida. Jane es un personaje activo, se enfrenta a sus obstáculos gracias al talento que ha desarrollado y es gracias a ese talento que la gente la quiere.

Me llamó la atención el contraste entre ambos personajes y quise exponerlo brevemente aquí, porque en la narración que hacemos de las cosas seguimos, en cierto modo, asociando la belleza con el éxito. Una mujer que es bella y exitosa es digna de admiración más rápidamente que una mujer poco agraciada pero exitosa. El extraño juego que tiene la belleza sobre nuestros juicios y valoraciones es intrigante. Podemos ver un poco de eso en los distintos papeles que cubren Jane y Manon en sus respectivas novelas y, al mismo tiempo, indagar el número de veces que caemos en los trucos puestos por la belleza.

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