Reflexiones en torno al placer y la templanza

Una muy buena amiga y consejera, amante del té, me ha dicho que la templanza es la virtud sobre la cuál se cimientan todas las demás.

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

En una sociedad que hace celebridades de quienes se especializan en producir placer sensorial -como sucede con el caso de muchos chefs, por ejemplo-, practicar la templanza puede resultar todo un desafío.

La templanza es la virtud que nos ayuda a medir nuestros apetitos, en afán de luchar en contra de los excesos que pueden llevarnos a escenarios poco deseables. Pero ésta resulta difícil de defender en el contexto presente, en el que la fascinación por el “buen gusto” es aplaudida y celebrada.

Cuando se aprende a adquirir los mejores ingredientes, a cocinar con la mejor técnica o comer en los mejores restaurantes, y a degustar en buena compañía, lo último que se viene a la mente es la moderación. El resultado de una deliciosa comida puede ser tan sensorialmente placentero -al paladar, al olfato, a la conversación, a la vista y a todo lo demás- que “moderarse” se antoja poco atractivo.

Pensémoslo. El discurso de venta de lo “gourmet”, de lo “local”, de lo “orgánico” y de lo “artesanal” (todas las comillas son necesarias) siempre enlista como un beneficio principal al “mejor sabor” del producto en cuestión. Las ventajas ecológicas o económicas suelen estar presentes junto a la promesa de una experiencia deliciosa.

Y cuando las redes sociales nos hacen tan fácil compartir descubrimientos sibaritas, es difícil resistir a la tentación de subir una foto etiquetada #foodporn a Instagram, o cualquier cosa similar, lo que nos permite regodearnos en braggin’ rights por nuestro saber e invitar a otros a caer en las mismas tentaciones, “socialmente responsables”, que nosotros.

Finalmente, parece que promover virtudes es cool. Pero sólo algunas virtudes, como la justicia, no tanto la templanza…

Encuentro un contraste interesante entre la técnica de la infusión y la del cigarro. Ambas requieren de un tipo de hoja como materia prima (del árbol del té y del tabaco, por ejemplo), que luego de ser cosechada pasa por distintos procesos como la fermentación y el secado. En ninguno de los dos casos se consumen las hojas mismas, sino que se extrae con calor las propiedades que se desean de ellas.

En ese último paso se encuentra la diferencia principal de los dos procesos. En el caso de la infusión, el calor que se aplica debe ser moderado o los resultados no serán agradables, mientras que en el caso del cigarro debe ser el máximo posible. La diferencia es la moderación y el resultado que de ella se obtiene.

En una afortunada coincidencia poética de la vida, la moderación de la infusión produce una bebida amable y beneficiosa a la salud, mientras que la destrucción provocada por el fuego del cigarrillo genera un humo espeso, de mal olor, sabor y sumamente dañino para la salud.

El té parece detener el tiempo, o al menos alargarlo para que lo disfrutemos más, mientras que el cigarro lo consume. No resulta sorprendente que los hombres grises, esos villanos que roban el tiempo a las personas sin que éstas lo noten en Momo, la maravillosa novela de Michael Ende, se fumen el tiempo, incinerándolo, reduciéndolo a nada.

La templanza del té es contemplativa e invita a la virtud. El consumo del cigarro es anestésico, pero distractor, y conduce al vicio, a la adicción, a la pérdida de libertad. El placer que puede obtenerse de ambos es notorio, pero el del té resulta una decisión mucho más ventajosa a corto y a largo plazo. El té prolonga la vida e invita a la convivencia en la mesa, el cigarro la reduce y nos aparta de los demás.

Una muy buena amiga y consejera, amante del té, me ha dicho que la templanza es la virtud sobre la cuál se cimientan todas las demás.

La búsqueda del placer debe ser inteligente, cosa que ya sospechaba Epicuro hace más de dos milenios. Parece que la templanza es un paso hacia esa inteligencia, una puerta de acceso para saborear al máximo las cosas y las experiencias de la vida.

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