Sobre la cordura

“Las valoraciones inadecuadas o exageradas pueden enfermarnos, nosotros mismos podemos crear un círculo vicioso por su culpa.”

Por Chloe Nava

Twitter: @MmeRoubaud

Tiempo atrás, cuando padecía cierta enfermedad, a menudo me hacía estas preguntas: ¿Estaré realmente enferma? Y si sí, ¿hasta qué punto estaré enferma? ¿Cuánto de lo que hago y digo es parte de mi enfermedad y qué tanto es parte mía y de mi situación? No lo sé, lo ignoro y si lo supiera quizá no estaría metida en este dilema.

Hoy que me encuentro en forma sigo sin poder resolver esas preguntas, vuelven a mí con la misma fuerza y me dejan tan perpleja como antes. Pero en cierto modo sé que no soy la única que se las plantea, me consuela saber que a veces es difícil encontrar la tenue línea que existe entre la salud y la enfermedad. Pasar de un estado al otro es relativamente fácil, pero señalar con certeza por qué uno está sano o por qué se sabe que se está enfermo es un asunto totalmente diferente.

La semana pasada una interesante combinación de cuentos se presentó ante mí, o más bien, decidí que ocurriera. Empecé leyendo “El médico rural” de Franz Kafka y al terminarlo una pequeña voz en mi interior me dijo que debía leer “Sólo vine a hablar por teléfono”, de Gabriel García Márquez. A pesar de esa particular asociación, mi cerebro estaba funcionando perfectamente bien, es más, pocas veces había sido tan atinado.

Con justa razón se preguntarán qué pude encontrar en común entre escritores tan disímiles: Diré que se trata de la cuestión que expuse al principio: no soy la única preocupada por la tímida separación que existe entre la salud y la enfermedad.

Con un humor un tanto oscuro, en su cuento Kafka nos ubica en el campo de Austria. Una familia mandó a llamar al doctor del pueblo para curar a su hijo de una enfermedad aparentemente mortal. Tras una serie de eventos fantásticos, el doctor llega a la casa y se dispone a examinar al niño. En primera instancia le parece absolutamente sano, y reconoce los síntomas que le son atribuidos como fruto de su estado de reposo y un exceso de café.

Dispuesto a irse de la casa, la familia lo ve descontenta, esperando un mejor diagnóstico, es decir, uno que confirme su idea de que el joven realmente está al borde de la muerte. Al notar esta situación el médico vuelve a la cama del niño y descubre la causa aparentemente verdadera de su malestar: una enorme herida infestada de gusanos.

Reconociendo finalmente lo que querían que notase, el doctor es desnudado y acostado a un lado del enfermo, obligado a curarlo o a morir con él. Incapaz de curar la testarudez de una familia entera o de salvar a un niño de una muerte que le ha sido impuesta, el médico emprende la huída. Se arroja por la ventana, semidesnudo sobre su carro y caballos, tan confundido o más que nosotros.

Al terminar el cuento fui corriendo a mi librero con la idea de que “Sólo vine a hablar por teléfono” podría ayudarme a entender de mejor manera lo que la narración de Kafka me había hecho pensar. En esa historia, María se queda a la mitad de la carretera, con un coche descompuesto e incapacitada para avisarle a su amado que llegará tarde a su reunión. Preocupada por lo que podría pensar su pareja, decide hacer parar algún coche para que la acerque a un teléfono. Después de un rato sólo llega un autobús y María, cansada de esperar, prueba su suerte: afortunadamente la dejan subir al autobús y prometen llevarla a un lugar con teléfono. Cuando llegan a su destino, con ella bajan muchas señoras de distintas edades y condiciones, se dirigen a un edificio en fila y, confundida, María las sigue a todas, esperando llegar con algún responsable para pedir el teléfono.

Pero la oportunidad no se presenta, cae la noche y María es obligada a entrar al edificio en el que debe declarar su condición como enferma mental. Ella repita constantemente que en principio no debería estar en ese lugar, sino con su marido y que únicamente había ido para usar el teléfono. La desesperación empieza a apoderarse de ella, incapaz de defenderse ante la idea de los médicos y las enfermeras de que ella forma parte del pelotón de pacientes que llegó aquella noche.

Eventualmente su esposo se entera de su ubicación y va a verla preocupado. Su coche se encontraba hecho añicos y él no pensaba volverla a ver en su vida. Uno pensaría, entonces, que al encontrarse saltarían uno y el otro a abrazarse; sin embargo, el ambiente del hospital y la separación que se había dado entre ellos enfrió la situación. El hombre escuchó atentamente la supuesta condición de su esposa y le fue prometido que, de mantener una buena conducta, ella podría salir prontamente. Y, ¡cuál fue mi sorpresa cuando el esposo dio más crédito al reporte médico que a lo que María le había contado sobre famosa noche!

Ella, no menos impresionada que yo, volvió al estado de desesperación e impotencia que la había invadido al principio, reproduciendo el comportamiento clásico de un enfermo mental, confirmando su diagnóstico y la duda en su pareja.

No les contaré cómo termina el cuento porque quiero que lo lean, pero les he dicho todo lo que necesito para exponer mi punto. Todos podríamos ocupar el lugar de María o el lugar del niño, la enfermedad de uno o del otro depende de un diagnóstico y de alguien que lo crea. Y lo más inquietante es que ni siquiera es necesario que el paciente crea el diagnóstico para que sea verdadero. Las valoraciones inadecuadas o exageradas pueden enfermarnos, nosotros mismos podemos crear un círculo vicioso por su culpa.

Y a pesar de no tener una respuesta clara a mis preguntas, me tranquiliza saber que no soy la única que se interesa en este tema. ¿Mi enfermedad es producto de la fijación que tengo de estar enferma? ¿Podría darse el caso de que en realidad estuviera perfectamente sana? ¿O son los demás los que me hacen ver y sentir enferma, son los otros quienes me enferman?

Pero las preguntas no llevan a ningún lugar, dan vueltas en la cabeza del paciente. Él ha enmudecido incapaz de decir cualquier cosa sobre su situación, confundido, quizá resignado. No está convencido del todo sobre su diagnóstico pero no puede negarlo. Pero, ¿por qué yo, la enferma, o por qué ese paciente en específico hemos sido señalados? Bien podría cualquier otro ocupar nuestro lugar, o no.

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