Contra el destino profesional

“Deja de temer al destino violento que te ata a un trabajo, a un empeño que no te es propio. Toma las riendas de tu vida y compromete tu existencia entera a lo que quieres.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

“Un artista debe ser único; un mundo en sí mismo” -Arthur Rubinstein

Permítanme presentarles un ejercicio que transita entre lo artístico y lo filosófico, entre lo práctico de la vida profesional y lo inasible de la vida del alma.

En este post quiero hacer una declaración -algo valiente, algo violenta- contra la idea del destino profesional. La idea de que estamos, por cualquier motivo, atados a un modo de hacer las cosas, a un trabajo determinado, a un sueldo… a cualquier cosa. Esta declaración, para que funcione, quiero soportarla sobre el texto de un pensador mucho más poderoso que yo: Ludwig van Beethoven. En su extraordinario tratado contra el destino, su Quinta sinfonía, Beethoven desarrolla de un modo insuperable el ataque contra la idea del destino, del hado, de la fatalidad.

I. El destino toca a mi puerta


 

En el principio la tentación de aceptarnos atados al destino toca nuestra puerta. Se nos presenta firme, salvaje. Nos deja sentir su peso, su omnipresencia en nuestra vida. Así como Urano se acuesta sobre Gea y la cubre toda, así el hado nos quiere abrazar enteros.

El destino profesional quiere consumir nuestra vida, nuestra libertad. Se nos presenta como un plan ya trazado del que no podemos escapar. Hemos tomado decisiones en nuestra vida que nos tienen atados a un puesto, a una empresa, a una actividad. Y la rutina, compañera fiel del destino, se abalanza sobre nuestras vísceras como si fuéramos Prometeos débiles atados a la piedra de nuestra cotidianidad.

Ante la perspectiva de no ser libres, de estar atados a un destino profesional, la tristeza adelanta su paso sobre nosotros y conquista poco a poco nuestro ánimo.

¿Cuántos fantasmas no hemos conocido en nuestro caminar por la vida? Gente consumida por el aburrimiento, por la tristeza de saberse esclavas del destino que (acaso intuyen) debieron destrozar.

¿Cuántos hombres y mujeres cabizbajos, cansados, viven convencidos de que su someterse al dominio del destino fue un pago justo por la tranquilidad, la estabilidad y la comodidad de su status quo? ¡Ay, cuántas almas se someten libremente al destino que toca la puerta! ¡Cuántos rostros se apagan por creerse incapaces de vivir alejados de la fatalidad!

II. Resolución de vencer al destino


 

Sólo en la calma uno puede darse cuenta de lo que está dejando de hacer por conformarse con ser esclavo del destino.

Es en la paz, aparente, del ánimo donde surge la primera chispa de valor. No hay motivos para dejarse aplastar por el tremendo llamado del hado a la puerta. No importa qué tanto golpee, no importa la furia ni su amenazante apariencia. Somos hombres, seres llamados a la libertad. Incluso en los momentos cuando el miedo pueda aparecer, sobre todo cuando la duda aceche en el fondo de nuestro espíritu, tenemos que disponernos a levantar la mirada y aceptar que podemos ser dueños de nuestra historia.

Hacer lo que quiero. Seguir el consejo del fantasioso Ende y hacer lo que quiero. ¿No se trata de eso la vida? ¿No es justamente esa la esencia del ser humano? Saber lo que se quiere. Hacer lo que se quiere. En una palabra: querer.

El hombre que sabe lo que quiere puede levantarse, todavía rodeado por las tinieblas del destino, y aventar la mirada hacia lo más alto y lo más profundo del universo. Sólo el hombre erguido es dueño de sí mismo. Y sólo el dueño de sí mismo es capaz de brillar, de sonreír y de ser libre para ser feliz.

Profesionalmente esta es una llamada de atención. Parafraseando al santo de Hipona, ama lo que haces y haz lo que quieras. Deja de temer al destino violento que te ata a un trabajo, a un empeño que no te es propio. Toma las riendas de tu vida y compromete tu existencia entera a lo que quieres. Ama lo que haces y haz lo que quieras.

III. El tránsito de las tinieblas a la luz


 

Lo burlesco de esta resolución de vida es que cuando uno decide caminar el sendero de la libertad el destino decide desvanecerse por completo.

De pronto uno se encuentra en un pasillo obscuro, solamente rodeado de imágenes difusas de lo que el destino antes nos ofrecía. Abandonar el destino es abandonar la seguridad de las cadenas, la comodidad de la prisión.

El paso que debe ser firme se torna temeroso. ¿Cómo caminar si no se ve hacia dónde uno se dirige? Lo único que se posee es lo que se quiere, una imagen, una visión.

El hombre erguido se enfrenta a la angustia de no tener nada -absolutamente nada- a lo cual asirse. La libertad querida es menos amable que el destino odiado. Pero en la angustia se forja el carácter que puede llevar al hombre erguido a brillar. La duda no lo consume, sino que lo lastima arrancándole lo último que le queda de falsedad y de cobardía.

IV. Entonces el hombre puede brillar


 

El hombre despojado del miedo y del destino se descubre a sí mismo como dueño de sí mismo y, por lo tanto, responsable de su querer.

Ya no hay destino, ni rutina, sino pasión. No la locura apasionada de un adolescente, ni el arrebato idiota de los bohemios. No. Hay esfuerzo, hay coraje, hay pasión: es decir, hay un ascua sagrada que explota dentro del alma y que se desborda hasta por las pupilas del hombre libre.

La pasión es la característica de los hombres libres, de aquellos que superaron al destino y lo sometieron a su propia voluntad. Disney, Jobs, Mahler, Rubinstein, Víctor Hugo, todos ellos fueron apasionados, todos ellos fueron libres. Por eso todos ellos fueron causantes de grandes revoluciones en nuestro mundo.

¿Qué tiene el destino para ofrecernos cuando podemos ser dueños de nuestra historia, de nuestra libertad? ¿Qué tiene de agradable la tentación de estar atados a las cadenas de la fatalidad, cuando podemos apropiarnos de la felicidad de ser quienes queremos ser?

La provocación no es para que abandonemos lo que hacemos y nos aventemos a la vida triste de los irreflexivos. La provocación es para comprometernos con lo que nos apasiona y estar dispuestos a ser todo lo que podemos ser.

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