Llamados a la alteración

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“El cambio es posible por la contingencia de esta realidad y la contingencia produce dolor: todo cambio es una renuncia, una pérdida que implica un duelo, pero, al mismo tiempo, es una posibilidad. Posibilidad de actuar, crear, construir.” 

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

“La novedad es una de las características intrínsecas de la condición humana -dice el filósofo Leonardo Polo.- La estabilidad no es característica humana.” Palabras fácilmente aceptables y aparentemente obvias. Sin embargo, existe un potente deseo de estabilidad en nosotros. ¿Quién no lo ha experimentado? Pensamos que en algún momento de nuestra vida el éxito de nuestros esfuerzos se verá recompensado con la estabilidad. Inconscientemente seguimos creyendo que la fatiga, el trabajo y el dolor son cosas temporales y que eventualmente llegaremos a ese “felices para siempre” de los cuentos. Pero la realidad es que, al menos en esta vida, no hay tal cosa como una felicidad estable.

Últimamente es un tema que ronda mucho por mi cabeza, pues me he topado en varias de mis lecturas con esta idea: la vida no está hecha para ser tranquila y sencilla. La vida es -nos guste o no- una lucha constante, con subidas y bajadas, con momentos de felicidad genuina y de profundo dolor. También me he topado con esta otra idea: la paz no es algo pasivo, sino algo activo. El hombre que está en paz consigo mismo es el que más cosas hace, el que más construye, el que más cambia.

El cambio es condición necesaria para la innovación -todos lo sabemos-, por lo que es paradójico que sea tan común esta interpretación de la misma en donde se tiene la expectativa de haber alcanzado lo “definitivamente nuevo”, como si al encontrar una respuesta innovadora elimináramos la posibilidad de que se generara algo nuevo posteriormente, como si al tener una gran idea domináramos la novedad encontrada a lo largo del futuro.

Esta interpretación de la innovación parece absurda cuando la pensamos, pero es una contradicción que podemos encontrar constantemente en la historia de la humanidad. Por ejemplo, pensemos en las corrientes artísticas del siglo XX. Todas, desde el arte abstracto hasta el surrealismo, se consideraban a sí mismas como la última y definitiva clave estética por haber roto con lo anterior. Pero la realidad es que toda corriente puede aportar algo importante al desarrollo del arte precisamente porque puede ser superada.

Lo natural en el hombre es cambiar y reinventarse constantemente. El cambio es posible por la contingencia de esta realidad y la contingencia produce dolor: todo cambio es una renuncia, una pérdida que implica un duelo, pero, al mismo tiempo, es una posibilidad. Posibilidad de actuar, crear, construir.

La utopía de la novedad es que se mantendrá inalterable en el futuro, pero no es posible esperar el definitivo advenimiento de lo nuevo simplemente porque ya está aquí: lo nuevo siempre está sucediendo.

Para poder apoderarnos de la realidad cambiante y generar algo valioso con ella, debemos comprender a la persona en términos de proyecto. El hombre no es -ni ninguna de sus creaciones- una cosa acabada o un suceso cumplido. El hombre es el protagonista de la innovación.

La creatividad de la persona apunta a la persona misma, a su proyecto de ser, que es, según Heidegger, más propiamente humano que el ser que ya se es. El hombre utiliza su potencialidad de innovación para recrear su propio ser. El acto creativo se refiere primordialmente al propio y personal proyecto de ser.

Por lo tanto, el modo auténtico de ser uno mismo es generar un modo de pensar que no sacralice los hechos pasados pero que tampoco se someta dócilmente a las nuevas variaciones culturales. El hombre auténtico es el que conoce la tradición y sabe tomar lo valioso de la historia, pero que también comprende que su propio proyecto de vida implica la innovación.

Esta exigencia puede resultar incómoda, pues requiere que venzamos la pereza de pensar y alimentar nuestro intelecto y el miedo de cambiar constantemente para salir de nuestra zona de confort. Siempre es más fácil repetirse continuamente con tal de no realizar el esfuerzo de pensar lo nuevo, pero es la única forma efectiva de llegar a ser -cada vez más- nosotros mismos.

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