Urgente: se buscan emprendedores culturales

“Hoy las artes y los negocios están divorciados. En gran medida, el divorcio es culpa de un mito estúpido que ambos mundos se empeñan en alimentar.”

 Por Juan José Díaz

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En una entrevista que le hicieron a Martha Nussbaum, con motivo de su libro Not for profit, why democracy needs the humanities, leí esta aseveración de la filósofa norteamericana: “The arts (…) are extremely valuable for the development of sympathy and imagination. (…) They also promote a sense of discipline and accountability to others.

En un país —en un mundo— tan hambriento de humanidad y de justicia, ¿no es verdad que necesitamos con urgencia que la gente desarrolle su simpatía y su imaginación, no para volar sin destino aparente, sino para encontrar soluciones creativas a los problemas y dolores que nos persiguen a diario? ¿No es cierto que la disciplina y la rendición de cuentas podrían ayudarnos a avanzar hacia una cultura más transparente y mucho más responsable?

La necesidad está ahí, evidente, apremiante. Todos nos damos cuenta de ella, todos la sufrimos día a día. No importa si somos empleados o magnates, o ciudadanos del tercer mundo o del mundo entero. No. Todos somos necesitados y, por lo tanto, tenemos que poner manos a la obra para construir las soluciones adecuadas en el menor tiempo posible.

Creo que muchos gobiernos —en concreto, el de México— han dado un muy buen primer paso en la búsqueda de la resolución de estas necesidades.

Sin ser un fan del gobierno, ni partidista, ni cosas peores, creo que el impulso que se le ha dado al espíritu emprendedor y a la creación de nuevas empresas es una de las piezas imprescindibles en el desarrollo de una respuesta a la búsqueda de una prosperidad integral y, por lo tanto, humana.

Sin embargo, esta es sólo una primera pieza del rompecabezas. Todos sabemos que las empresas no son, ni pueden ser por sí mismas focos de desarrollo personal. La crítica al capitalismo salvaje justamente apunta en esta dirección: las empresas son focos productivos, pero dependen de una pieza más para no convertirse en monstruos que se traguen a las personas y que destruyan el entorno que les ha permitido subsistir.

Las empresas necesitan un gen de humanidad. Necesitan urgentemente poner su mirada más allá de la generación de riqueza y entender, de una vez por todas, que dicha riqueza solamente es valiosa cuando se supedita al bien del hombre, a la plenitud humana.

¿Quiénes son los que, naturalmente, se mueven en el terreno del ensanchamiento de lo humano? ¿Quiénes viven y mueren, apasionados, por la plenitud personal? Los artistas.

El hecho creativo obliga a los artistas a ir más allá de sus necesidades más básicas y a superar la mera productividad. Mozart, Van Gogh, Martha Graham, Borges y muchos otros trascendieron las fronteras del tiempo justamente porque sus creaciones fueron mucho más que sólo producciones bien logradas.

Todos ellos son grandes porque son universales. No importa si nos gusta o no su obra, es imposible negar su grandeza. Cada vez que se lee un diálogo de Platón o que se escucha una fuga de Bach, o que se ve un cuadro de Velázquez, el alma se inflama y crece. Cada contacto con estos artistas nos hace, ineludiblemente, mejores personas.

Pues bien, esta es la otra pieza necesaria para el desarrollo integral del que hablaba líneas arriba. Esta es la otra pieza que buscamos para solucionar los problemas y las necesidades que nos apremian paso a paso.

Hoy las artes y los negocios están divorciados. En gran medida, el divorcio es culpa de un mito estúpido que ambos mundos se empeñan en alimentar. El arte no es bohemia pobretona y los negocios no son máquinas inhumanas. Conozco artistas —por no decir “artistoides”— que se empeñan en mantener su producción pura y casta, lejana de la prostitución del capitalismo y de los negocios. Conozco empresarios y emprendedores —por no decir “tecnócratas”— que se ufanan de su ignorancia y de lo bien que les ha servido para triunfar.

Ambos ejemplares son idiotas: personas ensimismadas, felices de verse los ombligos, y por lo tanto incapaces de crecer en su verdadera plenitud.

Por ello quiero establecer un punto en este texto. Un punto que, aunque no es el único, es importante y urgente. Hacen falta emprendedores culturales. Artistas, artesanos y académicos que estén dispuestos a demostrar que la creación más elevada no está peleada con la prosperidad económica y que una empresa que nace del corazón humanista es mucho más exitosa que las que no.

Urgen artistas dispuestos a hacer negocio, dispuestos a superar un mito contado por más de dos mil años. Urgen emprendedores que desde la música, los museos, la gastronomía o la investigación sean lo suficientemente valientes para mover al mundo hacia otra dirección, hacia una mucho más plena, próspera y humana. Urgen personas que, en fin, crean posible hacer las cosas de una manera diferente y que, haciéndolas, cambien de una vez por todas al mundo.

(Y para terminar, entre paréntesis, un ejemplo que pretende ser inspirador: el genial Da Vinci y el monstruoso Mahler produjeron muchas obras maestras mientras, cual capitalistas porcinos, cobraban unos cheques que en nada perjudicaron su hermosa creatividad).

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