¿Cómo te narras?

“La identidad se construye al contar eso que pensamos ser. Toda vida de alguna manera es una narración, casi como una película o una novela, cuyo guión no siempre controlamos.” 

Por Vanessa Puga

Twitter: @nereavpv

En la vida, seamos o no escritores, todos somos narradores. El personaje principal de la vida de cada uno es uno mismo, y todos formamos una narración propia para crear nuestra identidad. Es gracias a esta narración que vamos construyendo que nos damos a conocer a los demás. Piensen en el momento en que se presentan con alguien nuevo, digamos, alguien que un amigo que les acaba de presentar. Al inicio uno empieza a compartir cosas muy básicas, como su nombre, edad, a qué se dedica, pero poco a poco sigue contando eventos importantes que lo llevaron a donde está.

Es curiosa la forma en la que trabaja la memoria, pues hace que recordemos eventos puntuales de nuestra vida y olvidemos los demás. En realidad, lo que olvidamos es mucho más que lo que recordamos, porque no podemos llevar el registro de absolutamente cada evento intrascendente o rutinario de nuestras vidas. (¿Se imaginan recordar cada vez que han comprado una botella de agua con la misma claridad e importancia que el día de su boda o su graduación?) Estos momentos se van convirtiendo en puntos clímax en nuestras vidas, que conectamos al narrar. Puede que no sean consecuencia el uno del otro o que ni siquiera estén directamente relacionados, pero al momento de contar nuestra vida a alguien, quien sea, los conectamos para darle una secuencia y una coherencia a nuestra historia y al quiénes somos. Y es que la identidad se construye al contar eso que pensamos ser. Toda vida de alguna manera es una narración, casi como una película o una novela, cuyo guión no siempre controlamos.

En palabras del filósofo, matemático y lingüista Ludwig Wittgenstein narrar es “echarle un lazo al tiempo. Es tratar de fijar al tiempo para no desvanecernos. No somos otra cosa sino juego de palabras (…) Llamamos realidad al relato que ha cristalizado en nuestra memoria”. Todos tenemos esta necesidad de narrar. Notemos que narrar viene del latín narrare que significa “hacer a uno conocedor”. Es por ello que al narrarle a alguien nuestra vida, lo hacemos conocedor, le compartimos nuestras experiencias y por lo tanto quiénes somos.

Ahora bien, teniendo esto en cuenta, ¿ustedes cómo se narran? Puede sonar a extraña pregunta, pero es algo que vale la pena analizar. ¿Se han encontrado con amigos a los que prefieren no preguntarles cómo están porque seguro vendrá un suspiro, una cara de perrito triste y una historia dramática? Esos son los narradores trágicos. Esas personas a las que siempre les va mal en la vida porque, bueno, les gusta ser una tragedia. Existen personas que cada vez que se narran se enfocan única y exclusivamente en lo malo que les ocurre. Aunque hayan más testigos del evento y que cuenten que hubo cosas buenas, las personas que gustan de narrarse como tragedia siempre verán lo malo. Son personas que suelen volverse negativas porque es con ese matiz que ven y narran su propia existencia.

Este mal hábito de narrarse como tragedia puede tener repercusiones severas en todos los niveles, no sólo en el personal. Imaginen a una persona que siempre narra las cosas como tragedia tratando de vender algo, lo que sea. Si sólo le sale recalcar lo malo, es muy probable que venda de una forma muy insegura: “Bueno, a veces puede fallar… quizá existan mejores productos que el nuestro, pero éste es el que hay” o argumentos del tipo. Similares son las personas que suelen rechazar las oportunidades que se les presentan porque notan sólo los contras.

Por el contrario, una persona que suele narrarse como algo más feliz, esas personas que suelen contar sus bendiciones y aferrarse a los momentos buenos de su vida, son las que consiguen arriesgarse un poco más porque les gusta ver lo positivo.

Ahora, no estoy diciendo que se trate de ir por la vida pensando que todo es color de rosa. Es cierto que todos hallamos claroscuros en nuestra vida, porque finalmente la vida es un continuo claroscuro. Decía cierto personaje en la película “Vainilla Sky” que “lo dulce de la vida no nos sabría tan dulce sin lo amargo”, y coincido. Realmente lo que estoy diciendo es que no hay porqué hacer de todo una tragedia. ¿Les ha pasado que se encuentran con una persona que es sonriente y animada, y cuando la conocen más a fondo descubren que en su vida le han pasado cosas muy feas o graves? El asombro que provocan estas personas es resultado de que se narren de manera agradable, con historias positivas, con logros, con felicidad aún cuando su vida no sea perfecta.

Dice Chimamanda Adchie, escritora de origen nigeriano, que si presentas a una persona —o una cultura— como una sola historia, una y otra vez —si los narras como una sola cosa—acabarán por convertirse en eso. El narrar en un sólo tono nuestra historia es lo que crea y le da fuerza a los estereotipos, los prejuicios y los presupuestos.

Estos prejuicios eventualmente pueden crear paredes en el proceso de comunicación —a nivel personal o laboral— que pueden volverse infranqueables. Para evitarlo es necesario crear una consciencia respecto a cómo nos narramos, cómo nos vemos a nosotros mismos y a nuestra historia personal, y cómo hacemos que los demás las vean, cómo dejamos que nos entiendan. No hay que olvidar que con esto influimos hasta cómo nombramos o etiquetamos a las personas. ¿Cómo le damos forma a nuestra narración, cómo nos nombran los otros?


 

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