El respeto en el auditorio: los niños y la actitud de los mayores

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“Los niños pueden y deben asistir a eventos culturales de gala, si es que el tema del evento y la personalidad de los niños se prestan para ello.”

Por Cynthia Briones

Dos escenarios. El primero: una tranquila velada en un concierto de cuerdas en el auditorio del Centro Cultural Campus Juriquilla de la UNAM –una de las salas con mejor acústica en nuestro país–  donde el único ejecutante es un guitarrista de aclamada trayectoria; el segundo: una sala de cine comercial en un domingo de periodo vacacional, hora pico, y todos los asientos ocupados por tratarse de un blockbuster de verano doblado al español. Se escuchaba en el primer escenario el murmullo de un niño pequeño, y en el segundo el llanto de un bebé.

La tónica del primer evento era solemne y el respetable público dirigía su atención a la habilidad del concertista, hasta que el pequeño, de unos siete años, irrumpió primero en cuchicheos y luego en fuertes murmullos, alternando con los cacofónicos sonidos producidos por el estrujar de juguetes de la desesperada madre, quien intentaba apaciguar el ánimo infantil de su pequeño. El concertista proseguía impasible con la ejecución de la pieza, pero el público estaba desesperado. Se escucharon las quejas y, para empeorar, el lamentable “shhh”. Alguien entre el público gritó “¡Señóra, váyase!”, mientras la madre desesperada forcejeaba con su hijo en un último intento para hacerlo callar y permanecer en el auditorio. Terminó por retirarse cuando el personal anfitrión la invitó a salir del recinto.

En la sala de cine las cosas fueron distintas. Fue en las primeras escenas de la película cuando el bebé, en brazos de la joven pareja sentada a mi lado, comenzó a llorar. La chica comenzó a mecerlo, sin cantos y sin chirridos de juguetes. El bebé dio unos minutos de tregua para luego proseguir su llanto. La chica se levantó y con silencio y rapidez abandonó la sala de cine, su pareja fue tras de ella –tenían los asientos junto al pasillo–. Regresaron luego de un cuarto de hora, y el pequeño permaneció dormido el resto de la película.

Ambas situaciones, en apariencia similares, me provocaron algunas reflexiones.

La escena del cine es enteramente comprensible por tratarse de una función y horario familiar, más fue llevada a buen puerto extraordinariamente; no se oyeron quejas, al contrario, entre la asistencia hubo respeto y tolerancia, sumados a la responsable decisión de los padres de no importunar la experiencia cinéfila de los demás. En cambio, lo sucedido en el auditorio, un nicho que está concebido para ser un despliegue de derroche cultural, fue un traspié de la madre y del grueso de la audiencia.

Estoy convencida de que los niños pueden y deben asistir a eventos culturales de gala, si es que el tema del evento y la personalidad de los niños se prestan para ello. Que los chicos vivan experiencias culturales positivas a temprana edad los acercará a un mundo que de otra manera al crecer pudiera resultarles tedioso. Indispensable que los padres se encarguen de explicar de qué trata el evento, detallar sus pormenores e impregnar el entusiasmo. Un solo de concierto tiene la misma capacidad de asombrar a un niño que cualquier artilugio digital. No se trata de decirle “el concertista toca muy bien”, si no de ofrecerle todas las reglas del juego de una manera interesante y entendible. “Habrá pausas en la música, en la tercera aplaudimos. A ver si puedes decirme el momento” será un mejor aliciente que el imperioso “¡pon atención!”. ¿Por qué si no se ofrecen conciertos didácticos? Además de permitir que los intérpretes se destaquen mostrando las variantes de su ejecución, también es un espacio donde se explican, a quienes nadie nunca explicó, niños o grandes, las generalidades y minucias de las partes que componen una puesta musical.

Volviendo a la escena del auditorio, claro está que la más deseable de las situaciones hubiera ocurrido si la señora del niño incontenible le hubiera compartido su emoción por asistir al concierto de cuerdas, y le hubiera mencionado lo que esperaba de su comportamiento; quizás hasta ofrecido un estímulo o aliciente a cambio de su buena conducta, o si sabe que el niño es inquieto, darle una previa tarde de juegos y demás estímulos que lo harían  desfogar energías para mantener su atención más tarde. Supongo que no lo hizo, lo que me obliga a mencionar que una situación también deseable es que se hubiera retirado apenas notar que el comportamiento de su vástago se le escaba de las manos, ello por respeto al guitarrista y su audiencia. Pero aunque se trataba de respeto no lo hubo. El que hubiera asistentes que decidieran “resolver” la situación de la desesperada madre con carraspeos y chisteos sólo increpó el ruido basura en la sala. Más molestos me fueron los chasquidos de los aparentemente cultos adultos, que los murmullos infantiles. El ambiente en la sala tocó fondo cuando desde las butacas centrales se oyó el “¡Señora, váyase!”. El concertista seguía tocando.

Reflexionemos sobre nuestro papel como individuos culturales y como auditorio. Experiencias como ésta me refuerzan la idea que asistimos a eventos culturales por deleite y gusto. No es el auditorio un templo dorado al que se debe honrar; son los artistas y espectadores, en este caso, quienes le dan sentido a esta hermandad que se forma alrededor del interés por el legado de las musas. En todo caso, los asistentes, acompañados de niños o sin ellos, deberían ser lo suficientemente conscientes de su rol como espectadores y partícipes del trabajo del músico, o de cualquier artista, frente al escenario. Como en cualquier comunidad, la buena convivencia depende del esfuerzo de todos.

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