Sobre el amor vasconceliano

“Si decidimos dejarnos tocar por cada “algo” o “alguien” que “nos sucede” habrá un antes y un después de nuestro yo y, en ese proceso en el que el espíritu se transforma, lo contingente encuentra trascendencia, inmortalidad.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @susanakiehnle

Como bien apunta Carlos Ruíz Zafón en La Sombra del Viento, en el pasaje en el que Daniel Sempere visita por vez primera el Cementerio de los Libros Olvidados, hay algo casi mágico en la lectura que nos llama a devorar o a abandonar un pedazo de papel encuadernado de acuerdo a nuestra búsqueda emocional del momento. Hace unos meses me disponía a hacer el segundo intento por leer Las Trampas de la Fe, de Octavio Paz. Consideré que, por tratarse de una biografía, era prudente tener un conocimiento más profundo sobre su escritor, por lo que adquirí Redentores, obra en la que Enrique Krauze explica el devenir del pensamiento latinoamericano a través de la narración de la vida de varios personajes históricos. La biografía de Sor Juana tendrá que esperarme nuevamente, pues un hombre que es “todo fuego, por dentro y por fuera” —como le describe Carlos Pellicer— me impidió llegar a Octavio Paz y me tiene embobada en un profundo enamoramiento: José Vasconcelos.

Y es que más allá del Ateneo de la Juventud, de su contribución al maderismo y a la Revolución Mexicana, de su política educativa y de su Raza Cósmica, de José Vasconcelos me atrapó la relación que sostuvo con Elena Arizmendi, receptáculo perfecto de la pasión que moldeó su vida de erudición, desenfreno y contradicciones. Fue la famosa “Adriana” de su obra autobiográfica quien, además de acercarlo a Madero, transformó irremediablemente su vida y le hizo conocer aquella clase de amor dionisiaco en el que la razón se nubla y la entrega del cuerpo y el alma es incondicional.

Ardía la revolución, Elena tenía veintisiete, José treinta. Los dos compartían una arraigada vocación de servicio a la patria, ella la ejercía en la Cruz Blanca Neutral, institución que fundó junto con Sara, esposa de Madero. Bastó poco tiempo para que ambos encontraran en el otro la satisfacción intelectual, emocional y sexual que buscaba su espíritu.

“No alcanza el lenguaje, no expresa ninguna imagen el hondo drama del goce que vibra músicas y el alma que apetece unión. Como quien cava en un abismo, la sensación de infinito crece y el destino se doblega… Era yo feliz con dicha de esas que no piensan, no miden ni comparan. Feliz en la carne y en los huesos… recordarla era como arder en llama viva. Beber y beber y sentir que la sed crece dulcemente.”

Por poco más de cuatro años, se amaron profunda e intensamente, pero se terminó. En ese “todo fuego” que me orilla irremediablemente a identificarme con Vasconcelos, me he preguntado constantemente el porqué. ¿Por qué la sensación de plenitud y esas ganas inmoderadas de entrega no perduran? ¿Por qué todos decidimos sacrificar la emoción, la adrenalina, la pasión, por estabilidad y seguridad?

“Señor que nos creaste: ¿por qué es menester que sea pecado el goce? ¿Por qué, si ha de haber ayuntamiento, no ha de encenderlo la pasión? Más limpia es la llama de un deseo violento que procrear por deber…En todo caso, el amor es más que deber: es locura, ímpetu desenfrenado, infinito goce; o simple fecundación, limpia en la planta, inmunda en el hombre.”

Un amor, como el de Elena y José, suele tenerse una vez en la vida, ser fugaz y no perdurar en el largo plazo. Es en estas relaciones en las que más se siente, en las que más se ama, pero las que más duelen. La vida se torna en una montaña rusa en la que toda clase de emoción se vive al grado máximo de intensidad. Quizá estas relaciones se acaben, como todo en este mundo, por la simple razón de que lo único perenne, infinito, en caso de existir, es la Causa Primera. De ahí que el aprendizaje más difícil para el ser humano sea comprender que todo lo que viene se va, que todo lo que empieza se acaba, pero que todo tiene un enorme potencial transformador. Si decidimos dejarnos tocar por cada “algo” o “alguien” que “nos sucede” habrá un antes y un después de nuestro yo y, en ese proceso en el que el espíritu se transforma, lo contingente encuentra trascendencia, inmortalidad.

Y por aquella vez el amor fue alimento del hambre de eternidad.”

En esta línea, calificar de eterno lo que intrínsecamente es de carácter temporal sería ir contra natura, pero en eso los seres humanos somos expertos. Vasconcelos decía buscar con Elena una relación libre y emancipadora de los códigos matrimoniales, pero al mismo tiempo nunca planteó poner fin a su matrimonio con Serafina, con quien había formado una familia tiempo atrás. “Nada me lastimaba tanto como estas quejas suyas por una situación que no tenía ya remedio y que fue conocida de antemano”, escribió Vasconcelos en La Tormenta. ¿Hasta qué punto es válido seguir con un compromiso institucionalizado y, al mismo tiempo, dejarnos tocar por los “algos” y los “alguien” que siguen y seguirán llegando a nuestras vidas?

Elena coincidía en que el verdadero amor es aquel que se da en libertad, pero al mismo tiempo se quejaba constantemente de su estatus de amante: “Así quiero yo un hombre —dijo ella aludiéndonos— que sea todo mío.” ¡Qué ser tan complejo es el humano!

El amor, momentáneo por naturaleza o duradero por compromiso e institución. Pasional, arrebatado e intenso, o constante, estable y moderado. Sea por lo que fuere, el amor mueve y lo que mueve transforma, nos hace sentir, nos recuerda que estamos vivos, que sentimos. Hay un antes y un después de José gracias a Elena; hay un antes y un después de Elena gracias a José.

“Lo que yo sé es que si volviera a vivir en las condiciones en que viví, no haría sino volver a pecar si la tentación es esplendente. Y a la hora del juicio alegaré con inocencia que no borran mil lecturas de teólogos: Pero, ¿es verdad tan gran pecado un delirio que abre la sospecha de la excelsitud? ¡Y no me rebelo; pregunto!”

Lecturas recomendadas: Ulises Criollo y La Tormenta de José Vasconcelos. Se llamaba Elena Arizmendi, de Gabriela Cano. Todas las citas, excepto la primera, del Ulises Criollo, provienen de La Tormenta, de Vasconcelos.

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