Propongo que todos seamos maestros

“Por la experiencia que he tenido dando clases (…) he llegado a la conclusión de que la única manera de realmente ayudar es dando parte de nuestro tiempo.”

Por Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

De adolescente dije muchas veces la palabra “nunca”. Dije, por ejemplo, que nunca iba a estudiar filosofía; yo quería estudiar algo práctico, algo que me diera herramientas para cambiar al mundo y hacerlo un lugar mejor, no nada más teorizar. Dije que nunca iba a dar clases, que terminar como profesor era una elección fácil, una manera de esconderse en las aulas y en la academia para no tener que enfrentarse al mundo real.

Después crecí y me di cuenta de que la filosofía es la más práctica de las ciencias, pues es una forma de vida que no se conforma con el status quo, se hace preguntas, busca la verdad y tiene la loca ambición de cambiar al mundo a través del pensamiento.

También me di cuenta de que la mejor forma de enfrentar los problemas de este mundo y de hacerlo un lugar mejor no es cargando pancartas y peleando contra las instituciones, sino cambiando a las personas. Y eso se logra únicamente a través de la educación.

Llevo tan sólo cinco años dando clases, pero en este tiempo me he dado cuenta de que es uno de los trabajos más satisfactorios que uno puede hacer. Amo enseñar y he aprendido a admirar a varias personas que antes tachaba de cobardes, pues ahora sé que en las aulas se viven verdaderas luchas, dignas del mejor libro de aventuras.

Por eso, ahora que entiendo el valor de la enseñanza y de la formación humana, me duele mucho ver el estado miserable de una gran parte del sector educativo de nuestro país. Me duele ver que la mayoría de nuestros profesores están pésimamente preparados, mal pagados y poco interesados en la verdadera docencia. Me duele ver cómo los alumnos pasan por la escuela mal aprendiendo un montón de datos aislados y vomitándolos en los exámenes para poder pasar al siguiente año nada más porque “es lo que sigue”, sin que nadie se moleste en mostrarles el gran potencial que tienen.

Me indigna que el trabajo de profesores apasionados que realmente se esfuerzan por dar lo mejor de sí mismos cada día se vea opacado por los intereses políticos de un sindicato y la actitud mediocre de un montón de supuestos maestros que se prestan para generar caos en la ciudad.

Sé que muchas personas, entre ellas varios amigos míos, consideran que las demandas de esos “maestros” son legítimas y que, aunque las marchas son molestas y no son la mejor manera de hacer una petición, el gobierno no les ha dejado otra opción porque no se les escucha de otra manera. Encuentro que las demandas son bastante cuestionables en sí mismas, pero aun suponiendo que fuesen legítimas, me parece pésimo que defendamos el paro de las principales vías de comunicación de una ciudad arguyendo que “de otra manera no somos escuchados”.

No quiero promover el odio ni los juicios hechos a la ligera, pero tampoco quiero permitir que se promueva la mentalidad de que si el gobierno no me escucha y no accede a satisfacer mis demandas como yo quiero —sean cuales fueren—, entonces tengo derecho de generar caos. Es como ver a un niño haciendo berrinche y, en lugar de enseñarle que las cosas no se consiguen de esa manera, accedemos a darle lo que quiere y lo justificamos diciendo: “es que sus papás no lo escuchan”.

Si en verdad es cierto eso de que nadie les hacía caso antes de manifestarse, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo mal, porque si sólo nos interesa el estado lamentable de nuestros profesores cuando nos cierran la calle donde transitamos, es que no estamos realmente involucrados en el problema. ¿Qué estamos haciendo nosotros para aportar a una solución real?

Por la experiencia que he tenido dando clases en todos los sectores —porque he tenido la oportunidad de enseñar en escuelas privadas de lo más nice, en universidades, en escuelas para personas de escasos recursos y en una primaria oficial—, he llegado a la conclusión de que la única manera de realmente ayudar es dando parte de nuestro tiempo. Todo profesionista debería tomarse un tiempo para dar al menos una clase a la semana. Si tuvimos la oportunidad de tener una buena educación y estamos en la posición privilegiada de poder ejercer nuestra profesión, y de aprender más a través de nuestro trabajo cotidiano, ¿por qué no compartir lo que sabemos con los demás?

Pero, sobre todo, ¿por qué no compartimos lo que nos apasiona hacer? No hace falta que un profesor sea un erudito —sí tiene que dominar al menos su materia, porque tampoco nos sirven maestros que no saben ni escribir correctamente—, basta con que transmita el gusto que siente por hacer lo que hace y que muestre cómo eso le permite hacer algo por los demás. No necesitamos revolucionar el sector educativo, citricar a todo mundo y pelearnos con el sistema hasta que nos demos cuenta de que el problema nos rebasa: simplemente hay que lograr que el alumno quiera aprender, que vea el enorme potencial que tiene y que entienda que si se forma de la mejor manera posible, entonces tendrá la capacidad de construir cosas enormes y de cambiar al mundo, porque, ¿quién no quiere hacerlo? Sólo entonces nuestro trabajo estará hecho.

Ésta es mi solución. Quiero escuchar sus propuestas.

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