Por los caminos del amor que transforma

“Lo único constante es el cambio y, en ese sentido, el amor tiene el potencial, no sólo de transformar a quien lo recibe, sino de transformarse a sí mismo, con el paso del tiempo, y transformar a quien lo entrega.” 

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

“Rindámonos también nosotros al amor”

– Virgilio

En mi publicación pasada se describen y se contrastan dos tipos de amor. Por un lado, esa clase de amor dionisiaco, pasión desenfrenada en el que todas las emociones se viven al límite. Por el otro, el amor dosificado, tranquilo, en el que la compañía del día a día, generalmente institucionalizada en el matrimonio, es creadora de estabilidad y seguridad. Se apunta que la primera clase de amor suele tenerse una vez en la vida y, sea por lo que fuere, está condenada al corto plazo. No obstante, es esta experiencia en la que más se siente y es precisamente el vivir al límite lo que nos llama a todos aquellos que tendemos a ver la vida en blanco y negro.

Gracias a una enriquecedora combinación de la película La Misión, un capítulo de la Primera Carta a los Corintios, una experiencia de diálogo, un ejercicio de mayéutica y una botella de vino tinto, me di cuenta del grave error que estaba cometiendo, pues olvidé una cuestión fundamental. Lo único constante es el cambio y, en ese sentido, el amor tiene el potencial, no sólo de transformar a quien lo recibe, sino de transformarse a sí mismo, con el paso del tiempo, y transformar a quien lo entrega.

Las dos clases de amor, anteriormente descritas, coinciden perfectamente con dos de las categorías utilizadas por los griegos para clasificar los diferentes tipos de amor: eros y agapé. Como bien señala Benedicto XVI en su primera Encíclica, titulada Deus Caritas Est, en la Grecia Antigua, el eros era considerado como una “locura divina… que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta.” Por su parte, la palabra agapé, utilizada en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento —nótese ahí la gran contribución de los primeros cristianos—, hace referencia al amor que no se acaba, que está en constante búsqueda y que tiene como base el preocuparse y el ocuparse por el otro. En otras palabras, mientras que el eros busca la experiencia “a flor de piel” del yo, el agapé también busca la felicidad propia, pero a través de la entrega al ser amado.

Una de las principales tesis de la citada Encíclica consiste en la idea de que el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, puede alcanzar “sus más altas cotas y su más íntima pureza” y transformarse en agapé. Y es precisamente así como aspira a lo definitivo, al “para siempre”.

“Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni «envenenarlo», sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.”

Hasta hace un par de semanas, para mí existía un único camino para hacer del amor, víctima de lo contingente como todo en esta vida, algo trascendental. Ese único camino, se expuso, depende únicamente de nosotros mismos y consiste en el “dejarse tocar” por cada “algo” o “alguien” que nos sucede. Así, habrá encontrado un respiro de eternidad aquella experiencia de amor que nos haya transformado en algún sentido. Hoy, puedo decir que existe un segundo camino. O, dicho de otra manera, encontré la expresión en palabras de aquel camino hacia la eternidad del amor que he vivido en todas y cada una de las veces en mi vida en las que me he encontrado cara a cara con la auténtica felicidad, la plenitud. A diferencia del primer camino, en éste no “nos dejamos tocar”, sino que nos entregamos, tocamos a otros, somos nosotros el brazo ejecutor del poder transformador del amor.

“Ciertamente, el amor es «éxtasis», pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo.”

El amor se da y se recibe y, en la medida en la que crece ese intercambio y en que las partes involucradas “se dejan tocar”, puede “purificarse”, echar raíces profundas y crear un compromiso para hacerlo perdurar. ¿Por qué? Porque el amor es quizá la esencia del ser humano. Porque en esos destellos de plenitud, el amor es el recordatorio intermitente no sólo de que somos vivos, también de que somos cuerpo y alma y de que, en definitiva, estamos llamados a algo más grande.

El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado. Porque este saber queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son algo muy limitado; y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá.”

— Primera Carta a los Corintios, Capítulo 13

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s