¡Sé tu propio jefe!

“Querer ser nuestro propio jefe no significa carecer de un jefe; al contrario, se trata de ser capaces de mandarnos y obedecernos a nosotros mismos.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

Recientemente ha habido una explosión en el impulso al emprendimiento. Los gobiernos, las asociaciones civiles y las universidades —por mencionar unos cuantos actores— hacen llamados a los jóvenes a que consideren el camino del emprendimiento.

Paralelamente, acaso como una herencia de los multiniveles trasnacionales, fluye un discurso que pone al emprendedor como modelo de éxito y libertad. La frase “sé tu propio jefe” se ha equiparado a la más plena libertad laboral y, por lo tanto, al triunfo del individuo sobre los grilletes de las oficinas, los procedimientos y los horarios fijos.

Ambos, impulso y discurso, son la gran evidencia de la batalla frontal que la sociedad ha levantado contra el trabajo de los oficinistas, contra el concepto del “Godínez”, contra la sistematización de la productividad.

En algún sentido, esta guerra es una afirmación de la naturaleza humana. El hombre es un ser llamado a la libertad, al desarrollo pleno, a la felicidad. Y el sistema —sobre todo ahora que está lastimado por la crisis global y la avaricia de unos cuantos— parece ser el principal causante de una merma en esta vocación originaria de nuestro ser.

¿Puede acaso el hombre ser libre cuando está atrapado en una oficina diez horas al día? ¿Puede una persona desarrollarse plenamente cuando su espacio laboral es tan grande como un cubículo? ¿Es humano restringir a un ser humano a comer en una hora o en media hora? Parece que no.

Y entonces el emprendimiento y la llamada a ser “nuestros propios jefes” se erigen como una solución viable a nuestra situación actual. Un emprendedor no depende de los horarios laborales, ni de las oficinas enclaustradas, ni de los límites impuestos por el criterio de su jefe. El emprendedor es libre. El emprendedor es pleno. El emprendedor puede ser feliz.

Sin embargo, pese a lo maravilloso de esta utopía, una gran falacia se esconde en el fondo. Querer ser nuestro propio jefe no significa carecer de un jefe; al contrario, se trata de ser capaces de mandarnos y obedecernos a nosotros mismos. Ser emprendedor, entonces, se trata de desarrollar la capacidad de orientar nuestra voluntad dentro de límites autoimpuestos y orientados a nuestro desarrollo pleno, es decir, personal, social y profesional.

Los antiguos griegos le llamaban a esta capacidad “autarquía”. Etimológicamente, la palabra hace referencia a las cosas capaces de darse a sí mismas un principio de acción. En ese sentido, los emprendedores en tanto que son sus propios jefes, son personas capaces de darse a sí mismos la razón suficiente para hacer lo que mejor les conviene para ser felices y plenos. Su desarrollo no depende de nadie más sino de ellos, pero eso no significa que vayan por la vida sin límites, ni orden, ni resultados.

Ser autárquico implica saber qué límites debemos imponernos para no perder nuestro camino, qué orden hemos de seguir para no gastar inútilmente nuestro esfuerzo, qué resultados debemos alcanzar para acercarnos —asintóticamente, quizás— a la felicidad.

Así, la frase “sé tu propio jefe” no es un llamado a la indefinición, ni al libertinaje profesional. Al contrario, es una invitación a desarrollar la capacidad de hacernos responsables de hacer todo lo que sea necesario para avanzar en el cumplimiento de nuestros sueños.

¿Es necesario poner un horario para atender a nuestros clientes? El autárquico se lo pone a sí mismo, no porque así lo manden los gurús del management, sino porque sabe que así realiza más plenamente su trabajo. ¿Hay que hacer una llamada telefónica complicada o disfrutar de una comida en 15 minutos, en vez de cuatro horas? Quien tiene autarquía no duda en levantar la bocina, ni en comer velozmente, pues no lo hace por satisfacer los indicadores de un reporte inerte, sino por sí mismo: porque en la llamada y en las prisas ha descubierto una pieza más del rompecabezas de su libertad.

Contrario a la autarquía, están los acráticos. Etimológicamente, son los que carecen de principio. Ni ellos, ni nadie o nada, son capaces de ordenarse, ni limitarse para dar resultados.

La acrasia es, pienso, uno de los grandes riesgos que corren los emprendedores que no están dispuestos a ordenarse y limitarse. En un afán de ser libres, de abolir el yugo maldito del gafete, operan sin ton ni son y se condenan al fracaso. Emprendedores que, pese a sus ideas millonarias, se dejan llevar por la flojera o los pretextos y viven su emprendimiento como metidos en un letargo, no podrán llegar a ningún lado. Emprendedores que, creyéndose sus propios jefes, se pierden en la inconsistencia e inconstancia, sacrifican su proyecto y cancelan toda posibilidad de alcanzar algún resultado.

Un verdadero emprendedor, un verdadero jefe de sí mismo, abandona la comodidad de ser acrático y se concentra en alcanzar la autarquía.

Ya para terminar, un concepto muy cercano a la autarquía, es la autonomía: la capacidad de darse la ley a uno mismo. Mientras que un emprendedor serio se pone a sí mismo la ley y la cumple, uno acrático navega con la bandera de autónomo, pero, ciertamente, es un hombre sin ley, un forajido o un vagabundo que, tristemente, nunca alcanzará su plenitud, ni su felicidad.

La invitación es clara: ¡sé tu propio jefe! La responsabilidad es enorme: ¿estás dispuesto a abrazar un orden, unos límites, una ley que, autoimpuesta, te haga mejor empresario, mejor ciudadano, mejor ser humano?

Si no, un consejo: regresa a la cómoda tragedia del gafete y el reloj checador.

2 comentarios en “¡Sé tu propio jefe!

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