Un par de lecciones para emprender

“Mostrar amor a través de los detalles importantes y ser humildes, sin dejar por ello de brillar, son dos lecciones que, definitivamente, los emprendedores tenemos que aprender.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

Últimamente he vivido algunas experiencias que me pusieron a pensar sobre el modo en que los emprendedores realizamos nuestro trabajo. Algunas experiencias han sido artísticas —como ir a una exposición en Bellas Artes—; otras han sido académicas —los viernes tomo clases de música y piano con el maestro Santiago Piñeirua—; otras, humanas o sociales. Lo que hasta ahora he logrado sacar de estas experiencias son dos lecciones que tengo en mi mente y que quiero compartir con ustedes.

La primera lección tiene que ver con la importancia de los detalles. Mi padrino, cuando recién comencé a salir con quien hoy es mi esposa, me dijo que “el amor está en los detalles”. Y no sólo me lo dijo, sino que me lo ha demostrado durante toda su vida, en pequeños gestos que tiene con su mujer. En esos detalles han construido una relación sólida que, pese a los embates de la vida, sigue creciendo y dando frutos entre los que estamos cerca de ellos.

La segunda lección tiene que ver con la sencillez y la humildad. No es noticia el impacto mediático y vivencial que ha generado el Papa Francisco. La gente, católica o no, afín a la Compañía de Jesús o no, reconoce cierta simpatía por un sacerdote que ha sabido poner en el centro de su mensaje la sencillez. Los humanos apreciamos la humildad y repudiamos la vanagloria: en esta dinámica se esconde una verdad muy relevante para los que queremos emprender.

  • Enfócate en los detalles importantes

Todos sabemos, gracias a la sabiduría popular, que los detalles son el elemento crucial para el éxito o el fracaso de un proyecto. Uno debe ser capaz de crear detalles extraordinarios que permanezcan en la memoria de la gente a la que queremos llegar, a la que queremos causarle alguna impresión.

No importa a lo que nos dediquemos, en todos los casos es igual. Pienso en la Ópera Garnier, de París. Pocos edificios tan icónicos y emocionantes me puedo imaginar. Sus salones, escaleras, columnas, frisos, esculturas, candelabros… todo. Todo el edificio es un majestuoso logro de la arquitectura universal. Pero todo el edificio sería apenas un teatro más si no fuera por los detalles que embellecen cada rincón del monumento. Espacios donde un arquitecto cualquiera hubiera dejado el mármol al descubierto, Garnier tuvo la genial idea de cubrirlos con placas de oro… y si la placa no era posible por falta de espacio, entonces pedía que se pintara para simular el brillo áureo que buscaba. Esos pequeños detalles, en su conjunto, hacen de la Ópera de París uno de los referentes arquitectónicos más importantes de la humanidad.

Pienso también en el montaje del musical Los Miserables que realizó una universidad en la Ciudad de México. El montaje, amateur, fue un logro muy importante para la institución, pues logró reunir el esfuerzo de la compañía de teatro, del coro y de la orquesta de cámara, además del trabajo de varias facultades y departamentos universitarios. El producto final fue de una calidad bastante aceptable. La orquesta y el coro consolidaron un montaje de extraordinario nivel, las actuaciones fueron de una calidad suficiente, y la escenografía y la iluminación funcionaron bien. Pero, hablando de detalles, hubo uno que vale la pena resaltar, no en aras de hacer una crítica, sino de señalarlo como elemento de aprendizaje.

Durante la obra, en escenas muy bien escogidas (i.e. la taberna de los Thenardier y la boda de Marius y Cossette), varios extras pasaron por entre el público y ofrecieron canapés ad hoc y ad libitum. Un detalle excelente que creó valor para los asistentes, pero que, en relación con todo el montaje escénico, se convirtió en irrelevante. El detalle de los canapés es agradable, pero estoy seguro que generó una complicación logística en la tramoya. Servir las charolas, “coreografear” a los extras, cuidar no hacer un desaguisado sobre la falda de alguna espectadora… en fin, fue un buen detalle, que implicó demasiado trabajo.

En contraste, el montaje de la obra requería que los actores y algunos extras montaran y desmontaran la escenografía de cada escena. Una labor titánica y que requiera de una logística nada sencilla. El problema fue que en un par de escenas se notó que los actores y extras no tenían un procedimiento claro de cómo cambiar la escenografía. Sabían los pasos generales —mueve la mesa a la izquierda, saca la carreta por la derecha—, pero no hubo una dirección de exactamente cómo hacerlo. El resultado: se notó la improvisación de los movimientos y en un momento se les cayó un traste y distrajo al público de un aria importante de la obra.

¿Cuál es el aprendizaje? Hay que enfocarse en los detalles. Pero en los importantes. Dar canapés fue un detalle increíble, pero es mucho menos importante que cuidar el montaje escénico de la obra. El mayor valor para los espectadores está en la calidad de la representación teatral, por lo que el detalle de más importancia está en la “coreografía” para montar las escenografías, no en los canapés.

  • Sé humilde

Si bien es cierto que no hay fórmulas para cocinar al emprendedor exitoso, también es cierto que hay algunas características que todos deberían compartir. Y una de esas características es la virtud de la humildad. La virtud de la humildad la entiendo no como el desprecio o el pudor frente a las propias capacidades —si uno es un as en la administración o en el diseño, ¿por qué negarlo?—, sino en el reconocimiento de las capacidades de los demás.

Una tentación de los emprendedores —y de algunos ejecutivos y empresarios consolidados— es creerse superiores a la gente que los rodea. Primero porque ellos son “sus propios jefes” y no pertenecen a la tribu urbana de los Godínez; después porque ellos, por ser expertos, sí saben lo que le conviene a los clientes, a diferencia de los clientes que suelen ser unos tarados, necios, cortos de miras y, además, amarretes.

He conocido varios emprendedores que están convencidos de que sus clientes son poco más que un neandertal con dinero: bestias con tarjetas de crédito, ignorantes de lo verdaderamente bueno para ellas. Y, aunque es cierto que algunos clientes pueden llegar a ser un dolor de cabeza, también es cierto que pensarlos como imbéciles, termina por hacer que el emprendedor los trate como tales. Y, entonces, se termina la posibilidad cualquier tipo de relación benéfica entre ellos.

La humildad exige que pongamos entre paréntesis nuestros prejuicios —aunque sean válidos en algunos casos— y permitamos brillar a nuestros clientes, colaboradores, jefes, aliados… Sólo ahí, en el brillo de los otros, podremos encontrar realmente el valor que necesitamos para crear el mejor trato para todas las partes.

Un ejemplo: si un compositor presupone que su cliente, por ser un “anciano” de 70 años, director de una compañía evidentemente conservadora, no va a disfrutar cierto tipo de música, entonces se cierra la puerta a proponer algo nuevo, valioso y que muy bien podría ser exactamente lo que el cliente necesita. Quizá al final entregue un producto bueno que deje satisfecho al cliente, pero nunca —¡nunca!— habrá abierto la puerta a una gran innovación.

Si es verdad que las grandes empresas son focos de prosperidad y calidad de vida —y no sólo de riqueza—, entonces tenemos que emprender persiguiendo tales metas. Y éstas se alcanzan en la sencillez y en los detalles. De lo contrario seremos un capitalista puerco más, y nunca un verdadero emprendedor humano.

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