El Godínez sabe emprender

“Diría que un buen Godínez, como un emprendedor, debe saber encontrar el equilibrio en su vida (…) Generalizar para mal su situación me parece injusto y pienso que debe reconsiderarse el papel y valor real del colaborador en el mundo empresarial mexicano.”

Por Chloe Nava

Twitter: @mmeroubaud

Asalariado, empleado, colaborador y “Godínez” son los nombres que reciben gran parte de las personas con un empleo en México. Los chistes al respecto de su forma de vida son muy conocidos y, ya sea que se les aprecie o no, son un elemento común y esencial de la cultura de gran parte de las empresas.

Sabemos que toda empresa depende de la cooperación de estos individuos para obtener el objetivo que ésta se ha fijado, y que las metas pueden alcanzarse cuando el líder en cuestión transmite a su equipo una idea correcta sobre lo que se debe hacer.

Pero las generalizaciones contra el empleado me molestan. En la práctica, al asalariado se le tiende a ver como alguien sin ambiciones, sin visión a futuro, alguien que prefiere seguir órdenes en lugar de tener iniciativa. Al respecto se han hecho varios estudios de negocio en los que se quiere probar que lo contrario es también verdad, que el colaborador en realidad quiere contribuir con su ingenio a conseguir la meta de la compañía en la que trabaja, piensa que puede ir más allá y que a través de las herramientas que le ofrece su trabajo y su creatividad puede presentar a los líderes de la empresa proyectos que por sí mismos no hubieran ideado.

Aunque no defenderé al Godínez sólo por ese lado: quiero quitar un poco del polvo que descansa sobre su imagen. El primer acercamiento de los jóvenes al mundo laboral, después de todo, tiende a ser por medio del empleo: llegan a ofrecer sus recién adquiridas habilidades a quienes creen que pueden hacer uso de ellas. Además, normalmente tienen ciertas ambiciones, “haré algo en lo que soy bueno”, “haré algo que me agrada”, “aprenderé más cosas de las que me enseñó mi carrera” y otras cosas por el estilo.

Es doloroso escuchar que se usen como insulto las palabras “asalariado” o “empleado” en el lenguaje común. Esta práctica da la idea de que sólo hay una forma para emprender y hacer lo que a uno le gusta en la vida que sea admisible. La aversión que se tiene a seguir órdenes, llevar horarios, vestirse de cierto modo y, sobre todo, a ser considerado inferior a los demás, le ha dado mala reputación a este sector de la sociedad. (Dejo este artículo sólo como ejemplo del uso despectivo que se les da a esas palabras, designando a un grupo de personas que son injustificadamente estigmatizadas).

Se puede emprender de muchas formas diferentes. Algunos empiezan al salir de la universidad, otros no van a la universidad y unos más necesitan tiempo para darse cuenta de su potencial. Algunos quieren unirse a proyectos ya creados y ayudar a hacerlos crecer, otros tienen la necesidad de empezar algo completamente nuevo. En cada caso la contribución que le hacen al mundo es igual de valiosa.

La oficina no es un lugar en el que la gente se vuelva mediocre. El ambiente laboral puede crear la sensación y la motivación de que uno debe aspirar a más cosas y a escalar, no sólo en jerarquía, sino en conocimientos. Gran parte de ese entorno lo crean los líderes, pero no todo, y por eso tiene sentido hablar de colaboradores.

Y sí, también es cierto que en la oficina se pierden muchas horas valiosas que bien podrían servir para ir a conferencias, visitar museos, leer tranquilamente un libro o aprender un idioma, pero también es cierto que existen personas que no pueden trabajar al ritmo que podrían sin la presión de alguien que los impulse a hacerlo. Ser empleado en una compañía, para mucha gente, brinda seguridad, levanta el ánimo y permite tener una fuente de ingresos relativamente segura.

Diría que un buen Godínez, como un emprendedor, debe saber encontrar el equilibrio en su vida. Encontrar formas de hacer ejercicio saliendo a caminar después de la comida, optando por media hora de caminata en la mañana en lugar de tomar el transporte o simplemente dar un paseo en la cuadra en casa cuando se llega en la noche. Las comidas que hace en la oficina pueden ser caseras y sabrosas, ese no es ningún secreto. El tránsito es nefasto, pero para hacerle frente existen muchos métodos. La lectura y el cine no tienen porqué hacer falta, se puede crear una red de intercambio literario y cinematográfico en la oficina que derive en conversaciones más interesantes cada vez. En fin, soluciones existen.

Es una realidad citadina: los empleados son necesarios y sin ellos muchísimos negocios no podrían mantenerse de pie. Generalizar para mal su situación me parece injusto y pienso que debe reconsiderarse el papel y valor real del colaborador en el mundo empresarial mexicano.

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