Loa al creador que asesinó a su mecenas

Esta obra es propiedad de su autor (Bansky)

“El artista debe asesinar al mecenas. El artista debe llegar a la edad adulta en la que ya no dependa de un Estado paternal que le financie sus juegos y creaciones, y en la que, como hombre o mujer pleno, se haga cargo de crear las más grandes obras, al tiempo que se procura los beneficios económicos que su trabajo merezca.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

El artista, ese creador de mundos y realidades que van más allá de lo inmediato y concreto, define su naturaleza desde una premisa que se supone irrenunciable: la libertad.

¿No es verdad que sin la libertad un artista ha perdido algo de su esencia? ¿No lo vemos claramente en la crítica ácida que sufren aquellos artistas comprados o secuestrados por algún poder, ya sea económico, político o social?

Pienso, por ejemplo, en los extremos aparentes donde habitan Shostakovich y Bansky. El primero, un gran compositor; el segundo, un gran artista urbano. El primero, un hombre secuestrado por un sistema político; el segundo, un anónimo triunfo de la libertad.

Sí. Así es: el artista está llamado a ser un espíritu libre, dueño de sí mismo y del universo entero. Cualquier opresión es un grillete cruel que jamás —¡jamás!— debería acompañar al creador de ningún arte.

Acaso por ello sea que la novena sinfonía de Shostakovich sea tan enorme y tan perfecta. Originalmente planeada para celebrar la victoria de Rusia sobre la Alemania Nazi, la sinfonía terminó siendo una irónica burla del compositor a los aires de grandeza del nacionalismo ruso. ¿O es que la marcha triunfal de una nación bélica, patria de un ejército vencedor, debería sonar así?

No lo creo. El espíritu libre del artista se erigió sobre el peso de sus grilletes y los venció.

No obstante esta profunda convicción de libertad, hay una presunción que se escabulle entre los artistas y que, como si fuera una idea susurrada por la mismísima partera de las hadas, se anida y crece en el ánimo de los creadores. Una idea que puede ser fatal y que, con apariencias engañosas, confunde a jóvenes y ancianos por igual y los hace encogerse poco a poco bajo el yugo de una cruel ensoñación.

¿Cuál es esta idea que es grillete? ¿Qué presunción ulcera los sueños de libertad de artistas malos y buenos, nacientes y consumados, por igual?

La idea de necesitar de alguna persona, ya sea física o moral, para financiar la producción artística. Consciente o inconscientemente, la producción de arte está ligada a la existencia de fondos públicos y privados que garanticen el sustento económico del creador.

Y esta liga, pienso, se debe a una interpretación sobre el principio de libertad del artista que, lejos de ayudarlo a levantar el vuelo, lo vuelve un esclavo del mecenazgo y de los fondos públicos que lo quieran patrocinar.

Ante la defensa de la libertad, el artista muchas veces se piensa como ajeno a las cadenas de cualquier sistema económico. Su inspiración no depende de los gustos de los consumidores, ni de la tediosa ley de la oferta y la demanda. Él hace su obra y punto. La historia la juzgará, como ha juzgado la de Miguel Ángel, la de van der Rohe y la del Bardo.

Y así, dispuesto a no atarse a los caprichos de quienes tienen el poder que da el dinero, decide el artista viajar por una carretera libre que a veces trae cheques, aunque a veces trae penurias.

Sin embargo, la disposición de esta libertad no es, ni puede ser absoluta. Abandonar cualquier relación con la lógica económica no hace que ningún artista sea mejor ni más inspirado. La imposible separación de la necesidad económica puedo rastrearla en la reacción que hubo en varias redes sociales al respecto de un artículo que publicó La Jornada el pasado 30 de septiembre.

El artículo habla del recorte presupuestario que el presidente Enrique Peña Nieto propuso al gasto de cultura para el 2014. Según la nota, el recorte representa una caída del 32.84% respecto al aprobado para el 2013.

Una mala noticia, definitivamente. Pero las reacciones que generó me parecen, por decir lo menos, desproporcionadas. Desde las acusaciones que, según La Jornada, hiciera Raquel Jiménez Cerrillo (“Es un retroceso a las décadas de los 70 y 80, donde la premisa del Partido Revolucionario Institucional era: ‘Entre menos educado esté el pueblo, mayor facilidad para controlarlo y manipularlo…”), hasta las críticas políticas que llovieron en Twitter y Facebook al respecto.

Con esto no quiero decir que no deba preocuparnos un recorte presupuestal a la cultura. El mensaje político, creo, es claro y por consiguiente tenemos la obligación cívica de levantar la voz y pedir que se nos escuche. La conservación y producción artística y cultural debe tener un papel preponderante en la agenda de un gobierno democrático.

Pero más allá de la cuestión política, y en aras de defender la honesta independencia de los creadores, propongo una rebelión de artistas. Un levantamiento de batutas y pinceles, de cincel, martillo y paleta para derrocar al sueño y superar la presunción. El artista debe asesinar al mecenas. El artista debe llegar a la edad adulta en la que ya no dependa de un Estado paternal que le financie sus juegos y creaciones, y en la que, como hombre o mujer pleno, se haga cargo de crear las más grandes obras, al tiempo que se procura los beneficios económicos que su trabajo merezca.

El recorte presupuestario al sector cultural —o, lo que es lo mismo, la poca visión cultural del gobierno— es una oportunidad de oro para los artistas mexicanos.

El artista es un creador de mundos y realidades que van más allá de lo inmediato y concreto. El artista define su naturaleza desde la premisa de la libertad.

Que hoy el artista se haga libre, que se emancipe del presupuesto del Estado y de los fondos y que, haciendo honor a su nombre y puesto en este cosmos, invente y cree una respuesta a su necesidad.

(Y si, por giros inesperados de la historia, en algún momento recibe un cheque del estado o de un mecenas dadivoso, ¡qué bueno! Un extra nunca cae mal).

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