Vivir del arte (sin mayúscula)

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“El arte no se pervierte ni se prostituye al producir dinero, pues el artista simplemente está aceptando ganar una parte del valor que está generando para su sociedad.”

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Hace poco leí un artículo de Javier Elizondo que lamentaba la triste noticia de que el premio El Barco de Vapor de este año quedó desierto. Es uno de los premios de literatura infantil más importantes de nuestro país que se ha caracterizado por dar a conocer nuevas plumas de gran calidad, pero el jurado consideró que ninguno de los cincuenta y dos textos que participaron este año tenían lo que se necesitaba para merecer el premio. Fue una decisión difícil y valiente, desde mi punto de vista, pues es una manera de reconocer la seriedad de la literatura infantil y de darle la importancia que merece.

El artículo me gustó mucho porque se enfoca en reflexionar acerca del papel de la literatura infantil en el mundo del arte, pero también toca un tema que me parece especialmente relevante en la actualidad de nuestro país: la dificultad de los artistas para poder vivir de lo que hacen.

No es un tema nuevo, pero definitivamente es un problema real que me parece que no ha sido lo suficientemente discutido y estudiado. Todos -incluso los mismos artistas- reconocemos que vivir del arte en México es bastante complicado, pero rara vez se nos ocurre plantear una solución que vaya más allá de decir que el gobierno y las instituciones deberían destinar más recursos al desarrollo del arte. Sin embargo, como bien apunta Javier Elizondo en su artículo, los premios y las becas no son la solución, pues el problema rebasa la mera escasez de recursos: el problema está en la cultura misma de nuestra gente.

Desde chiquitos nos han inculcado la idea de que dedicarse al Arte (así, con mayúscula) es una tarea noble y elevada que está por encima de las demás ocupaciones humanas, las cuales son más pragmáticas y están orientadas a la producción y a la generación de dinero. El artista evidentemente necesita dinero para vivir y poder dedicarse a lo suyo, pero lo importante de su trabajo no es la generación de riqueza material, sino espiritual; el dinero es secundario para el artista, se trata de un simple medio para alcanzar el sublime fin de la producción artística.

Esta concepción, que es la que inconscientemente aceptamos todos, es la que ha promovido que el arte se haya vuelto una actividad marginada y mal pagada, pues hace una mala caricatura del arte que la hace verse demasiado complicada e inaccesible para los simples mortales. De este modo, el arte se vuelve una actividad para iniciados, en donde tan sólo unos pocos producen y disfrutan del arte.

Hace poco un amigo me platicó de una presentación de un libro de poesía en donde salió este tema y en donde los presentadores confesaron que todos vivían de algo además de sus poemas, pues en realidad había muy poca gente que compraba libros de poesía. En algún momento de la presentación el autor dijo en broma: “todos los que están presentes aquí son los mismos poetas que me encuentro en todas las demás presentaciones.” Y me pregunto, ¿esto es culpa de la sociedad mexicana inculta que no sabe apreciar la poesía, o podría ser que también en parte es culpa de los artistas y de las instituciones culturales por mantener esta noción elitista del arte? ¿No será que no nos estamos preocupando por poner en contacto a la gente con la poesía, por mostrar el gran valor que puede aportarle a las personas “sencillas”? Porque si el único contacto que tienen los mexicanos con la poesía en su vida son dos fragmentos en un libro de texto de la secundaria que tienen que analizar con su métrica y sus rimas, estamos perdidos.

Como bien me dijo este mismo amigo: “a mí siempre me gustó la poesía, pero no lo sabía. Nadie me dijo que la letra de la música que yo escuchaba era poesía. Quizás no una muy refinada, pero poesía a fin de cuentas. Me habría interesado más si hubiera entendido que no era algo propio de grandes académicos y bibliotecas, sino que era algo que estaba a la mano para ser disfrutada, compartida y hasta para jugar con ella.”

Otra razón por la que detesto esta idea del “Arte” con mayúscula es porque hacer esta separación radical entre la actividad artística y el “trabajo productivo” es un reduccionismo que hace ver al trabajo no artístico como algo inferior o menos digno, como algo que sólo busca producir dinero y, por lo tanto, es un poquito despreciable.

De entrada, no sé de dónde sacamos esta idea de que buscar tener dinero es despreciable (en todo caso, lo que sería despreciable es la persona que sólo busca obtener dinero a costa de los demás), pero creo que también es un error pensar que el trabajo “productivo” tiene como fin la producción de dinero, puesto que para toda actividad humana hay una finalidad que va más allá de la mera riqueza material; el dinero es un medio nada más tanto para el arte como para cualquier otro trabajo. Si yo me dedico a dar un servicio de transporte, por ejemplo, mi trabajo está orientado a ayudar a la gente a desplazarse de un lugar a otro de la mejor manera posible, no en la obtención de dinero. Eso sí, necesito ganar dinero para poder vivir y seguir brindando el servicio que doy.

Lo mismo debería suceder con el arte: el artista también brinda un servicio a los demás, ciertamente muy distinto al del transporte, pero es algo que también abona algo valioso y útil a las personas que admiran y disfrutan el arte.

En el lenguaje empresarial le llamamos a esto la “propuesta de valor”. Todo producto o servicio aporta algo a la persona que lo consume que va más allá del producto o servicio en sí mismo. Por ejemplo, cuando yo compro una botella de agua no estoy pagando por el valor de la botella misma, sino por el valor que encuentro en ella para calmar mi sed rápidamente y con comodidad. El productor de botellas de agua captó mi necesidad de saciar la sed de un modo determinado y captó el valor que tiene para mí su producto, y por eso es justo que me cobre por mi botellita de agua.

Lo mismo pasa con el artista. El arte, al igual que el agua embotellada, satisface una necesidad humana. Por eso es perfectamente válido querer cobrar (y cobrar bien) por dedicarse a producir obras artísticas. El arte no se pervierte ni se prostituye al producir dinero, pues el artista simplemente está aceptando ganar una parte del valor que está generando para su sociedad.

Por lo tanto, el artista debe dejar de preguntarse “¿de qué voy a vivir?” y empezar a pensar más bien en “¿cuál es el valor de mi obra?”. Preguntémonos, ¿qué aportan la poesía, la música o la danza?, ¿qué necesidades satisfacen?, porque en cuanto sepamos dar una respuesta seremos capaces de enseñarle al mundo el valor del arte y, sólo entonces, podremos vivir de él.

 

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