Una mirada crítica al dolor


“Quizá, si es que el dolor es una herramienta didáctica, tratar de acallarlo a toda costa no sea lo mejor que podamos hacer cuando lo experimentamos.”

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

“Pain is meant to wake us up. People try to hide their pain. But they’re wrong. Pain is something to carry, like a radio. You feel your strength in the experience of pain. It’s all in how you carry it.” – Jim Morrison

Recuerdo que cuando era pequeño le pregunté a mi madre sobre la vida en el paraíso, intrigado sobre cómo sería habitar ese “lugar” que yo imaginaba, tal cual se me había enseñado equivocadamente, como un cielo, lleno de nubes, resplandores y paz. Mi pregunta fue algo así como ésta: “¿y no será aburrido?”. En mi mente lo era, tenía que serlo. Nubes, luz y repetición monótona. Eterna repetición sin posibilidad de nada nuevo, de descubrimiento alguno, de crecimiento o de aventuras. Un sinsentido. Sonaba a un castigo, más que a un premio. Claro, aquel paraíso también ofrecía una existencia sin preocupaciones, sin tristeza, ni dolor. Pero a mi temprana edad no sabía yo cuánto pueden pesarnos esas cosas en la vida.

El dolor es una cosa temible, una sombra que, mientras más presente, más se antoja insoportable, definitiva, terminal. Sin embargo, la vida está llena de momentos dolorosos y la experiencia nos enseña que su carácter de invencible es sólo aparente.

El dolor es, por lo menos, una respuesta evolutiva que abona a nuestra necesidad de protección y supervivencia. Cuando tocamos un objeto filoso, puntiagudo o demasiado caliente, nuestra reacción, preprogramada en nuestros genes, nos lleva a retirar la mano inmediatamente. No hay cuestionamiento posible: la sensación de dolor es una alerta definitiva de que debemos evitar aquello que lo provoca.

No me gustaría hacer una distinción entre el dolor físico y el dolor del alma —espíritu, mente o como quieran llamarle—, pues todo aquel que haya sentido la pérdida de un ser querido, su rechazo o maltrato, sabrá muy bien que el dolor que no es provocado por causas físicas en realidad se siente muy físico también. (¿De qué otro modo lo experimentaríamos, si nuestro cuerpo es el único vehículo que tenemos para sentir?)

En cualquier caso, no hacer la distinción me parece valioso porque todos los tipos de dolor son idénticos en su función: nos advierten sobre las cosas o situaciones que debemos evitar para mantener o procurar nuestro bienestar. Pero el dolor no sólo es una herramienta didáctica, sino empática también. Como dijera el historiador italiano Cesare Cantù, “el dolor nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade de que esta vida no es un juego, sino un deber.”

Pareciera que nuestro deber como seres humanos es evitar nuestro dolor y el de los demás. Pareciera que la felicidad consiste en su ausencia, y no en la presencia de algo más —una idea que podría antojarse budista—. Pero el dolor es inevitable, y quizá, si es que es una herramienta didáctica, tratar de acallarlo a toda costa no sea lo mejor que podamos hacer cuando lo experimentamos.

Es natural que muchas personas que creen en el poder de la oración pidan que el dolor no tenga presencia en sus vidas, que sus necesidades y deseos se vean cumplidos. Esta práctica es similar, de algún modo, a lo que mucha gente hace cuando se automedica analgésicos para todos los malestares que siente. Como cualquier médico podría decirles, ignorar el dolor —un síntoma— no resuelve su causa —la verdadera enfermedad—, e incluso podría ocultarla. Si el dolor es una respuesta natural a lo que nos causa daño, hagamos como dice Cantù en la cita de arriba, volvámonos a nosotros mismos para identificar su origen y para cosechar las lecciones que nos ofrece.

Lafcadio Hearn encontró un ejemplo relevante para el tema en la vida de los gusanos de seda. Acostumbrados al cuidado de los humanos, los gusanos de seda han evolucionado de manera tal que ahora son completamente dependientes del hombre para su supervivencia. Cuando a una de larvas se le permite vivir hasta convertirse en polilla, aunque cuenta con alas, no puede volar, pues ya no las necesita. Su única función como polilla será producir una nueva generación de larvas.

Hearn creía que si al ser humano se le tratara con tal mimo como a las larvas de la seda, poco a poco la evolución iría deshaciéndose de nuestras complejas capacidades intelectuales, que ya resultarían inútiles, y terminaríamos tan conscientes de nuestro entorno como las mismas larvas. “Toda vida que siente y piensa —escribió— ha sido, y puede seguir siendo, sólo producto de la lucha y el dolor (…) Cualquier órgano que cese de conocer el dolor, cualquier facultad que cese de ser usada bajo el estímulo del dolor, ha de cesar también de existir. Suspended el dolor y el esfuerzo, y la vida retrocede y mengua.”

Ignorar el dolor nos volvería inútiles. “Toda ciencia viene del dolor —diría el escritor austriaco Stefan Zweig—. El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la mirada atrás”. Entonces, hay dolores que no pueden, ni deben evitarse. Lafcadio Hearn también me recordó a mi imagen infantil de un cielo sin dolores, pero también sin sentido: “En un paraíso de gusanos de seda tal como el que nuestros instintos mundanos nos llevan a desear, el serafín liberado de la necesidad de trabajo, y capaz de satisfacer a capricho todo deseo, perdería las alas al fin, y volvería a hundirse en la condición de larva…”

Entonces, quizá nuestro deber no sea evitar el dolor, sino aceptarlo, controlarlo, estudiarlo, enfrentarlo, comprenderlo. Verlo de frente con una mirada crítica y aprender de él, para luego despedirlo y no volverlo a recibir —aunque sea un maestro, es uno que resulta muy cruel—. El arte es un posible camino para ello; una oración bien dirigida quizá también lo sea.

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