En defensa de la inquietud

“La agitación se contagia y hace fértil el pensamiento. A veces, aunque venga acompañada de incomodidad y malestar.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Esta semana vi la obra de teatro La máquina Hamlet, de la compañía Deutsches Theater Berlin. Escrita por Heiner Müller, la pieza hace numerosas referencias a las tragedias griegas, a los dramas shakesperianos y a la historia europea del siglo XX a través de una serie de monólogos que no siguen una narrativa ordenada.

Además, puesto que para Müller los libretos eran materia prima que el director podía interpretar con libertad, el director de esta puesta en escena, Dimiter Gotscheff, decidió reducir los elementos casi al mínimo: ahí donde el texto marca lápidas, un ballet de mujeres muertas y un striptease de Ofelia, Gotscheff dejó únicamente tres personajes que, de pie sobre un escenario vacío, recitan sus textos sin interactuar entre ellos.

Eso sí: sus voces tienen una fuerza impactante. El que lleva el papel principal —el fantasma de Hamlet— es el propio Gotscheff. Diez días antes de su viaje a México, el dramaturgo falleció. Su actuación, entonces, se sustituyó mediante una grabación proyectada en el escenario. Aunque echamos en falta su presencia, su voz en el video no carecía de potencia. Todo lo contrario: con un tono grave e implacable, recorría despacio —haciendo pausas en cada palabra— frases como: “Escuché el sonido del mundo rotando al ritmo de su propia putrefacción” o “Las mujeres deberían ser zurcidas, un mundo sin madres. Podríamos destrozarnos los unos a los otros en paz y en silencio, y con cierta confianza, cuando la vida se hiciera demasiado larga o la garganta demasiado estrecha para nuestros gritos”.

El monólogo sigue y sigue, sin miramientos. La devastación continúa: incesto, asesinato. Entonces aparece Ofelia. Se esfuerza por alcanzar el micrófono que cuelga a la mitad del escenario, a modo de horca. Con gritos y a toda velocidad, repite el diálogo de Hamlet, palabra por palabra. De cuando en cuando se detiene para lanzar un chillido o una queja. Después, aún agitada, alude a varios suicidios de mujeres —“Yo soy Ofelia. Aquella que el río no contuvo. La mujer colgando de la soga. La mujer con las arterias abiertas”—, describe cómo destroza el instrumental de su cautiverio y cómo sale a la calle vestida en su propia sangre.

Cuando le conté a un amigo todo esto, me dijo que no se le antojaba ni un poco. Y tenía razón: no fue agradable. La pieza no hace concesiones: no hay escenografía, ni personajes adicionales, ni acción, ni narrativa que ayuden a digerir la crudeza del diálogo o el colapso de los actores. Estábamos obligados a mirar de frente esa ruina, ese hacinamiento retórico que no se detenía a darnos explicaciones y que, en el momento más inesperado, terminó, de golpe. Se encendieron las luces y los asistentes aplaudieron, emocionados.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque, aunque me vi tentada a descartar la obra por ese aparente absurdo, lo cierto es que sería poco coherente de mi parte hacerlo, si tantas veces he defendido que hay piezas que exigen un acercamiento especial, que no están obligadas a tener un sentido claro ni a ser disfrutables. Ésta, en especial, exigía conocer bien el contexto y la tradición de puestas en escena experimentales que se han hecho de Die Hamletmaschine, además de ser capaz de identificar las referencias históricas y culturales que se agolpaban en el diálogo. Para mí, ese trabajo de lectura y de investigación tuvo que ser posterior. Sólo entonces entendí la fuerza de desnudar la obra hasta su esqueleto o el recurso de hacer que Ofelia repitiera a Hamlet en un eco casi histérico. Además, algunas frases y algunos gestos de Gotscheff permanecieron largo rato en mi mente. Gestos de desesperación, frases duras. El efecto de malestar es inevitable, hasta físico. Pero se comportan como gérmenes, como detonantes: desencadenan ideas y cuestionamientos.

Son muchos los artistas que han declarado que una de las razones por las que hacen arte es para inquietar. Dos que me parecen especialmente claras son la de Banksy —“Art should comfort the disturbed and disturb the comfortable”— y la de Unamuno: “Yo me propongo agitar e inquietar a las gentes. No vendo el pan, sino la levadura”.

¿Por qué ver, entonces, una pieza que no es fácilmente disfrutable? Porque actúa como incitadora, como semilla. Me viene a la mente esa consigna de la Internacional Situacionista, pintada en las paredes de París en el 68: “Ante una pregunta, responda con preguntas”. Si la Alemania de la posguerra era un semillero de preguntas, Heiner Müller respondió con más preguntas, que a su vez Gotscheff replanteó y que desencadenan aún más cuestionamientos en quien presencia La máquina Hamlet. La agitación se contagia y hace fértil el pensamiento. A veces, aunque venga acompañada de incomodidad y malestar, hace falta una buena dosis de levadura.

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