El australopitecos y tú

“Es impresionante que factores que podrían parecer menores como el consumo y cocción de proteínas, más un buen sueño, probablemente hicieron que nuestro cerebro se extendiera y evolucionara muchísimo.”

Por Natalie Despot

Imagina que para un estudio importantísimo te solicitan que te vayas al bosque, alejado por un periodo extendido de tiempo, sin mantener ningún contacto con la tecnología. Durante el día tienes la posibilidad de salir en búsqueda de comida, pero en la noche tienes que dormir de algún modo en un árbol para salvaguardar tu vida de los predadores. No suena nada fácil, ¿verdad? Estamos acostumbrados a obtener nuestros alimentos con el simple movimiento de abrir la puerta del refrigerador o ir a la tienda de la esquina, y a dormir en una cómoda y abrigada cama sin peligro de que nada nos devore. Sin embargo, el escenario que les propongo fue el que tuvieron que sobrevivir nuestros antepasados más distantes, como Lucy.

Lucy es un fósil que fue apodado así aparentemente porque en el momento de su descubrimiento sonaba de fondo la canción de The Beatles, Lucy in the sky with diamonds. Lucy está clasificada en el género Australopithecus y la especie afarensis. Su esqueleto fue encontrado en la región de la región de Afar, en Etiopía.

Se conjetura que Lucy y otros australopitecos, así como los simios modernos,  dormían en los árboles para protegerse contra los depredadores, entre ellos los terroríficos tigres “colmillos de sable”, leones, leopardos y hienas. Esa situación nocturna no favorable, junto a su pobre dieta —no consumían carne—, les impedía desarrollar su cerebro al nivel del nuestro, homo sapiens. Veamos cómo.

La cantidad de australopitecos por árbol tendría un límite, o de lo contrario muchos nidos en un árbol podrían atraer a los depredadores; otros inconvenientes de este tipo de vivienda son las tormentas y vientos fuertes. Como alternativa, imagina dormir en el suelo: en una cueva o en un refugio. Allí podrías disfrutar de la compañía de muchos otros más para tener una mayor protección y mayores opciones reproductivas; podrías tener fuego para calentarte, cocer los alimentos y el clima inclemente no afectaría tu sueño como lo hacía cuando estabas en la casita en el árbol. Y por que estás en un lugar estable y seguro, sin duda, dormirías mejor.

Los antropólogos Coolidge y Wynn proponen que justamente cuando los australopitecos comenzaron a hacer la transición de la vida a tiempo completo en el suelo —hace unos 2 o 3 millones de años—, fue cuando pudieron reunirse en grupos más grandes, comer más carne y dormir mejor.

Los cerebros de los australopitecos eran relativamente pequeños, de alrededor de 400 cc —ligeramente más grandes que una naranja—, eso es un poquito más grande que el de los chimpancés de hoy en día, mientras que los cerebros humanos modernos son de 3.5 veces más grandes —alrededor de 1.350 cc o el tamaño de un gran pomelo—.

¿Pero qué hizo que crezca de esa manera nuestra masa cerebral? Después de todo, los cerebros son un tejido metabólico muy costoso. Por eso, según los autores mencionados, el incremento del cerebro se debe al consumo y cocción de la carne, acompañado de un buen sueño.

Piensa en los días en que no descansas bien al dormir: no puedes rendir al 100%. Te toma mucho más tiempo procesar la información o ejecutar acciones. Por eso, el sueño tranquilo y prolongado aportó mucho en nuestra evolución. Por otro lado, cuando se come carne cruda hay un gran gasto metabólico; en cambio, si se la come cocida, la digestión es mucho más fácil y aporta muchas proteínas y grasas beneficiosas al organismo, en especial al cerebro. Ambos nutrientes son muy escasos en una dieta vegetariana.

Es impresionante que factores que podrían parecer menores como el consumo y cocción de proteínas, más un buen sueño, hicieron que nuestro cerebro se extendiera y evolucionara muchísimo. Sin esos pequeños cambios en el modus vivendi de nuestros antepasados no podríamos vivir experiencias que ahora catalogamos como propiamente humanas: disfrutar de la cultura culinaria mexicana o de otro país, comparar estilos arquitectónicos, realizar obras artísticas por el simple gozo que éstas provocan.

Pero hay algo que creo que Coolidge y Wynn están dejando de lado: la capacidad de vivir en comunidad de nuestra especie, y los modelos de colaboración que hemos creado. Si no nos ayudábamos desde un inicio unos a otros, ya estaríamos extinguidos. En la soledad somos inviables, nuestra naturaleza es profundamente social. Si llegamos donde llegamos es porque trabajamos en equipo —estrategias de caza, de protección y de cooperación familiar-parental—, compartimos los bienes obtenidos y procuramos cuidar unos de otros a través de la división del trabajo.

¡Cuántas similitudes conservamos aún con Lucy!

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