Resistencia creativa: tres vías para reescribir la ciudad

“La ciudad es un sistema que modifica nuestras conductas. Su estructura y su funcionamiento afectan lo que sentimos, lo que experimentamos y lo que hacemos. Pero las ciudades están hechas de tejidos flexibles y modificables.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Ver Manhattan desde el piso 110 del World Trade Center, dice el jesuita Michel de Certeau en La invención de lo cotidiano (1980), convierte al espectador en un voyeur que mira desde lo alto “el más inmoderado de los textos humanos”. En ese libro, Certeau aborda formas de individualizar aspectos de la cultura de masas, desde los objetos comunes hasta las calles, las costumbres y el lenguaje, para hacerlos propios.

Desde lo alto del World Trade Center las calles neoyorquinas, que parecían engullir al visitante cuando las recorría a pie, se transforman en un texto que yace frente a sus ojos. Para Certeau, este orden e inmovilidad es una ficción de conocimiento, un simulacro visual, pues el voyeur debe separarse de ese tejido cotidiano que observa y hacerse ajeno a él para poder contemplarlo de ese modo. Los “practicantes ordinarios” de la ciudad, dice, la experimentan en una de las formas más elementales: caminando. Sus cuerpos recorren los laberintos de un “texto urbano” que ellos mismos contribuyen a escribir con sus pasos, pero que les es imposible leer. Se trata de “una historia múltiple sin autor ni espectador, formada por fragmentos de trayectorias y alteraciones de espacios”.

En ese texto urbano, dice Certeau, es posible inaugurar una espacialidad distinta —antropológica, poética y mítica— que hace existir una ciudad metafórica, distinta de esa otra que se ve desde las alturas (ficticia, planificada hasta el mínimo detalle y completamente legible por su rigidez, en la que los itinerarios están predeterminados por la infraestructura física y los juegos de poder).

Pienso en tres vías tentativas —entre muchas otras— hacia esa ciudad poética y flexible: caminar como un modo de enunciar; pensar en la atención como un lugar; y dejar espacio para el juego y la espontaneidad.

Caminar es enunciar. Al andar, el paseante hace propias las estructuras de la ciudad y crea su propio discurso, así como al hablar se apropia de las estructuras gramaticales y sintácticas. Al caminar asume ciertas reglamentaciones, pero también las modifica o las inventa. En esta improvisación el paseo puede compararse incluso con distintos estilos y figuras retóricas. El caminar así transforma los lugares rígidos y geométricos en “espacios practicados”, maleables y receptivos.

Un ejemplo paradigmático tiene que ser Philippe Petit, el funámbulo. Contra todo indicio de sentido común, Petit se infiltró en la seguridad de las torres gemelas del WTC —esas mismas que Certeau utilizó para su voyeur distante— e instaló un cable de acero de una a otra, para después caminar sobre el vacío ante las miradas atónitas de los neoyorquinos. A 400 metros sobre el suelo, Petit saludó al público con una reverencia, se hincó sobre el cable, se recostó “a platicar con las gaviotas”, recorrió ocho veces su precario puente y, tras 45 minutos de desafiar a la ley y al vértigo, descendió y fue arrestado entre el aplauso colectivo.

Modelos quizá más cercanos son los flâneurs y sus vagabundeos sin propósito: Charles Baudelaire, Walter Benjamin, la Internacional Situacionista. Sus recorridos reinventan el espacio a través de tácticas muy cercanas a las dos vías restantes: la atención y la espontaneidad. (Aquí hay un recorrido guiado ofrecido por el MoMA: Caminar como surrealista)

Un ejemplo favorito: el happening que el GRAV (Grupo de Investigación de Arte Visual) llevó a cabo para trastocar un día cualquiera en París (16 de abril de 1966). En puntos clave de la ciudad instalaron dispositivos que provocaron a los ciudadanos a interactuar con sus piezas: distribuyeron globos y agujas, regalaron silbatos a los espectadores de cine de arte, instalaron columpios, escalones móviles, artefactos sonoros y resortes, colocaron un caleidoscopio gigante y se pasearon con flashes electrónicos. ¿El objetivo? Eliminar la distancia entre el arte y sus espectadores, introducir espontaneidad en el tedio cotidiano. ¿Lo consiguieron? Puede comprobarse: las piezas están ahora en el Museo Tamayo.

GRAV

“Si hay una lección que los adultos deberían aprender de los niños es que en tiempos de crisis económica y ambiental, el juego es un punto crucial de conexión con el mundo físico e imaginario. Necesitamos darnos tiempo y espacio para el juego, un espacio en el que pueda suceder lo impredecible”, dice Juliet Kinchin, curadora de Arquitectura y Diseño en el MoMA.  Los niños trazan ciudades nuevas en las banquetas, dibujan aviones, definen zonas de guerra y de salvación, instalan playas, selvas, ríos y planetas en la mitad de la sala. Los juegos de los niños traen espacios ideales al terreno de lo real; y su estrategia está al alcance de cualquier adulto que sepa no tomarse en serio.

Una tercera vía es la atención entendida como un lugar o un ejercicio que abre lugares. “Attention is a place”, dice el estudio de diseño ROLU. Cuando leemos algo, cuando miramos imágenes o platicamos con alguien a través de internet, tenemos la sensación de estar ahí, en un lugar distinto. A partir de ello, el estudio plantea un ejercicio: ¿qué pasaría si un extraño se acerca a ti en la calle y te habla de música, de amistad, de árboles, de móviles, de viento? Estarían creando un parque ahí, en torno a su conversación. La atención enfocada tiene la posibilidad de inaugurar parques ahí donde queramos fijarla. Los sitios evidentes son esos en los que la belleza es notoria, aunque sea sólo en fragmentos, pero funciona también en sitios que parecen vacíos u hostiles. La atención puede descubrir hasta el más leve rastro de belleza o de significado y abrir parques en los espacios más desolados. La estrategia preferida, por supuesto, es el encuentro con otra persona: la charla con un viejo amigo o con un completo desconocido.

La ciudad es un sistema que modifica nuestras conductas. Su estructura y su funcionamiento afectan lo que sentimos, lo que experimentamos y lo que hacemos. Pero las ciudades están hechas de tejidos flexibles y modificables. Por ello, Michel de Certeau recomendaba la “resistencia creativa”: para re-enunciar la ciudad a través de acciones cotidianas.

Las tres vías planteadas pueden convertirse en acciones simplísimas: caminar por el gusto mismo y sin rumbo definido, probar nuevos caminos, inventar atajos, dar rodeos, reinventar el uso de las vías públicas, hablar con extraños, renovar la atención para renovar el paisaje, convertir objetos comunes en juegos, dialogar con el entorno, inaugurar parques. Hay muchas más vías: desenterrar las historias que habitan en las colonias, convertir las calles en ritmos y en música, revivir los espacios abandonados, trazar mapas subjetivos, rastrear personajes y culturas urbanas, crear focos de reunión y de creación, tejer redes de intereses, hacer encuentros colectivos y tantas otras cosas. La ciudad es maleable; reinventarla es reinventarnos.

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