La alegría es un encuentro

“Mantengamos esa idea en la cabeza: la alegría es la presencia de algo.”

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

En 1825 Beethoven escribió su Cuarteto en A menor, Op. 132, cuyo tercer movimiento es inusualmente largo y bello. Se titula Heiliger Dankgesang eines Genesenen an die Gottheit (algo así como “canción sagrada de agradecimiento a la divinidad”). Durante los 16 minutos, más o menos, que dura dicho movimiento, existe una clara transición entre cinco segmentos diferentes: tres molto adagio —lentos, contemplativos y poco vigorosos— separados por dos andante —alegres y “con un vigor nuevo”, como dicen las notas para interpretar el movimiento—.

Hace mucho que lo conozco y disfruto escucharlo, pero hace apenas unos días vi la grabación de una clase de la Universidad de Stanford que explica a fondo la pieza y la interpreta como un constante tránsito entre la enfermedad y la salud. Beethoven escribió este movimiento lleno de gratitud, tras recuperarse de una terrible enfermedad que lo hizo sentirse muy cerca de la muerte. En la clase, Robert Kapilow habla de la enfermedad como una fuente de creatividad. Sin embargo, noté una curiosa situación en la exposición: en contraste con el extenso análisis que se realiza sobre los tres momentos de enfermedad, el ponente ignora casi completamente las dos secciones alegres, que se salta como si resultaran poco interesantes.

Aquí está la clase. Si quieren escuchar el Heiliger Dankgesang completo, salten al minuto 41:45.

¿Qué pasó? ¿Por qué es el vigor de la alegría menos interesante que la contemplación de la enfermedad? ¿Será que la pieza de Beethoven es, efectivamente, musicalmente menos interesante en sus secciones alegres? Es posible —no tengo elementos suficientes para hacer un análisis musical de esa magnitud—, pero me llamó la atención y me dejó pensando en la actitud que tomamos muchas veces frente a la alegría o las cosas alegres. Algo similar comentó Emilia Kiehnle hace poco en este mismo blog: “el estado de alegría se da por sentado porque, en cierto sentido, es lo esperado. El dolor, por el contrario, es estridente porque es una ruptura, una ausencia escandalosa que nos obliga a detenernos y a mirar ese espacio vacío”.

Una ausencia escandalosa, dice Emilia. (Mantengamos esa idea en la cabeza: la alegría es la presencia de algo.) Y luego concluye que existe un reto que hay que enfrentar para pensar en la creatividad desde la alegría.

Pienso que este dar por sentado la alegría, o el despreciar o dejar de lado su estudio, puede derivarse de una particular y errónea forma de pensar: la de que la alegría es, por el contrario, una ausencia —la ausencia de la tristeza, el dolor o la miseria—.

Existen cosas que se definen sólo por la ausencia de otras. La oscuridad es la ausencia de luz; el frío es la ausencia del calor. Siguiendo la tendencia benéfica de estas comparaciones, la tristeza tendría que estar en el mismo rincón polvoroso que la oscuridad y el frío, y ser la ausencia de la alegría. ¿Por qué pensar lo contrario?

Parece ser que algunas ciencias contemporáneas prefieren hacerlo así. La medicina y la psicología frecuentemente tratan o definen a la salud como la ausencia de la enfermedad o de los transtornos de la misma. Si hurgamos en un diccionario médico podremos encontrar una enorme y creciente cantidad de malestares y enfermedades de las que podemos ser víctimas. Pero la lista de formas en que podemos estar saludables no crece. Se presume que sólo es una…

Es común relacionar a la salud o el bienestar con la alegría: se presume que una persona sana es una persona feliz, y viceversa, la persona enferma es una persona infeliz. Ya que no hay enfermedades, estás sano. Porque no hay tristeza, hay alegría. Pero, ¿no acabamos de decir que lo contrario es lo cierto?

En efecto, lo es. Una persona enferma, muy enferma, puede sentir la alegría presente. Y viceversa. La relación entre salud y enfermedad, por lo tanto, no es tan cercana o de la misma clase que la de la alegría y la tristeza. Pero quizá sea suficientemente parecida para confundirnos a muchos.

No pretendo en este post entrar en el eterno debate y la titánica pregunta de qué es la alegría, porque inevitablemente entraría en terrenos filosóficos escabrosos —tratando de definirla, tropezándome con la felicidad teleológica— o en teología avanzada —de la talla de San Agustín, C.S. Lewis o el Papa Francisco—, y terminaría escribiendo un libro.

Lo que sí pretendo es invitarlos a que en nuestra vida cotidiana nos hagamos a la tarea de prestar mucha más atención de la que normalmente le damos a los momentos de alegría. Cuando la encontremos, reconozcamos que es eso: un encuentro. Nos topamos de frente con algo, algo que nos brinda la euforia, la dicha, el júbilo. ¿Qué es ese algo? ¿Es sólo una cosa? Claro que no. Pero no lo demos por sentado, no nos quedemos en la lista de formulitas o palabras vagas que podemos encontrar en cientos de miles de sitios web, películas hollywoodenses o libros de superación personal. No despreciemos ese estudio por confundirlo con algo cursi y torpe.

Tampoco hemos de tratar a la alegría como una cosa escasa e incomprensible por la que simplemente deberíamos estar agradecidos y disfrutar mientras dure. A la alegría hay que cuestionarla también, conocerla a profundidad y no ignorarla cuando esté con nosotros, para poder invocarla de nuevo cuando haga falta, cuando sintamos esa ausencia suya, tan escandalosa.

(Hay una dicha especial en desenterrar misterios, en vivir con curiosidad y una actitud inquisitiva. Veo en ella la posibilidad de un círculo virtuoso: estudiar la alegría.)

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