Defendiendo al preguntón

“Las preguntas son el mejor vehículo del pensamiento; los seres humanos pensamos mejor a partir de cuestionamientos, pues son los que nos permiten abrir nuestra mente y buscar opciones fuera de lo conocido y de lo simplemente dado.”

Por Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Hacer preguntas puede llegar a ser muy intimidante, pues cuando preguntamos ponemos al descubierto nuestra ignorancia y nos sometemos al juicio de los demás. Sin embargo, es importante que aprendamos a superar ese miedo, pues es el primer paso para formarnos un criterio propio.

“La peor pregunta es la que no se hace”, nos repetían insistentemente nuestros profesores de filosofía en la carrera. Nos formaron para entender que cualquier ejercicio intelectual debe comenzar con una pregunta: para tener un diálogo con otra persona, para entender a un autor, para hacer una crítica inteligente o para resolver un problema, primero tenemos que saber plantearnos las preguntas adecuadas. Incluso a veces pasábamos clases enteras dedicadas únicamente a encontrar la mejor manera de plantearnos una pregunta, pues nos enseñaron que es mucho más valioso detenerse el tiempo que sea necesario en encontrar un cuestionamiento que pudiera señalar la dirección de la resolución de un problema, que tratar de resolverlo con la primera idea que nos vinera a la mente. Al final, nos ahorrábamos más tiempo y esfuerzo y así nos evitamos más problemas.

Esto es así porque las preguntas son el mejor vehículo del pensamiento; los seres humanos pensamos mejor a partir de cuestionamientos, pues son los que nos permiten abrir nuestra mente y buscar opciones fuera de lo conocido y de lo simplemente dado. Cuando las personas no aprenden a preguntarse cosas, su pensamiento se queda limitado a lo que reciben de los demás. Una persona que no sabe darse tiempo para hacerse preguntas es fácilmente manipulable y es más susceptible de caer en dogmas y fanatismos.

Después de cuatro años de intenso entrenamiento filosófico, me acostumbré a vivir haciendo preguntas y a veces lo doy por sentado, como si fuera algo obvio, y se me olvida que en muchos lugares ser preguntón es un enorme tabú. Para muchas personas las preguntas son incómodas y por eso las acallan. Para otros son signo de ignorancia y, por lo tanto, algo que debe esconderse. Incluso me ha tocado gente que las considera impertinentes y una falta de respeto a la autoridad. Pero lo más triste y sorprendente de estas consideraciones es que me las he encontrado frecuentemente en las aulas universitarias; en el lugar que se supone que existe para generar un ambiente de diálogo y pensamiento libre.

La semana pasada impartí mi última clase del semestre a uno de mis grupos universitarios y di un ejemplo en donde mencioné el nombre de Lorenzo Servitje. Uno de mis alumnos levantó la vista y con genuino interés preguntó: “¿Quién es ése?”. Antes de poderle contestar el pobre ya había recibido un abucheo general del salón y una compañera, con evidente impaciencia, le dijo: “Ay, Fulanito, pues ¿qué no sabes que es el dueño de Bimbo?”. Yo me molesté y reprendí al grupo diciendo: “No tiene por qué saberlo, está bien que pregunte.” Seguí con la clase y al terminar, según mi costumbre, pregunté si no había alguna duda —según yo todos los profes hacen eso, ¿o no?—, y entonces Fulanito volvió a levantar la mano y preguntó otra cosa que sus compañeros consideraban “obvia” y volvió a recibir el escarnio grupal. El final de mi clase tuvo que ser un regaño-discurso-apología a las preguntas.

Pero lo que más me llamó la atención fue que al terminar la clase Fulanito se acercó conmigo a pedirme perdón por preguntar tanto y por “no saber pensar bien”, según sus propias palabras. Yo, sorprendida y apenada por él, le contesté: “Al contrario, el que hagas preguntas demuestra que piensas bien.”

Les cuento esta experiencia no para quejarme de las escuelas, ni de la gente, ni nada por el estilo: simplemente quiero compartirlo para que reflexionemos al respecto de cómo tratamos a los demás y a sus preguntas. Mis alumnos no son malas personas y estoy segura de que no pretendían hacer sentir mal a su compañero; simplemente les causó gracia su ignorancia y no se dieron cuenta del daño que causaron al burlarse de sus dudas. Descartar las preguntas de los demás implica también un cierto desprecio a sus ideas. Cuando nos burlamos de las preguntas de otras personas sin darnos cuenta provocamos que éstas se sientan inseguras de su propio intelecto y, poco a poco, van renunciando a pensar por sí mismos para aceptar el pensamiento comúnmente aceptado.

Si queremos tener una sociedad capaz de pensar y de tener un criterio propio, que no se deje manipular por la propaganda y la publicidad, tenemos que empezar por respetar el derecho de los demás por hacer preguntas. Finalmente, todos nacemos ignorantes, y sólo el que se atreve a preguntar logra salir de ese estado.

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