Reflexiones sobre metas e instintos superados

“Me hago de hábitos, venzo vulnerabilidades, me hago de fortalezas. Lo importante no está al final, está en mis movimientos ahora y lo que hago de ellos.”

Por Chloe Nava

Twitter: @MmeRoubaud

Existen muchos paralelismos en la vida y saber dibujarlos es algo que aún tengo que aprender.

No sabría explicar por qué existe la necesidad de controlar los instintos, de demostrar que somos más fuertes que ellos, sean lo que sean. Ignorar el dolor muscular cuando uno hace ejercicio, vencer el sueño cuando uno está haciendo algo que considera valioso, vencer miedos y fobias… Ponerse por encima de nuestra vulnerabilidad da cierto placer y seguridad que no sé explicar.

Hay impulsos más fáciles de vencer que otros —algunos requieren más disciplina—, pero en cada caso se trata de un juego mental: una imposición que uno se aplica a sí mismo. Tras un arduo trabajo e insistencia podemos hacernos de un hábito, y la creación de un hábito facilita o motiva la generación de más.

Una de las cosas que más disfruto controlar es mi respiración bajo el agua, a la vez que nado sumergida. Me gusta no poder escuchar casi nada, el sonido en el agua viaja de manera extraña y parece en cierto modo irreal; me siento sola, encapsulada en mi propia mente. Me gusta sentir como controlo mi necesidad por subir a la superficie, como invento una serie de pasos para resistir más tiempo, como le exijo a mis piernas y mis brazos que naden con mayor fuerza y habilidad para gastar menos energía y cubrir más distancia. Me encanta ese momento de silencio en mi cabeza en el que lo único que me importa es no desesperarme.

Mi secreto es nunca ver demasiado hacia adelante. Sé que nos han dicho que uno debe ver hacia el frente para poder hacer frente a los próximos obstáculos, que eso nos permite alcanzar nuestros objetivos con mayor eficiencia, pero he aprendido que esto debe hacerse con cuidado. Si en el momento en que mi cuerpo toca el agua volteo hacia el frente y veo la distancia que tengo que cubrir, tengo la impresión de que es demasiada y que es una locura siquiera intentarlo. Sé cuantos metros debo recorrer, los veo antes de que me eche el clavado, sé que puedo hacerlo y que debo tomar buen impulso y aire para conseguirlo, pero si entro al agua y vuelvo a considerar mi misión lo más probable es que falle.

Al ver hacia el frente no presto atención en la meta, sólo verifico que siga una línea recta y que no haya algo en mi camino que pueda bloquearme. El resto de mi energía está en ignorar la alarma que manda  mi cerebro al resto del cuerpo de que debe respirar, pero yo sé mejor que él que puede resistir y que debe hacerlo. Metro a metro controlo el instinto que me lleva a la superficie, disfruto la ligereza de mi cuerpo en el cuerpo de agua, me alegro de cada brazada y patada que doy, le digo a mi cabeza que todo está bajo control.

Me gusta pensar que hay objetivos en la vida que suceden de esa manera —los hemos planeado, visto su posibilidad de éxito, incluso hemos pensado en el trabajo y el esfuerzo que nos costará conseguirlos—, toda esa evaluación se hace de manera cuidadosa y teniendo en cuenta que quizá no salgan como uno lo piensa. Hecho eso, no tenemos porque ver una y otra vez cuánto nos falta para alcanzar nuestro objetivo, lo importante está en avanzar cada paso de manera firme y sostenible, estar seguros que el rumbo sea el adecuado y que nuestras acciones nos acerquen de manera eficiente a la meta.

El proceso puede parecer lento y cansado, pero eso no lo puede decir sólo nuestro instinto o impulso, lo debe decir nuestra razón, y a menudo ésta piensa que quizá sí podemos ir más lejos. Siempre encontraremos una mejor manera para avanzar, soluciones más veloces o más efectivas. Muchas veces no necesitamos subir por aire, es decir, dejar de lado nuestra misión por ser demasiado complicada, sino que necesitamos abordarla de otra manera.

Ya está cerca el fin del año para el mundo occidental. Con él se avecina un final de ciclos, y una serie de fiestas que nos recordarán qué nuevos deseos y metas para nosotros deben erigirse. Estos a menudo son simplemente una serie de cambios en la estrategia que adoptamos para alcanzar nuestro mayor objetivo —uno que nos hemos puesto hace años, quizá desde antes de que supiéramos qué significaba hacerse de una misión de vida—.

Lo importante al momento de formular nuestras metas es evitar ver el lugar en el que queda ese primer objetivo, la distancia que nos falta para llegar a él. Sabemos que ahí está, antes de entrar al agua pensamos en las facilidades y dificultades que tendremos para atravesar el cuerpo acuífero, y conforme pasa el tiempo aprendemos a hacerlo. Volvemos a empezar si es necesario pero cada nuevo intento es más estético y eficiente que el anterior. O quizá en cada nuevo intento nos hacemos menos livianos, pero nos cansamos y desesperamos menos.

La verdad ignoro qué pase cada vez que vuelvo a entrar al agua, solo sé que la meta me interesa menos y me preocupan más las sensaciones del trayecto. El final no se mueve, o quizá lo hace, pero yo nunca me doy cuenta; en cuanto controle y domine cada movimiento de mi cuerpo, pienso y siento que todo está bajo control. Hay un miedo mayor al de no poder salir a respirar cuando mi cerebro cree necesitarlo — el miedo a seguir construyéndose—, si veo demasiado al frente no veo nada, y eso me asusta, pero intento no hacerlo frecuentemente. Me hago de hábitos, venzo vulnerabilidades, me hago de fortalezas. Lo importante no está al final, está en mis movimientos ahora y lo que hago de ellos, sin desesperarme.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s