Upstream Color

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“La cinta se interna en esa atmósfera nebulosa, casi táctil: imágenes inconexas hilvanadas por sonidos telúricos, diálogos breves y escenas cíclicas. Aunque la trama sea inverosímil, la sensación de alternar entre el placer estético y la confrontación con el misterio es clara y constante.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“Un hombre y una mujer son atraídos uno al otro, enredados en el ciclo de vida de un organismo sin edad. La identidad se convierte en una ilusión mientras luchan por ensamblar los fragmentos sueltos de vidas destrozadas.”

Eso leí en la descripción de la Cineteca antes de ver Upstream Color. Ya en la sala, estaba segura de que me habían mentido. En la historia había substancias químicas, cuchillos, transacciones bancarias obligadas e intervenciones quirúrgicas, pero nada del exilio sensorial que prometía el trailer. Eso sí, una extrañeza casi delirante dejaba claro que no se trataba de un filme común.

Poco a poco, entre las escenas narrativas comenzaron a intercalarse fragmentos de algo más: imágenes casi artesanales; sonidos inquietantes, pero llenos de textura; gestos amplificados, concentrados. Parecían describir un paisaje —de algún modo— subterráneo o subyacente; una presencia latente y oculta, pero innegable. La experiencia me pareció cercana a la que desencadenan las cintas de Terrence Malick; más tarde comprobé que en muchas reseñas se hacía la misma comparación. En una de ellas, describen el trabajo del director, Shane Carruth, como “ciencia ficción con tintes de trascendencia” o “impresionismo espiritual”.

No cuento la trama para no hacer ningún spoiler. Basta con decir que los personajes, Kris y Jeff (interpretado por el propio Carruth) se ven invadidos por un parásito que les provoca un estado hipnótico, durante el cual un sujeto (el Ladrón) les roba todos sus bienes. Cuando vuelven a su estado normal, lo han perdido todo y su mente parece distante. Sus acciones no dependen ya de su voluntad, sino que parecen ligadas a alguna fuerza ajena y extraña.

La cinta se interna en esa atmósfera espesa y nebulosa, casi táctil, a través de imágenes inconexas que se hilvanan mediante sonidos telúricos, diálogos breves y poéticos, y escenas cíclicas. Aunque la trama sea inverosímil, la sensación de alternar entre el placer estético y la confrontación con el misterio es clara y constante. La exploración es incierta porque su objetivo también lo es: lo que se intenta esclarecer es la identidad, esa zona de niebla entre la determinación biológica, el torrente psicológico y la incertidumbre espiritual, que además se entrelaza en puntos de armonía con el ritmo natural y el encuentro con otros seres. Esa confrontación con otra persona parece ser, a un tiempo, una región de luz y una amenaza constante. Kris y Jeff se miran y se reconocen como semejantes, pero cuando la línea que los separa se vuelve tan difusa que ya no saben con certeza a quién pertenecen las percepciones y los recuerdos, se advierte algo escalofriante en esa cercanía. Han perdido la seguridad de ser ellos mismos quienes escriben esa narración que habitan; sienten la presencia de algo, fuera de ellos, que traza y define sus desencuentros.

Lo sorprendente es que Carruth busca responder a estas preguntas desde un ámbito que es tan cercano a la ciencia como al misterio: “Siento que hay tantas cosas por venir, habrá tanto entendimiento en los próximos cien años que el cambio en nuestra comprensión será tan grande como el que hubo con la teoría de la relatividad, la evolución o el ADN. […] Siento que hay algo más que ocurre entre dos personas, más de lo que parece.”

Además, aunque el filme está construido de manera minuciosa y analítica —Carruth es matemático y programador—, la experiencia no es rígida; por el contrario, parecería que las secuencias se fueron creando al ritmo de la filmación, como en una serie de descubrimientos. La narración es lírica y sensorial, pero precisa y contundente. Carruth lo concibe como una arquitectura firme que funciona como marco para una ejecución más libre, como en un juego: “Es un balance, es lo que busco en todas las cosas. En una pieza musical, quiero que exista una composición bien pensada, pero cuando es ejecutada no quiero la versión computarizada, quiero a un humano interpretándola momento a momento; es alguien que sabe algo sobre la forma en que yo estoy escuchándola, porque él está escuchándola. Se necesita ese pincel humano para llegar a un ámbito de emotividad.”

Por último, me parece muy relevante el modo en que el propio Carruth pretendía que su cinta fuera experimentada. Lo describe como un filme-álbum: “Pienso en él como un álbum: tras escucharlo una vez, sabes si es tu estilo y si es algo con lo que quieras pasar algún tiempo, pero no tienes una experiencia completa aún —no la tienes por, quizá, algunos meses, y si es suficientemente bueno como para vivir con él, entonces vives con él, lo interiorizas.”

Para mí, definitivamente es un sitio al que quiero volver, otra de esas regiones en las que podría construir una habitación. Aún está en la cartelera, por si les interesa visitarlo.

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