Agnosticismo, humildad y respeto

“La humildad, esa virtud necesaria para aceptar que la mente humana y nuestra capacidad de razonar no nos llevarán al conocimiento de la totalidad de las cosas”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

“- ¿Eres atea?

– No, soy agnóstica.”

Así es como puedo resumir mis conversaciones sobre religión durante los últimos años. No cabe duda, estamos viviendo la debacle silenciosa de los metarrelatos que han guiado la conducta humana por siglos. Se vale, y yo diría, se debe, cuestionar. No obstante, en medio de esta inercia social, me pregunto si cada conciencia humana que grita al mundo estar en contra de las grandes religiones ha pasado por el difícil e incluso doloroso proceso de ensimismamiento, reflexión y duda que antecede toda ruptura auténtica de paradigmas.

Asimismo, me pregunto si todos aquellos que se adjetivan como agnósticos, conocen realmente lo que esto significa.

Según la RAE, el agnosticismo se define como la “actitud filosófica que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia.” En este sentido, agnosticismo y ateísmo son conceptos con significados totalmente diferentes (ahora entiendo la indignación de algunos agnósticos al responder a mi pregunta sobre si son ateos, aprovecho estas líneas para disculparme). Mientras que el primero reconoce y acepta la incapacidad humana para entender todo aquello que escape a la experiencia, al segundo la experiencia le parece suficiente para afirmar la no existencia de lo divino.

Todo reconocimiento y aceptación de una incapacidad o, dicho de otra manera, de una limitación, implica una gran dosis de humildad. El ser humano no lo puede todo, no puede saberlo todo, no puede conocerlo todo. Estoy segura de que, al leer la frase anterior, muchos lectores pensaron en aquella famosa paráfrasis de Sócrates: “yo sólo sé que no sé nada.” Para mi sorpresa, los procesos misteriosos del raciocinio no me condujeron inmediatamente al gran maestro de la mayéutica, sino a Mateo. Sí, a San Mateo, el apóstol de Jesús al que se le atribuye uno de los Evangelios. Y esta cita lo explica: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:3)

No me lo tomen a mal, no estoy haciendo un intento por formar a todos los agnósticos en la fila del catolicismo o de cualquier otra rama del cristianismo. Lo que quiero hacer notar aquí es la similitud en las ideas. La base de esta cita del Evangelio de Mateo es también la humildad, esa virtud necesaria para aceptar que la mente humana y nuestra capacidad de razonar no nos llevarán al conocimiento de la totalidad de las cosas. Esta idea se encuentra también en las raíces del budismo, el jainismo, el judaísmo, el Islam (no sé si pueda decir lo mismo con el ateísmo, me declaro incompetente); y, como tal, debería ser base para el respeto mutuo.

A estas alturas de la historia de la humanidad, se antoja imposible parir una idea nueva. Y no importa, pues en la novedad no radica el valor de las cosas. Lo que me parece fundamental subrayar es la imperiosa necesidad, sobretodo en estos tiempos de intolerancias y divisiones, de reconocer que todos y cada uno de nosotros, los seres humanos, compartimos la incertidumbre acerca de nuestra existencia. En ese sentido, buscamos ideas, las cuestionamos y nos apropiamos de la que más nos convenga para hacer esta vida más llevadera. Repito, se vale y se debe cuestionarse, lo que no se vale es aferrarse a la idea de que se tiene la única y absoluta verdad.

Viene a mi mente esta cita de la película “Life of Pi”:

“Te he contado dos historias sobre lo que pasó en el mar. Ninguna explica la causa del hundimiento del barco y, sin embargo, el barco se hundió. Nadie puede probar cuál historia es verdadera y cuál no. En las dos historias el barco se hunde, mi familia muere y yo sufro. ¿Cuál historia prefieres tú?… Lo mismo pasa con Dios.”

Nadie puede explicar el misterio de la muerte, pero la muerte es nuestro destino inevitable. Y así sucede con muchos misterios más de la vida. ¿Agnóstico, ateo, católico, judío? Poco importa, cada quien escoge su historia, pero todos compartimos la base común.

Susana

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