Contra la productividad (Memento mori)

hombre gris

“La productividad y el éxito se han convertido casi en dogmas, en objetivos no sujetos a discusión. El culto en torno a ellos invade ámbitos antes incuestionados: ahora se justifican —y se cuantifican— actividades como el deporte, la lectura, el ocio y la amistad como otros tantos canales en esa carrera hacia el «éxit0».”

Por Elizabeth G. Frías
Twitter: @elinauta

Imagina que miras la pantalla de tu celular y, además de verificar la fecha, la temperatura, las actividades por hacer en el día y la cantidad de correos sin leer que se acumulan en tu bandeja de entrada, notas que, a partir del día de hoy, te quedan 21,920 días de vida.

El dato llega a ti gracias a una aplicación, Days of Life, que calcula tu esperanza de vida a partir de tres simples referencias: tu fecha de nacimiento, tu género y tu país. Es la siniestra versión digital del memento mori latino, transformado en una alarmita que te sonríe sarcásticamente desde un aparato que condensa tanto nuestros más optimistas anhelos de progreso como el enajenamiento colectivo que nos aleja de él, al tiempo que pretende motivarnos a emprender las tareas cotidianas al ritmo frenético de la productividad y el éxito.

Si en la antigua Roma se susurraba el “Hominem te esse memento! Memento mori!” (“¡Recuerda que eres un hombre! ¡Recuerda que morirás”) al oído de los generales triunfadores que celebraban la victoria mientras eran aclamados por el pueblo, ahora el recordatorio sale a la luz por doquier a través de historias más o menos sensibleras o francamente tétricas (como esta serie de fotografías que captura la última cena de prisioneros condenados a muerte, de acuerdo a lo que cada uno deseó). No obstante, el sentido del mensaje ha cambiado de manera radical. Lo que entre los romanos era un llamado a la prudencia y a la humildad, pero también a la celebración de la vida —y que más tarde, entre los cristianos, se convirtió en una exhortación a la virtud—, ahora es considerado un incontestable llamado a la productividad. El cambio no es menor: la cuenta de los días, la constatación del tiempo que huye rápidamente y la advertencia tenaz de que cada minuto podría ser el último conduce, sí, a valorar los días que nos quedan y a utilizarlos de la manera más sabia. Pero el nombre que damos a ese tiempo empleado de forma valiosa no es ya “celebración” ni “virtud”, sino productividad.

La aplicación —que es sólo un ejemplo particularmente ilustrativo, pero de ninguna manera el único— muestra los días que nos quedan de vida mediante una gráfica circular (un color para los días transcurridos, otro para los días por transcurrir), igual a la que muestra en el periódico la cantidad de transacciones bancarias por país o la que explica el porcentaje de azúcar en una bebida. Representamos eso que decimos valorar más que ninguna otra cosa —la vida— como un producto, como un bien consumible cuya fecha de caducidad está cada día más cercana, como lo dice esta reseña en The New Yorker. Va más allá: lo llama “terror existencial”, una exhortación a seguir cuantificando nuestros actos a partir de términos como “efectividad” y “utilidad”, motivados por esa sensación de urgencia y de culpa que subyace en esos discursos.

La productividad y el éxito se han convertido casi en dogmas, en objetivos no sujetos a discusión. El culto en torno a ellos invade ámbitos antes incuestionados: ahora se justifican —y se cuantifican— actividades como el deporte, la lectura, el ocio y la amistad como otros tantos canales en esa carrera hacia el “éxito” (¿o les suenan desconocidos los entrenamientos físicos exhaustivos y enfocados en motivos vanos —como lucir bien en las selfies—, las listas de libros leídos que se presumen por su cantidad, los innumerables best sellers que pretenden tener la fórmula para la felicidad o las guías para mantener sólo relaciones beneficiosas?).

¿Y qué podría estar mal acerca de todo esto, si nos conduce, en efecto, a producir más, a ser más eficientes en nuestras tareas diarias o —idealmente— a alcanzar antes nuestros objetivos? Lo inconveniente de esta forma de medir el valor de nuestro actuar —cuantificando los resultados, lo que cada uno es capaz de producir, en cuánto tiempo y con cuántos recursos— es que es deshumanizante. Como en tantos otros casos, si el objetivo que perseguimos (la pregunta con la que nos acercamos al mundo) es pequeño, aquello que conseguiremos lo será también. Si nuestra cultura apunta hacia una escala de valor tan pobre, las vidas que llevaremos no rebasarán esos mismos límites. Y aunque no son pocos los recursos teóricos que buscan reinterpretar ese “éxito” en términos de vida virtuosa, el esfuerzo es inútil si no se rectifica el planteamiento desde sus orígenes.

Por eso, cuando leí este texto —recomendado por Juan José, presidente de Eudoxa—, no pude evitar tener ciertas reservas. No puedo evitar oler, detrás de las buenas intenciones, ese culto a la productividad. Se trata de una invitación admirable, no lo niego: “Tienes que hacer las cosas difíciles. Las cosas que nadie más está haciendo. Las cosas que te asustan. Las cosas que hacen que te preguntes cuánto tiempo más podrás aguantar. Ésas son las cosas que te definen. Ésas son las cosas que hacen la diferencia entre una vida de mediocridad y el éxito escandaloso.”

Vencer la propia resistencia, apostar por lo que crees correcto pese a no tener garantías y estar dispuesto a superar el propio esfuerzo es notable, sí. La invitación está dirigida a cosas, en efecto, valiosas: perseverancia, valentía, generosidad, honor. Pero el tono y el lenguaje me hacen escuchar la risita punzante de esa aplicación que parece decir desde lejos: “¡Tienes que hacer las cosas difíciles! Tienes que hacer las cosas. Veintiún mil novecientos veinte días de vida. Tienes que hacerlas más rápido, más. Veintiún mil novecientos diecinueve días de vida. Yo puedo graficarte ese honor y esa generosidad: verás que no es suficiente aún. Veintiún mil novecientos dieciocho. ¡Más! Aún no es bastante.”

liz-arrobaeudoxa-

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