La firma del hombre prudente: elogio a la productividad

La acción del hombre prudente no se constriñe a la producción de resultados, sino a la creación de una vida mejor.”

Por Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

El pasado 28 de enero, Elizabeth G. Frías publicó en este mismo blog una extraordinaria reflexión sobre los problemas de la productividad y la visión del mundo que se construye desde un paradigma limitado por los conceptos de efectividad y éxito. En el mismo texto tuvo a bien recordar un artículo que les había compartido a mis colegas de Eudoxa sobre la importancia de hacer las cosas que nos parecen difíciles.

Sin embargo, pese a que disfruté mucho la lectura de su texto, tengo que plantear algunos matices y respuestas, no en aras de entablar una querella académica, sino de alcanzar la verdad a través del diálogo.

Estoy de acuerdo que someternos a la tiranía de la productividad, nada más porque es lo que está de moda o porque los gurús de la administración así lo mandan, es estúpido. Poner el objetivo de toda nuestra acción cotidiana en producir los resultados esperados es elevar a un plano de fines cosas que son medios solamente. Con esta actitud se confunden los medios con los objetivos que se alcanzan únicamente a través de aquellos. Como bien dice Elizabeth, esta confusión termina por deshumanizar la acción humana.

Por ello, cuando se habla de productividad no se debe poner énfasis en los resultados como si por ellos mismos valieran algo. De hecho, esta actitud termina por minar los esfuerzos de cualquier organización y genera un caos terrible llamado burocracia. Un burócrata —en sentido despectivo— es aquel trabajador que se enfoca exclusivamente en “hacer lo que le toca”, por ello es que la burocracia es la manifestación más plena de la poca productividad: se hacen un montón de cosas, se alcanzan un montón de resultados, pero la única medida es la cantidad… y la productividad —la verdadera— requiere esencialmente de la calidad.

En algún lado de su enorme verborrea, Aristóteles explicó que la firma del hombre prudente es su habilidad para deliberar sobre lo que es bueno y sobre lo que es ventajoso para él, no en los objetivos pequeños y concretos, sino en los que conducen a una mejor vida en su totalidad. Lo que nos dice el filósofo es que la acción del hombre prudente no se constriñe a la producción de resultados, sino a la creación de una vida mejor.

Pues bien, justo esta es la medida de la productividad. Justo este es el valor de un pensamiento orientado a “hacer las cosas difíciles”. Un hombre prudente no hace las cosas difíciles porque sea lo que hacen los hombres exitosos, sino porque en la práctica de la fortaleza y la templanza sabe (o, a veces, intuye) que se erige como una mejor versión de sí mismo.

Es por esta razón que creo que la pregunta de Elizabeth “¿Y qué podría estar mal acerca de todo esto [de la productividad], si nos conduce, en efecto, a producir más, a ser más eficientes en nuestras tareas diarias o —idealmente— a alcanzar antes nuestros objetivos?” está mal planteada.

La productividad no nos conduce a ningún lado. Tan sólo es la medida de los resultados alcanzados por una o varias personas en un tiempo determinado. Y como medida es un indicador. Un signo que señala hacia otro lado, sin causar movimiento alguno. Por decirlo un tanto metafóricamente, la productividad es el velocímetro que nos dice qué tan rápido o qué tan lento nos acercamos a algún lugar, pero que no acelera ni frena el auto. ¿A qué lugar nos estamos acercando? ¿Ese lugar es benéfico o dañino para nosotros? El velocímetro no lo sabe, ni tampoco le importa. Incluso, si hubiera una pared de concreto entre el lugar al que vamos y el carro en el que viajamos, el velocímetro seguiría marcando impasible la velocidad a la que vamos.

El lugar al que nos dirigimos no depende del velocímetro, sino de nosotros. Por eso es indispensable que nos esforcemos en ser hombres prudentes, es decir, en tener la capacidad de deliberar sobre el lugar al que queremos llegar y sobre los mejores medios para alcanzarlo.

Por eso, “vencer la propia resistencia, apostar por lo que crees correcto pese a no tener garantías y estar dispuesto a superar el propio esfuerzo”, como Elizabeth escribió, no es notable, como podría serlo una medalla, sino imprescindible. Vencer la propia resistencia, apostar por lo correcto y superar el propio esfuerzo no son medallas sino virtudes, es decir hábitos buenos que constituyen elementos de la prudencia.

Si una persona no es capaz de hacerse virtuosa no será capaz de ser exitosa. No porque el hombre exitoso —como arquetipo— sea el que cumple con una fórmula de libro de autoayuda, sino porque el éxito sólo puede entenderse humanamente como “alcanzar la plenitud de hombre que puedo llegar a ser”.

Juan José

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