Taxonomía empresarial

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“Las personas no podemos ser reducidas a datos generales: a las personas no se les conoce a través de un estudio meramente intelectual; es necesaria la experiencia y la convivencia con el otro para ir descubriendo una personalidad completa y compleja.”

Contribución de Natalia Kiehnle

La agrupación es una característica natural de los seres humanos que se manifiesta de formas muy diversas. No solamente nos juntamos para formar comunidades sociales enfocadas a la supervivencia y a la ayuda mutua, sino que también hacemos grupos que surgen por la convivencia que se da al compartir gustos, pasatiempos o intereses. No falta el grupo de personas que se junta todas las mañanas en el parque para pasear a sus perros y a convivir con los otros dueños, o aquellos que gustan ir a acampar y andar en bici los fines de semana, por ejemplo. Pertenecer a un grupo con el que compartimos algo nos brinda un sentido de pertenencia y unidad.

Sin embargo, con el tiempo este tipo de agrupaciones tienden a convertirse en una especie de clasificación social, la cual generalmente va acompañada de prejuicios. De pronto, nos encontramos con múltiples etiquetas –hipster, fresa, naco, nerd, geek, mocho, teto, cool…- que ya no tienen nada que ver con la convivencia generada a partir de gustos e intereses, sino que designan claramente una serie de características definidas que esperamos encontrar en las personas. Entonces la situación se revierte, y en lugar de buscar cosas en común con una persona que pueda darme cierta afinidad con ella, de entrada ya busco definir la identidad de una persona a través de su clasificación (y a partir de eso decido si esa identidad es compatible con la mía o no).

¿Por qué tenemos esta necesidad de encasillar, etiquetas y clasificar a las personas como si fueran plantas? La mente humana conoce de esa manera: analiza situaciones, abstrae datos y los clasifica según ciertas jerarquías generales. El problema es que las personas no podemos ser reducidas a datos generales: a las personas no se les conoce a través de un estudio meramente intelectual; es necesaria la experiencia y la convivencia con el otro para ir descubriendo una personalidad completa y compleja.

Como si la separación social no fuera suficiente, recientemente me topé con otro tipo de “taxonomía”, sólo que esta vez fue a nivel empresarial.

Soy diseñadora gráfica, y parte de mi formación como estudiante cuando estaba terminando la carrera involucraba conseguir un trabajo de medio tiempo. El propósito es enriquecer al alumno y enfrentarlo desde antes al mundo laboral, pero la experiencia, más que “enriquecedora”, me pareció un poco deprimente.

Todo comenzó cuando tuve la grandiosa idea de googlear “Cómo elaborar un currículum”. Casi todos los resultados prometían que –en caso de seguir al pie de la letra sus instrucciones– mi currículum evitaría caer en la “pila de desechados” y llamaría la atención del área de recursos humanos. El problema era que elaborar uno de esos documentos me dejaba profundamente insatisfecha: mi CV perfecto a prueba de rechazos no decía nada de mí, simplemente se limitaba a juntar un montón de datos generales que podría compartir con millones de personas en el mundo.

El segundo paso fue buscar una empresa que quisiera contratarme y concretar una entrevista. Una de las empresas me envió (vía mail) dos pruebas de aptitud que debía contestar. En caso de aprobarlas, me contactarían para la entrevista personal.

Quiero recalcar que hasta este punto, yo no había tenido contacto alguno con ningún ser humano, ni siquiera por teléfono. Todo se había manejado vía correo electrónico y páginas web. Cuando (¡al fin!) acudí a las entrevistas “personales”, fui recibida por un examinador armado con cuaderno y pluma que  se dedicó a disparar una serie de preguntas tan genéricas e intercambiables que el lector puede encontrar googleando “prepararse para una entrevista de trabajo”.

Muchas empresas han transformado el reclutamiento de empleados en un trámite burocrático que, a los únicos a los que perjudica, es a ellos. ¿Cómo sabes si la persona que elegiste es la que más te puede aportar valor en su trabajo si lo único que sabes de ella es el título que tiene, cuántos idiomas habla y qué programas sabe usar? No estoy en contra de que se utilicen herramientas para facilitar un proceso de selección, sino en contra del encasillamiento y la clasificación de los profesionistas. Es bueno y necesario que existan herramientas que faciliten los procesos de contratación, pero hay que recordar que son eso: herramientas. No hay forma en que una computadora o un cuestionario determinen si la persona que estoy entrevistando tiene arrojo, pasión, motivación o si es honesta.

Los que se han dado cuenta de este error y han sabido superar la selección taxonómica, pueden presumir de tener quizás menos personal, pero más motivado, muchísimo más efectivo y leal a la compañía.

En el lugar en el que finalmente encontré un trabajo que me gusta y en donde me encuentro actualmente, mi jefa, más que entrevistarme-interrogarme con una serie de preguntas preestablecidas, se dedicó a conversar conmigo. Se mostró agradable y humana, fue abierta, honesta y confió en mis respuestas. Platicamos de películas, libros, tecnología y las noticias del día. Al final, creo que conocer mis gustos, intereses y preferencias le dio más información que preguntarme cuánto esperaba ganar.

 

 

natalia-arrobaeudoxa

 

Un comentario en “Taxonomía empresarial

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