Diseño “con carnita” (o crítica de la educación puramente técnica)

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“El problema de un trabajo mecánico es que es fácilmente sustituible por el de una máquina. Es un fenómeno que llevamos un par de siglos experimentando, pero aún insistimos en educar técnicos que no tienen bagaje cultural ni herramientas de pensamiento a pesar de ello.”

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Ayer conocí la obra del artista Matt Mullican en el Museo Tamayo y quedé con muy buen sabor de boca por el descubrimiento. Me encantan los laberintos del simbolismo, el lenguaje y la subjetividad –todos ellos tan intrincados en la gastronomía– así que disfruté con gusto el trabajo de Mullican, que se pasea grácilmente por dichos temas con un andar alegre, crítico y simplificante.

Comprendí en algunos sus dibujos el apetito por lo mínimo del que hablaba mi estimada Elizabeth G. Frías hace unos días, pues Mullican consiguió hacer destilaciones puras de conceptos llenos de saber/sabor que me parecieron irresistibles en su sencillez significante.

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Al observar algunas de sus piezas, pensé: “esto es diseño gráfico, pero con carnita.” Es decir, diseño que está cimentado en un buen discurso, un discurso a su vez preparado a fuego lento con arduo y abundante trabajo de pensamiento.

Un diseño con contenido valioso sólo puede obtenerse con un proceso así, y sólo puede crearse por un diseñador así: uno que se dé a la tarea de pensar, cuestionar, explorar, degustar, masticar con tiempo las ideas. Para ello se necesitan herramientas, utensilios e insumos adecuados. Pero Mullican es un artista, él cuenta con ellos (el arte es un tipo/estilo/camino de pensamiento muy fértil). Mas, ¿qué pasa con los que no tienen esta ventaja?

Diseño Mullican

En teoría, todo diseñador gráfico realiza un trabajo de pensamiento que respalda sus decisiones, lo cual se hace evidente en los múltiples memes que pueden verse en sus redes sociales criticando a los clientes que no entienden las minucias de su trabajo, pero ese mismo desconocimiento generalizado de la importancia del trabajo del diseñador –que también se hace evidente en los pobres salarios u honorarios que muchas empresas o emprendedores están preparados para pagar– quizá no sea pura estupidez o miopía de los empleadores, sino que puede ser señal de que el valor del trabajo del diseñador está en muchas ocasiones ausente, o es efectivamente muy escaso.

Lo cierto es que hay muchos diseños allá afuera que no tienen “carnita”. Y muchos “diseñadores” licenciados que son simples técnicos entrenados para usar herramientas tecnológicas, pero que no tienen en qué apoyarse o guiarse para usarlas. Son creadores de forma sin fondo, escultores con cinceles pero sin modelo, escritores con ortografía y gramática pero sin imaginación ni poesía. Por eso el trabajo del diseñador es considerado y valorado como “trabajo esclavo” o “monkey business”. Muchos diseñadores son simples obreros, y ciertamente contamos con una oferta excesiva de éstos en el mercado laboral.

(En esto y todo lo que he dicho antes encuentro mucha similitud entre ellos y los cocineros con licenciatura…)

El problema de un trabajo mecánico es que es fácilmente sustituible por el de una máquina. Es un fenómeno que llevamos un par de siglos experimentando, pero aún insistimos en educar técnicos que no tienen bagaje cultural ni herramientas de pensamiento a pesar de ello. ¿Quién necesita un diseñador gráfico con gran técnica, pero incapaz de producir propuestas valiosas? Servicios como Wix.com o Flavours.me, por ejemplo, permiten realizar sitios web con “buen diseño”, a precios sumamente accesibles, o incluso gratuitos. ¿Quién necesita un técnico, si puedo hacer un logo personalizado y gratuito en línea? Claro, no tendrá contenido original, ni una idea atractiva que lo respalde, pero ¿qué más da si el trabajo del diseñador técnico será así también?

Argumentarán, con razón, que todos esos servicios lucen tan bien porque hay un gran trabajo de diseño detrás de ellos. Y así es, pero no de un técnico, sino de un emprendedor: de gente que piensa, estudia, innova, indaga, descubre, propone y crea valor. Hacen falta más de éstos.

Regreso al tema de la educación, con una nota amarga sin duda en el paladar. La proliferación de técnicos no propositivos es en gran parte culpa de nuestro sistema educativo, tanto el público como el privado, que sigue alejándose de las artes, la filosofía y las humanidades –¡yo te maldigo, positivismo del siglo XX!– y sigue poniendo énfasis en desarrollar habilidades “productivas”. Por esto proliferan también, como focos virulentos, las “universidades light”, que ofrecen “carreras cortas” de dos años que brindan habilidades ténicas y nada más. El alumno obtiene por su tiempo y su dinero una licencia para generar poco valor, licencia para ser mal pagado, licencia para salir al mundo laboral y sentir que no se sabe nada, licencia para ser reemplazable por cualquier otro licenciado o por una innovación tecnológica.

(Me detengo un momento. Respiro. Tomo un sorbet. Adiós al sabor amagaro: hay esperanza.)

Pienso en un artículo de Violeta Solís que leí en la Revista Código. La autora habla del “panorama educativo desolador” de nuestro país, apoyada en algunas cifras relevantes, y se pregunta, como curadora, cuál es su papel en esta sociedad tan necesitada. Y copio aquí el último párrafo de dicho artículo, pues me parece una cosa hermosa y atinada:

“Empecemos a evaluar nuestras propuestas expositivas-educativas. Preguntémonos si el museo y la comunidad artística son, o no, agentes generadores de conocimiento, y si a partir de las propuestas artísticas el público puede aprender algo que va más allá de los intereses de la disciplina. Tratemos de responder qué comunicamos y a quiénes lo hacemos. Tal vez de esa manera los museos incidan eficazmente en las esferas sociales para convertirse en nuevos espacios de aprendizaje.”

¡Cómo brilla apetitosa la oportunidad! Quizá, si el pensamiento de personas como Violeta tiene eco suficiente, los museos podrían corregir la gran falta de las instituciones educativas. Quizá, ya soñando un poco, ese eco llegue a las mismas aulas y las impregne de esa práctica y formación intelectuales, tan necesarios, tan justos, tan ausentes por ahora.

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