Mujer, hombre, familia y trabajo

La diputada danesa Hanne Dahl y de su hijita Gaia en una sesión del Parlamento de Estrasburgo
La diputada danesa Hanne Dahl y de su hijita Gaia en una sesión del Parlamento de Estrasburgo

“Es necesario reflexionar y pensar en la forma de repartir de manera equitativa las cargas familiares, de lograr que mujeres y hombres se co-responsabilicen del cuidado y desarrollo de sus hijos (…), pero sobre todo, del reconocimiento por parte del Estado de la importantísima función social que presta la mujer cuando se embaraza y cuando cuida de su familia.”

Por María Emilia Montejano

A pesar de la eterna insatisfacción del feminismo radical, la realidad es que hoy en día en las grandes ciudades del país es común ver a las mujeres ocupando puestos laborales que apenas dos generaciones atrás, nadie hubiese imaginado. “¡Se ha realizado!”, o ¡”es muy exitosa!”, exclaman algunos, sin pensar que también han adquirido nuevas responsabilidades que se han sumado a las que ya tenía en el ámbito doméstico y familiar. Hoy en día, pocas mujeres gozan de tranquilidad en sus vidas; sus abuelas batallaron por dejarles un mundo lleno de libertades, pero nunca imaginaron la enorme carga de trabajo que depositaban en la espalda de sus hijas y nietas.

Esa generación de mujeres mexicanas que hoy ronda por los 80 años, luchó para estudiar algo más que una carrera comercial y acceder a estudios universitarios, formar parte de la fuerza laboral, usar pantalones y hacer un patrimonio propio. Sus primeros “pininos” fueron muy accidentados, pues la oposición principal venía de sus madres y esposos. Sus hijos fueron mudos testigos de acres discusiones y hasta rupturas matrimoniales por esa “emancipación femenina”. Romper la manus iniectio que ejercían los maridos y los padres fue labor de titanes.

Pero esa labor sirvió para que la siguiente generación pudiera decidir libremente si ejercía o no una carrera, si lo hacía de tiempo completo o por medio tiempo, o si combinaba sus actividades laborales con las domésticas. A mí me tocó vivir esa etapa.

Aquéllos fueron los mejores años para el feminismo de la complementariedad, pues aunque el movimiento seguía en transición, las que quisimos pudimos vivir nuestros embarazos atendidas por el entorno familiar y cuidar y disfrutar de nuestros hijos y marido. Con ellos hicimos equipo (nos complementamos), pues mientras trabajaban para conseguir el sustento familiar, nosotras hacíamos del hogar un refugio al que se podía llegar cansado de la calle, del trabajo o la escuela, y encontrarse con un ambiente limpio, comida recién hecha, ropa limpia y planchada, y lo más importante, una persona que aguardaba la llegada de los hijos y su pareja, o que después de dejar listo todo, iba por ellos para regresar todos juntos a casa.

Las mujeres que quisimos estudiamos o trabajamos para desarrollar la mente y habilidades mientras nuestros hijos estaban en la escuela y nuestra pareja laboraba. Nos dimos el lujo de renunciar a un trabajo si las necesidades familiares lo requerían o se presentaba la oportunidad de radicar en el extranjero, podíamos leer una novela a media tarde o tomar café con las amigas, probamos las mieles del trabajo doméstico y las del trabajo fuera de casa, fuimos leonas de dos mundos y pudimos elegir en cuál y cuándo movernos.

Pero el péndulo de los cambios sociales no se detuvo ahí: el movimiento feminista preponderante se radicalizó y en vez de extender esa libertad para las mujeres que aún no la alcanzaban, exacerbó su antagonismo con el hombre, “generizó” las leyes y rompió el equilibrio que algunos estratos habían alcanzado. Desafortunadamente para las generaciones actuales y en la mayoría de los estratos socioeconómicos, esa libertad de elección se esfumó, pues hoy sólo las mujeres con parejas que tienen ingresos altos, las que son herederas o que aún viven con sus padres, pueden darse el lujo de no trabajar para mantenerse.

El péndulo sigue avanzando y se acerca rápidamente al extremo contrario, ahora se puede elegir qué estudiar y en muchos casos, dónde trabajar, pero ya no se puede elegir el no hacerlo.

En la actualidad, es común ver a las mujeres embarazadas o de cualquier edad, realizar con dificultad el trabajo diario de oficina, o en una fábrica; las que ya tienen hijos cumplen con sus ocho horas de trabajo durante cinco o seis días a la semana y con el Jesús en la boca, pues no saben si sus hijos se encuentran bien, qué están viendo en la televisión o si hacen correctamente la tarea; generalmente no pueden pagar a una persona de servicio que les haga los quehaceres diarios del hogar y unas ven acumularse la ropa, el polvo y los pendientes para realizarlos en fin de semana en vez de descansar; otras llegan del trabajo y siguen trabajando en el hogar. Al no haber alguien que cocine a diario, se han dado cambios importantes en la alimentación: la comida elaborada con tiempo, paciencia y hasta cariño, se ha sustituido por comida rápida, más cara y menos nutritiva.

El cambio ha sido muy rápido, de una generación a otra, de tal forma que la política gubernamental y su fundamento (las leyes), han sido rebasadas y no están a la altura de las necesidades de la población. En el campo laboral, las mujeres embarazadas gozan de muy poco tiempo para cuidar de sus hijos recién nacidos que muy pronto tienen que dejar en estancias infantiles, los permisos de paternidad son casi nulos y los permisos por enfermedad de los hijos son cortos y mal vistos cuando se trata de promocionar al trabajador para un mejor puesto o un aumento salarial.

Según el INEGI, la jefatura familiar femenina aumentó considerablemente, sin importar si existe o no pareja, pues en muchos casos también se le mantiene. Esto se traduce en más mujeres con una doble y hasta triple responsabilidad, agobio por llevar el sustento familiar, imposibilidad de hacer del hogar un refugio contra las inclemencias y avatares de la calle, y sobre todo, desesperación y en ocasiones hasta angustia por no tener el tiempo para cuidar y educar a sus hijos.

Es necesario reflexionar y pensar en la forma de repartir de manera equitativa las cargas familiares, de lograr que mujeres y hombres se co-responsabilicen del cuidado y desarrollo de sus hijos como bien lo señala la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW por sus siglas en inglés), pero sobre todo, del reconocimiento por parte del Estado de la importantísima función social que presta la mujer cuando se embaraza y cuando cuida de su familia.

Por lo anterior, el Estado debe proteger la institución de la familia natural, como célula básica de la sociedad, y propiciar arreglos sociales (de pareja, familia y empresarios), para que los padres puedan educar a sus hijos, se cuente con el tiempo suficiente para el esparcimiento y para realizar tareas del hogar, comer sano y en familia.

3 comentarios en “Mujer, hombre, familia y trabajo

  1. Sore, muchas gracias por tu comentario.

    La teoría de la autora es que ambas cosas se relacionan: el feminismo radical termina en el antagonismo con el hombre y el rechazo al rol de la mujer relacionado con la familia y la maternidad. La promoción de esta mentalidad genera una legislación que busca dar facilidades a las mujeres para que salgan de sus casas a trabajar y estudiar, pero no para quedarse, pues se considera un espacio en donde la mujer no se desarrolla ni crece. El problema de esto es que ahora estamos viviendo el otro extremo: ya no hay opción de quedarse, salvo para unas pocas privilegiadas.

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  2. No entiendo. El punto de la autora parece apuntar a que las leyes no responden a las necesidades de las mujeres que eligen trabajar y ser madres. ¿Qué tiene que ver eso con el feminismo radical?

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