Punto de quiebre

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“Es urgente plantearnos de nuevo las preguntas importantes para encontrar las soluciones adecuadas a los problemas sociales. Es momento de obligarnos a pensar. A pensar de un modo diferente.”

Por Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Basta con prender la tele, abrir el facebook, leer el twitter u ojear un periódico para enterarnos con crudeza de que hay muchos problemas sociales en el mundo contemporáneo. Tan es así que si algún despistado lo pusiera en duda pronto sería recriminado por no estar al tanto de la realidad que nos aqueja día a día.

La lista de los problemas sociales es inmensa. Falta de agua, desnutrición, inseguridad, mala educación, corrupción política, pobreza… y la lista podría seguir hasta sumirnos a todos en una depresión colectiva digna de cualquier obra de Émile Zola.

Sin embargo, frente a este panorama desolador hay una luz que brilla, no al final del túnel, sino desde dentro de nosotros mismos. Hoy hay una luz que quiere salir e iluminar el camino que debemos andar si queremos solucionar estos problemas. La luz es que hoy, más que en ningún otro momento histórico, nos damos cuenta de estos problemas.

Hoy somos mucho más conscientes de lo que las generaciones lo fueron hace cincuenta, cien o doscientos años. Hoy los problemas sociales nos apelan directamente, nos gritan en la cara y, justo por eso, no nos dejan dormir en paz.

Pues bien, esta conciencia es una gran ventaja. Aprehender la realidad de estos problemas nos pone en la disposición de hacer algo para solucionarlos. Y es sobre esta posibilidad de solucionar los grandes problemas sociales que quisiera detenerme hoy a reflexionar.

¿Se pueden solucionar estos grandes problemas humanos? ¿Somos capaces, como sociedad, de resolver nuestros dolores más profundos?

La respuesta podría coquetear con dos extremos: el optimismo idealista o el pesimismo fatalista. El optimismo idealista se apresura a creer que los problemas se pueden arreglar, que lo único que hace falta es movilizar a la sociedad, crear más conciencia, unir voluntades…; el pesimismo fatalista, por su parte, no tiene empacho en sostener que estamos condenados, que no hay solución posible a los problemas sociales por el egoísmo del hombre, por su maldad (y si la maldad es corporativa, mucho peor).

Intentando no caer en ninguno de estos dos extremos, creo que es justo poner una premisa sobre la mesa: no existen recursos económicos suficientes para solucionar los problemas sociales que nos lastiman.

Sí, la solución a dichos problemas requiere mucha inversión, pero es imposible conseguirla. Estamos limitados y, si queremos encontrar soluciones, tenemos primero que escapar de la tiranía de la finitud. No hay dinero suficiente para solucionar el alud de problemas que nos presenta hoy el mundo: no alcanza para curar la diabetes, no alcanza para investigar el Alzheimer, no existen las donaciones suficientes para cambiar la realidad de tanta gente en estado de pobreza extrema.

Esto es cierto. Pero, sin entrar a una disertación económica ni política, me parece que desde esta limitación podemos construir el camino para encontrar las soluciones.

Tradicionalmente los problemas sociales se han dejado en las manos de instituciones sin fines de lucro, filantrópicas o gubernamentales. Todas ellas reciben los recursos que alguien más les da y los administran del mejor modo posible para atender el o los problemas a los que estén enfocados.

Así, de manera caricaturesca, el gobierno recibe los recursos a partir de los impuestos para atender el problema de la paz social, una ONG recibe los recursos a través de patronos y filántropos para solucionar -digamos- algún cariz de la pobreza extrema o la mala educación y una fundación empresarial recibe los recursos desde una tajada a la utilidad de la empresa que la “subsidia”.

El problema de este esquema tradicional es que los recursos asignados nunca pueden ser suficientes, pues dependen tanto de la cantidad donada, como de la administración de los mismos y de la magnitud del problema.

Pongamos por ejemplo a una empresa transportista que genera 10 toneladas de CO2 por viaje que realiza. Digamos que cada tonelada de CO2 impacta un equivalente a $100 pesos mexicanos. Así, esta empresa impacta $1000 pesos mexicanos por cada viaje que realiza. Si la empresa realiza mil viajes diarios, su impacto será de un millón de pesos mexicanos diarios. Treinta millones mensuales, etcétera. ¿Podría esta empresa darle a su fundación o a una ONG la cantidad suficiente de recursos para mitigar el impacto que genera? Por supuesto que no.

Por eso, es necesario cambiar la estrategia. Es urgente plantearnos de nuevo las preguntas importantes para encontrar las soluciones adecuadas a los problemas sociales. Es momento de obligarnos a pensar. A pensar de un modo diferente.

Propongo, de manera provisional, explorar una ruta que ya vislumbra Michael Porter con su propuesta del Shared Value. ¿Qué pasaría si los negocios en lugar de destinar una parte de la riqueza que generan a solucionar los problemas, enfocaran su actividad en solucionar dichos problemas y desde tales soluciones generaran la riqueza?

Las necesidades que satisfacen los negocios pueden ser entendidas también (y esto también lo ve Porter) como problemas. Cualquier necesidad es un problema que demanda ser solucionado. De esta manera, los negocios -por naturaleza- crean riqueza mediante la solución de problemas. Lo que hace falta ahora es potenciar esta naturaleza.

Los ejemplos empiezan a ser más y más comunes. Los llamados “emprendedores sociales” están tomando la iniciativa en este terreno. Encuentran un problema social y construyen un negocio para solucionarlo.

Si esta tendencia tiene futuro -y en verdad creo que es así- estamos viviendo un cambio de pensamiento muy importante: estamos dejando atrás una filantropía asistencialista y nos estamos acercando a un modelo de negocio subsidiario.

Juan José

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