El incomprendido capital social

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“El sentido de comunidad, de compartir el dolor con el otro, crea identidad y sentido de pertenencia.”

 Por Susana Kiehnle

Hoy en día, es común escuchar diferentes argumentos que resaltan la importancia del tejido social y el sentido de comunidad. Existen ejemplos sencillos, como la Dugnad, tradición noruega que consiste en un día en el que toda la comunidad se reúne para hacer limpieza de los espacios comunes, o las faenas de algunas comunidades rurales en México en las que, además de limpiar, se acuerda arreglar la iglesia, desherbar el camino, etc. Asimismo, existen tesis más ambiciosas en cuanto a las bondades del capital social. Robert Putman, el padre del concepto, sostiene que el fomento de vínculos entre individuos de diferentes características, a través, por ejemplo, de ligas de fútbol, es un factor que contribuye enormemente a diluir los distintos clivajes de una sociedad multiétnica y así garantizar una convivencia pacífica. Los beneficios de tener un conjunto de normas y redes de confianza y reciprocidad que nos permitan actuar colectivamente, se antojan obvios: una mejor convivencia, mayor tranquilidad, mayor civismo.

No obstante, al hablar de pobreza, el capital social se convierte en un concepto turbio y, a mi juicio, muy incomprendido. Se nos hace tan natural juzgar a la gente en situación de pobreza por gastar una importante suma de dinero en el bautizo del niño o en la fiesta del Santo Patrono. ¡Qué clase de racionalidad es esa!, pensamos, acabarse el dinero así, cuando su día a día es una difícil lucha por llevar el pan a su casa. ¿Por qué no mejor usan ese dinero para pagar los útiles escolares de sus hijos o para llenar la despensa de cartones de leche? La respuesta es, sorprendentemente, muy razonable.

Como he sostenido en diversas ocasiones, la pobreza es un fenómeno multidimensional, que aunque incluye varios indicadores relacionados con los niveles de ingreso y consumo, no puede ser explicado a cabalidad por los mismos. Una familia en situación de pobreza vive en un equilibrio sumamente precario en el que, un pequeño cambio en una de las variables, puede tener consecuencias fatales. Generalmente, tienen carencia en el acceso a lo que hoy conocemos como derechos sociales: servicios de salud y educación. Viven en una situación de impotencia y falta de voz tal que tienen acceso nulo o limitado a las instituciones formales, si es que las hay allí en donde viven. “La comprensión de la relación existente entre las instituciones y las personas a quienes éstas sirven es crucial para entender la manera en la que diversos grupos sociales y agentes logran tener distintas posibilidades y derechos”, dice Deepa Narayan, autora y especialista en temas de pobreza.

¿Cómo hacer frente entonces a todas estas carencias? La respuesta de estas familias ha sido el capital social. En primer lugar, porque el sentido de comunidad, de compartir el dolor con el otro, crea identidad y sentido de pertenencia. Narayan lo explica del siguiente modo: “El mantenimiento de la identidad cultural y de las normas sociales de solidaridad ayuda a las personas pobres a seguir creyendo en su propia humanidad, a pesar de las condiciones inhumanas en las que viven”. En segundo lugar, y sobre todo, porque el capital social funciona como el último recurso ante una dificultad que nosotros, que hemos recibido mejores oportunidades, resolveríamos acudiendo a las instituciones formales. Así que poco importa tener que pasar las siguientes dos semanas a tortilla y agua por los XV años de la niña, pues si mi esposo se corta el pie con el machete, mi comunidad me va a proveer de los recursos necesarios para llevarlo al hospital. La comunidad es la institución informal que compensa la falta de seguro médico, de préstamos, de cuentas bancarias. Gastar en las fiestas y tradiciones que le permiten a una familia en situación de pobreza pertenecer y formar parte de una comunidad, sería nuestro equivalente a pagar cualquier seguro, solicitar un préstamo al banco o una beca en la escuela.

Como diría Narayan: “Los pobres tienen todavía algo que perder, y eso es los unos a los otros”.

Susana

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