La vida bella

 

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“Es indudable que las piezas que provocan un impacto más fuerte en la vida de quien se encuentra con ellas son las que actúan como una puerta hacia cierta belleza, hacia el reconocimiento de algo valioso.” 

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“Sólo la belleza salvará al mundo”, escuché hoy en una junta de Eudoxa. Era un sacerdote, que citaba a Dostoievsky en El idiota. (Tuve el impulso de anotar cada una de sus palabras; más tarde les cuento de él). La idea es enormemente seductora: el encuentro con la belleza transforma, salva. Y uno de los mejores sitios para encontrar la belleza es —o debería ser— el arte. Por supuesto, tanto en el pensamiento de Dostoievsky como en el del sacerdote que lo trajo a cuento, hablar de “una belleza que salva” tiene fuertes implicaciones religiosas: la belleza última es la de Dios. Pero uno de los caminos para encontrarla, sostiene, es explorar lo que hay de bello en lo humano, a través de experiencias artísticas. El arte podría servir como puerta, oportunidad o camino para “una vida bella”, una vida en la cual la belleza se ha convertido en parte integral. Como imaginarán, se trata de un discurso al que no puedo resistirme. Y aquí me tienen, una atea declarada, leyendo y releyendo textos de Benedicto XVI, Juan Pablo II y Pablo VI. (No es la primera vez, claro, pues los puntos de encuentro no son pocos).

“Recordad que sois los guardianes de la belleza en el mundo”, dijo Pablo VI a los artistas reunidos en el concilio Vaticano II, en 1965: “Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza.” Y Benedicto XVI agregó, en 2009: “¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y transfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella.”

Es una idea que, en primera instancia, parecería incompatible con algo que he defendido en otros textos: el arte no está obligado a ser bello o ético, mucho menos educativo o útil. Pero hay dos matices que me parecen necesarios. Primero, es cierto que en la escena actual, la belleza o la utilidad no son requisitos para que una pieza sea admitida como artística. No obstante, la amplitud de esta definición de “arte” no descarta la posibilidad de juzgar una obra y de calificarla como buena, valiosa e interesante, o como estéril, corta de miras o, incluso, equivocada en su visión. Es indudable que las piezas que provocan un impacto más fuerte en la vida de quien se encuentra con ellas son las que actúan como una puerta hacia cierta belleza, hacia el reconocimiento de algo valioso. No quiero decir, necesariamente, que estas piezas sean las mejores o las únicas. Pero si decidimos, en este ejercicio, buscar en el arte un camino hacia el desarrollo humano, definitivamente son las más efectivas. Y esto conduce al segundo matiz: la belleza, así, no debe reducirse a lo “bonito”, ni siquiera a lo estéticamente placentero (aunque no se descarta, claro está). 

En la cita de Benedicto XVI, me gusta la referencia a la belleza “auténtica, no efímera ni superficial”, que lleva a “una confrontación con la vida diaria” para hacerla bella. Parece similar a la forma en que Kant describe lo sublime: una experiencia de lo bello que es cercana al terror, y que incluye sentimientos de asombro y admiración, de humildad ante algo espléndido que nos rebasa. Encuentro ecos de esa belleza auténtica en declaraciones desafiantes de artistas más recientes: “Lee sólo libros que te hieran. Necesitamos libros que nos afecten cual desastres”, dice Kafka. Y Lucian Freud: “¿Qué pido del arte? Pido que asombre, que perturbe, que seduzca, que convenza. La tarea del artista es incomodar a los seres humanos.” También Ingmar Bergman: “No quiero producir una obra que el público pueda absorber estéticamente. Quiero darles un golpe en los riñones, un sobresalto que los saque de su indiferencia.” 

Es notorio que estos creadores retrataron, a menudo, escenas de desolación o de conflicto. Pero encontraron, ahí, caminos de vuelta hacia lo bello humano, aunque sea sólo en forma de sugerencias. Es necesario, a veces, señalar lo doloroso para indicar que es hora de cambiar de dirección. “El trabajo del artista es nunca desviar la mirada”, dice Akira Kurosawa. Fijar la mirada en eso que parece lo más alejado de lo bello, sólo para rescatar los indicios de belleza auténtica. 

En el mismo texto que cité arriba, un par de párrafos más adelante, Benedicto habla de una belleza que hiere: “Una función esencial de la verdadera belleza, que ya puso de relieve Platón, consiste en dar al hombre una saludable «sacudida», que lo hace salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo «despierta» y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto.”

Benedicto caracteriza como belleza “ilusoria y falaz” no sólo a la que es superficial y deslumbrante —vana, sin contenido, que despierta el deseo de poder y de poseer y que termina por esclavizar a los hombres—, sino también a la que asume el rostro de la provocación o la obscenidad, y que tiene las mismas consecuencias. La belleza auténtica, dice, abre al hombre al deseo profundo de ir hacia el otro. Con ello se refiere, por supuesto, al Dios católico, pero también —y como paso previo, casi siempre— a los otros hombres, al mundo. Habla de “abrir y ensanchar los horizontes de la conciencia humana, de remitirla más allá de sí misma”. Y rescata, así, la posibilidad de que el arte sea un camino hacia lo trascendente. Pero ese camino atraviesa los temas más propios de lo humano: “El arte, en todas sus expresiones, cuando se confronta con los grandes interrogantes de la existencia, con los temas fundamentales de los que deriva el sentido de la vida, puede transformarse en un camino […] de profunda reflexión interior y de espiritualidad.” 

Ampliar los horizontes de la existencia humana: no es poca la ambición del arte y de la belleza concebidos de este modo. ¿Lo mejor? Un encuentro duradero con esa belleza auténtica se reflejaría en una vida bella, plena, virtuosa. Me parece una gran propuesta. Tanto, que en el momento en que la escuché casi estaba dispuesta a sustituir “la vida buena” por “la vida bella” en toda la Ética Nicomáquea de Aristóteles. Es broma, por supuesto. Pero esa vida bella merece un tratado igual de legendario. O, aún mejor, un proyecto que la coloque en el centro de sus objetivos, y que busque hacerla accesible para las personas a través de experiencias artísticas. Y eso existe ya: se llama Proyecto Paradiso, el (impresionante) centro de arte acerca del cual hablaba el sacerdote —Álvaro Lozano, director de la Comisión de Cultura de la Arquidiócesis de México— en nuestra junta de hoy (pues Eudoxa está asesorando su desarrollo). Aquí pueden conocerlo

liz-arrobaeudoxa

 

3 comentarios en “La vida bella

  1. Fue un verdadero gozo compartir con ustedes el hermoso anhelo de encontrar la belleza en la vida. No es solo algo a lo que vale la pena dedicarle la vida, sino algo en lo que se va la vida.
    El proyecto es solo el pretexto que permita afrontar juntos está apremiante cuestión de nuestro tiempo.

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