La tentación de la libertad

 

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“El hombre libre no es aquél que carece de autoridad ni de fronteras, sino aquél que las conoce y al conocerlas se las apropia.

Por Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

“Sí, es verdad que nací mortal,

pero mi alma se ha prometido

la inmortalidad”

-Hölderlin, “Hércules”

¡Qué grande es el alma humana que puede liberarse de cualquier esclavitud y afirmarse en la absoluta libertad! ¡Qué excelsa es la naturaleza de los hombres que, incluso en el yugo de la materia, se rebela contra el sinsentido de lo definitivo y se arroja, valiente, al abismo de cualquier posibilidad!

Es tan salvaje este llamado a la libertad que no me sorprenden las hazañas que los hombres -antiguos y modernos- han realizado. Todas las grandes obras de la humanidad deben su origen a nuestra eterna sed de libertad y de las posibilidades que ésta nos brinda.

Sin embargo, escondida detrás de la dulce apertura que la libertad promete, se esconde una tentación tan vil y despreciada que podría hacer de cualquier hombre libre un esclavo. ¿Esclavo de quién? De sí mismo. Esta tentación se viste a veces con las ropas propias de la libertad, por lo que incluso los hombres más avivados (y créanme que conozco varios) pueden caer en ella sin sospechar, al menos al inicio, que terminarán prisioneros de -digamos de una vez su nombre- la mediocridad.

Sí. Esa es la tentación funesta que se esconde detrás del anhelo de libertad de todos los hombres. La mediocridad se cuela por los espacios que la libertad va abriendo, y se confunde con ella, al embelezar los oídos de los hombres y engañarlos con sentencias que los hacen odiar a la autoridad, a las reglas, al orden, la disciplina y algunos otros atributos que, aunque pertenecen a la libertad, por parecer incómodos, desagradan al espíritu que no sabe ser libre en realidad.

Y sí, ésta es la naturaleza de la libertad. Necesita de límites y reglas para existir, por lo que demanda de los hombres obediencia y disciplina frente a la autoridad. Contra toda entonación y deseo superfluo, el hombre libre no es aquél que carece de autoridad ni de fronteras, sino aquél que las conoce y al conocerlas se las apropia. Es decir, el hombre libre es el virtuoso: es el hombre que tiene hábitos, rutinas, acciones que realiza reiteradamente y que lo hacen cada vez más él mismo, cada vez mejor persona.

Sólo en estas rutinas el hombre se hace dueño de sí mismo. Sólo en su autonomía el hombre puede aspirar a sus más grandes sueños y lograrlos, pues de lo contrario estará expuesto a los embates de la turbulencia de los apetitos que, como olas en un mar crispado, confabulan contra cualquier embarcación y desean hundirla y destrozarla.

Dice José Ingenieros (y su voz se hace eco en miles de personas hoy en día) que “la Rutina es el hábito de renunciar a pensar (…) en los rutinarios todo es menos esfuerzo”. ¡Qué equivocado está! La verdad es que es justo todo lo contrario: en los rutinarios todo es mayor esfuerzo, porque la rutina, el hábito, la virtud no es un piloto automático que embrutezca las capacidades del cochero; por el contrario, el hábito es la operación cotidiana de una rienda que, a veces tensa y a veces flácida, llevan al carruaje a su destino.

Saber tensar o soltar la rienda es pensar todo el tiempo. Pero no pensar en la seguridad de un estudio, ni desde la altura de una vitrina. No. La virtud es pensar inmersos en el riesgo de la cotidianidad, en el riesgo de equivocarnos y, por ende, caer en la mediocridad.

En mi (cada vez menos) breve carrera profesional me he topado con varias personas que, por diferentes motivos, no han logrado vencer a la mediocridad. Yo mismo, he de reconocerlo, sigo en la batalla cruenta contra la tentación.

Me topo día a día con clientes que no pagan a sus proveedores porque alguien no fue lo suficientemente responsable para facilitar el pago. Seguro que esa persona no detuvo el pago por una maldad infinita y un deseo demoniaco por lastimar al proveedor: lo más probable es que haya sido simple acidia, es decir: mediocridad.

Me encuentro, igualmente, con montones de personas incapaces de empezar y terminar a tiempo cualquier actividad. Seguro que la impuntualidad y la informalidad tampoco son hijas de un deseo malsano por dañar a los demás. Así como en la evasión de pagos, estas fallas son producto de la pereza. Reitero: de la mediocridad.

Lo peor es que, como buena tentación, nunca se manifiesta como un error personal. Uno siempre encuentra salidas adecuadas para enojarse con aquél que señale la falta: “es un jefe insoportable”, “no entiende mis circunstancias”, “sólo se fija en lo malo”, “como si él nunca fallara”, y así, muchos pretextos más.

Hace algún tiempo escribí al respecto de la importancia de hacer las cosas y dejar de quejarnos. Hoy recupero aquella invitación. Si queremos ser libres, verdaderamente libres, tenemos que vencer a la mediocridad y erigirnos como señores de nosotros mismos: amos de nuestros deseos, soberanos de nuestras pasiones y responsables del servicio que le debemos a los demás.

Es difícil. Sí. Pero vale la pena. Al menos si queremos hacerle justicia a nuestro espíritu que nos demanda libertad. De lo contrario, seremos tristes sombras pusilánimes, títeres de nuestros pretextos y esclavos de la mediocridad.

Juan José

 

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