Nuestro afán de perfección

Nadia Comaneci, primera en obtener un 10 perfecto en las Olimpiadas
Nadia Comaneci, primera en obtener un 10 perfecto en las Olimpiadas

“Nos corresponde alcanzar la perfección: esa perfección que es bella y buena. Esa perfección que nos obliga a destruir la mediocridad de las respuestas prefabricadas.”

Por Juan JoséDíaz E.

Twitter: @zoonromanticon

“This is an example of what humans do: pushing boundaries, pushing themselves…taking something that can’t be done, and then doing it”-cfr. Jeremy Clarkson

Esto es lo que nos hace humanos. Esto es lo que nos hace grandes: saber que hay cosas imposibles y convertirlas en posibles. Por el placer de experimentar los límites, sí, pero sobre todo porque al asir la frontera de lo imposible hacemos un mundo mejor para nosotros y para las generaciones que nos sigan.

Este afán de infinito, de alcanzar y romper los límites, en una palabra: de perfección, ya lo habían adivinado pensadores tan grandes como Platón (pienso en su diálogo sobre el amor, el “Symposium”). Otro pensador que investigó sobre este deseo de perfección fue Carlos Llano. En concreto pienso en su reflexión sobre la “nada”. El hombre es capaz de concebir una idea tan radical que niega la existencia: “la nada”. Y ante esa idea, cuando la confronta con la vida, se rebela. El hombre se rebela contra la nada, contra el límite máximo y último.

Gracias a esta rebeldía es que el hombre se empeña, suda y sangra, para alcanzar la perfección. Quiere romper sus propios límites aunque ello le implique siempre demasiado trabajo, demasiados esfuerzos que, al ojo mediocre, parecen exagerados.

Pero es nuestro afán de perfección el que nos impulsa a seguir adelante. A trabajar hasta la madrugada, así como a ganarle al sol al momento de despertar. Hay cierta cita de J.S. Bach que dice algo como “cualquier hombre que trabaje tanto como yo, podría componer como lo hago yo”. Creo que al buen Bach se le olvidó que no todos somos unos genios y prodigios de la música, pero la idea me sirve. El trabajo es el medio para hacer lo que no se puede hacer. La perfección (la inmortalidad que adivinaban Platón y Llano) se teje con el hilo del esfuerzo, con el hilo que son las horas que fluyen mientras trabajamos. Bach logró componer con perfección digna de un héroe mítico: fugas perfectas que superan la mera técnica y nos tocan en lo más profundo del alma cuando las escuchamos.

Cuando el hombre se esfuerza por llegar un paso más allá alcanza momentos de perfección tan sublime que no se pueden expresar más que con dos extremos lejanísimos: o los gritos eufóricos y desenfrenados o el silencio profundo. Ambas explosiones son ventanas a nuestra alma humana: los que gritamos y los que callamos somos hombres admirando la grandeza de otros hombres.

Michael Jordan, uno de los mejores jugadores que dará el basketball, según mi aficionado punto de vista, arrancó en más de una ocasión los gritos del público, los televidentes y los comentaristas deportivos de más de un canal. Su técnica y su estilo marcaron las canchas e hicieron historia. Pero, al igual que con Bach, no fueron producto de una inspiración olímpica, sino de una rutina llena de trabajo y esfuerzo. Como el compositor, Jordan podría afirmar que si todos entrenáramos como él, todos podríamos jugar como él. También es exagerado, pero la analogía sigue siéndome útil.

En contraste, Claudio Abbado alcanzó el silencio más profundo durante su interpretación del Requiem de Mozart. El conductor milanés alcanzó tal perfección en la música que él y el público no pudieron más que guardar silencio por más de 40 segundos. La belleza fue tal que exigió la contemplación tranquila de todos los presentes; una contemplación pura, sin pretensiones de intelectualidad barata ni de pomposa superioridad. La música bella les dio a todos los asistentes (y a nosotros, a través del video) un atisbo de la inmortalidad de la que nos habla Platón, de la perfección que nos pertenece como raza, según nos recuerda Clarkson.

Esto es lo que nos hace humanos. Esto es lo que nos distingue del resto del universo (y sí: acúsenme de antropocentrista, algo de eso hay). Somos los curadores del cosmos, no en sentido médico, sino artístico, como nos lo recuerda Elizabeth en su post “La vida Bella”. Nos corresponde alcanzar la perfección: esa perfección que es bella y buena. Esa perfección que nos obliga a destruir la mediocridad de las respuestas prefabricadas. Esa perfección que hace de este mundo un mundo mejor: un mundo donde la miseria haya desaparecido porque hemos aceptado el reto de ser humanos. Esforzadamente humanos. Plenamente humanos. Simplemente humanos. Perfectamente humanos.

Juan José

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