La música de los textos

 

On the road,  Jack Kerouac
On the road, Jack Kerouac

“No me cansaré de repetirlo: un texto es un tejido. La raíz de la palabra significa eso: tejido. Una urdimbre de significado, una red que puede convertirse en un panorama entero.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“No estoy ebrio, estoy hablando en cursivas”, leí en alguna parte. Y reí. Es la misma razón por la cual sentimos que alguien está gritando si escribe sólo en altas, o sabemos que intenta dar importancia a alguna frase iniciando cada palabra con mayúscula (pese a todas las reglas gramaticales que lo prohiben). Y es que el aspecto visual de un texto está inevitablemente ligado a la emoción y al sentido, pues está formado por signos —caracteres— cuyos trazos pueden ser muy evocadores.

Pero no se trata solamente de elegir una tipografía específica —¿la elegancia de la serif o la claridad de la sans serif?— y mucho menos alguna muy estrambótica. Incluso si se utilizan los caracteres acostumbrados, hay recursos que hacen que el texto se apodere de sus posibilidades visuales. Hoy, por ejemplo, comencé la lectura de Seda, de Alessandro Baricco. El reverso advierte:

“Todas las historias tienen una música propia. Ésta tiene una música blanca. Es importante decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.”

Y la advertencia se cumple desde las primeras páginas. El texto indica casi el momento justo en el que hay que respirar, el momento en el que hay que hacer una pausa y atender a la expectativa. ¿Cómo? Así:

“En la habitación todo estaba tan silencioso e inmóvil que pareció un hecho desmesurado lo que acaeció inesperadamente, y que sin embargo no fue nada.

De pronto,

sin moverse lo más mínimo,

aquella muchacha

abrió los ojos.”

Paf. De un renglón al siguiente, el texto se apodera del espacio: de pronto esa página en blanco que ocupa ya no es sólo un pretexto o un contenedor, sino el espacio en el que se despliega. Es un territorio que se extiende al ritmo del texto. Porque no son solamente las letras y las palabras las que significan algo, lo sabemos bien: también los espacios en blanco, esos hiatos entre una frase y la siguiente, están cargados de significado. De pronto, el texto es espacial y lo sabe, y marca con esos espacios las pausas y los ritmos de la historia. Con ello, su temporalidad se vuelve deliberada. Un recorrido se abre ante la mirada del lector, junto con la posibilidad de caminarlo —o zurcarlo a gran velocidad, o bailarlo, o andar de puntillas a través de él.

Otro ejemplo predilecto, de E.E. Cummings:

l(a
le
af
fa
ll
s)
one
l
iness

De eso a la poesía visual el camino es corto. El recorrido de un texto fácilmente puede concebirse como un paisaje, un entramado de sentido que dibuja ante sí un espacio, y lo hace con un tono y un ritmo peculiares. Viene a la mente, por supuesto, el rollo del manuscrito de On the road, de Jack Kerouac, que se despliega tal como el relato (la imagen está al inicio de este post), pero también este boceto maravillosamente expansivo de Annabel Daou:

Annabel Daou
Annabel Daou

 

No me cansaré de repetirlo: un texto es un tejido. La raíz de la palabra significa eso: tejido. Una urdimbre de significado, una red que puede convertirse en un panorama entero. Así, resultan muy ilustrativas estas imágenes que yo llamo (oh dear Pinterest) “otras escrituras”. Se trata de escritura asémica: sin contenido semántico, sin significado específico. Su naturaleza es abierta, puede ser leída aún sin conocer su “idioma”. Por ejemplo, este lenguaje que interpreta el paisaje australiano, de G. W. Bot, o esta vista de una ciudad, de Paul Klee:

imagenes

Pero esta escritura que se extiende en el espacio no se limita a la tridimensionalidad. También evoca tiempo y movimiento. Así, estas notaciones de coreografías están a medio camino entre la escritura y la danza misma, y estas caligrafías consisten, casi por entero, en movimiento.

dance and choreography notation

imagenes2

(La primera se llama Linguagem dos Pássaros; la segunda es de Saryu y significa “The willow paints the wind without a brush.”)

Un paso más allá: la última, de Denis Brown, es una cascada de tinta, un texto entregado completamente al flujo que los anteriores apenas sugieren. 

Denis Brown

Este ámbito que reúne a la caligrafía, la notación musical, el registro del ritmo y a los textos tradicionales es vastísimo y disfrutable. No pueden quedar sin mención las partituras de John Cage, que parecen auténticos mapas de sus piezas, ni esta visualización de Artikulation, de György Ligeti, hecha por Rainer Wehinger en los años 70:

Y esa relación con el movimiento y con la música no es accidental en los textos. Incluso en la caligrafía más cuidadosa, que controla la perfección de cada trazo, lo más importante es ese gesto que se adivina y que es abundante en matices. Quizá sea por eso que me gusta tanto la pintura de Cy Twombly, esa que imita la apariencia de la caligrafía pero la usa en sentido contrario: no para fijar un significado preciso, sino casi como en un descuido, como dice Roland Barthes en este análisis que es, no exagero, delicioso. Si se extrajera la música blanca del libro de Baricco y se trasladara a un lienzo, tal vez el resultado sería una pintura similar, suspendida, neblinosa. 

Y es que las fronteras entre un género y otro no son tan estrictas como acostumbramos creer. ¿Con qué derecho limitamos la música al oído, la pintura a la vista, los textos al intelecto? Ese sitio, ese lugar querido en el que se convierten las piezas que nos apelan, es abundante, sinestésico, pleno de un sentido que no respeta categorías tan estrictas. Por eso es habitable y extenso. Un sitio al que se puede llamar patria, al que se puede volver.

Cy Twombly, III Notes from Salalah, Note II
Cy Twombly, III Notes from Salalah, Note II

 

liz-arrobaeudoxa

 

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