Haz lo que quieres (no lo que quieras)

Michael Ende
Michael Ende

“Necesitamos hombres y mujeres,  jóvenes y ancianos, dispuestos a darse a los demás completamente, a través de sus empresas o proyectos. En una palabra: necesitamos que los emprendedores y empresarios sean humanos, plenamente humanos.”

Por Juan José Díaz E.

Twitter: @zoonromanticon

 

Hace años, cuando comenzaba mi carrera profesional, tuve un jefe y mentor que marcó profundamente mi manera de pensar el trabajo.

En alguna ocasión estábamos discutiendo sobre la obra de Michael Ende, de San Agustín y sobre la epístola a los Corintios de Pablo de Tarso. No recuerdo cómo es que llegamos a tal discusión -sobre todo porque parecía tener muy poco que ver con lo cotidiano de nuestras labores en la oficina-, pero lo que sí recuerdo es un matiz que me hizo notar y que hoy sigue resonando en mi memoria.

En la obra “La historia interminable” de Michael Ende hay cierto adagio muy importante para la trama: tut was du willst. En las traducciones al español que había leído yo, esta frase era traducida siempre como “haz lo que quieras”. Mi jefe -que estudió su doctorado en Alemania- me explicó que era necesario traducir la frase de un modo más preciso: “haz lo que quieres”.

La diferencia no es poca. La primera traducción tiende a una concepción voluntarista de la acción: el hombre es invitado a hacer cualquier cosa que desee; la segunda traducción, en cambio, tiende a una interpretación más comprometida: para hacer lo que uno quiere, primero se tiene que saber qué se quiere.

No se trata de hacer cualquier cosa que se antoje en el momento en que apetezca. Se trata de saber qué se quiere y hacer lo necesario para conseguirlo. Así, mientras que la primera traducción podría ayudar a justificar la inconstancia y la poca fortaleza de ánimo para hacer lo que a veces cuesta trabajo, la segunda nos invita a comprometernos con una visión más allá del apetito del momento.

Esta anécdota es importante pues me permite hacer una reflexión sobre el papel del líder dentro de cualquier empresa (sea de servicios o productos, lo mismo da). Y me parece que esta reflexión es de capital importancia en el contexto económico y social que vivimos hoy en día, no sólo en México, sino en el mundo entero.

Hoy necesitamos más líderes comprometidos con una visión enorme, con un deseo profundo de mejorar el entorno. Hoy necesitamos más y más empresas que se entiendan como una “fuerza para hacer el bien”(la frase es de Richard Branson). Necesitamos líderes que sean plenos seres humanos: virtuosos, exitosos, felices. Necesitamos hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, dispuestos a darse a los demás completamente, a través de sus empresas o proyectos. En una palabra: necesitamos que los emprendedores y empresarios sean humanos, plenamente humanos.

Para ello, es imperante no dejarse llevar por el capricho momentáneo del deseo. Se necesita saber lo que se quiere, es decir, cuál es la visión por la que uno se levanta todos los días, por la que uno suda y sangra. El líder plenamente humano orienta su esfuerzo y sus decisiones a esa visión, aunque a veces ello implique tomar con humildad decisiones difíciles y dolorosas.

En lo personal, hace poco tuve que tomar una de estas decisiones al interior de mi empresa. Como consultores de emprendimiento, uno de los retos más importantes con el que nos enfrentamos es el saber aplicar el criterio en situaciones emergentes que no pudimos haber previsto. Para poder resolver una de estas situaciones por la que está pasando uno de nuestros clientes, tuve que tomar una decisión que sabía que iba a ser difícil y dolorosa para parte de mi equipo. Y la tomé.

Durante la junta en la que planteémi decisión hubo diálogo e intercambio de impresiones: por fortuna no todos los asistentes estaban de acuerdo con mi solución. Sin embargo, era una decisión tomada y se las di a conocer. En mi papel de líder tenía que encausar el criterio a lo que, me pareció, era la mejor solución para nuestros clientes.

Sin embargo, algunas de las observaciones que me hicieron se quedaron conmigo durante unos días y fueron madurando bajo la frase “haz lo que quieres”. ¿De verdad mi solución abonaba a la visión por la que trabajamos todos? Dolorosamente la respuesta es que no. Y claro que es doloroso aceptar que la solución que planteé no es la correcta, pues si a nadie le gusta equivocarse, todavía menos nos gusta aceptar que lo hicimos. Pero hay que hacerlo.

En este ejemplo personal, yo había pensado que mi primera decisión era la difícil y dolorosa, y en algún sentido lo fue. Pero la verdadera decisión dolorosa fue la segunda: aceptar el error e invitar a corregir el rumbo.

Muchas veces las personas que tienen un puesto de liderazgo temen equivocarse o cambiar de opinión pues suponen que su credibilidad depende de la firmeza y corrección de sus ideas. Esta idea cierra la posibilidad al diálogo, a la reflexión y, por ende, a la innovación. Los líderes también pueden equivocarse: incluso quizá deban equivocarse más que todos los demás. Pero también deben rectificar y corregir más que los demás. Deben tomar decisiones y “contradecisiones”, deben pedir y regresar, pero no bajo el criterio del berrinche y del apetito temporal, sino bajo la luz de su visión, bajo la luz que arroja aquello que saben que quieren.

Ese es el papel del líder. Esa es la diferencia radical entre “haz lo que quieras”y “haz lo que quieres”.

Juan José

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