Las ideas no cambian al mundo

 

PERSEPOLIS

“No le demos más vueltas. La clave para cambiar el mundo –en cualquier escala, siendo la más pequeña pero la más relevante la propia vida– es la acción.

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

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¿Te has preguntado, estimado lector, por qué la gente que te gobierna te parece menos brillante, menos trabajadora y menos ética que tú, pero aún así te gobierna? ¿Te has preguntado cómo es que sobrevive esa empresa o aquel banco que trata a sus clientes como si les estuvieran haciendo un favor, o que ofrecen un producto o servicio de calidad deplorable? ¿O por qué aquel escritor de libros de superación personal sí puede vender su obra, aunque te parezca una porquería?

Hay veces en que las cosas no funcionan como nos gustaría que lo hicieran. Todos somos críticos con quienes alcanzan el éxito. Muchos de nosotros somos también unos románticos: ¡cómo nos gustaría vivir en un México “de primer mundo”, cómo nos gustaría ser tan exitosos como Steve Jobs o tan ricos como Bill Gates! Pero esos, nos decimos, son puros deseos inalcanzables…

Y nos preguntamos –y leemos cientos de artículos, tuits, posts y blogs al respecto–: ¿Qué distingue a las personas exitosas y realizadas de aquellas que no se consideran ninguna de las dos cosas? ¿Por qué algunos pueden hacer lo que les gusta, y otros no? ¿Por qué esa gente tiene el poder y no otra?

La respuesta es muy sencilla, pero como la creemos complicada, no la vemos.

Románticos como somos, elaboramos nuestra tragedia y recurrimos siempre al mismo protagonista que nos rescatará –en nuestra fantasía al menos– de la “injusta” realidad presente: las ideas. Y pregonamos por las redes, por los Facebooks y los Twitters, “¡las ideas cambiarán al mundo!”, “¡las ideas son las armas más poderosas!”, “¡las ideas son a prueba de balas!”, “¡las ideas superarán cualquier ejército!”, “¡el gobierno le teme a las ideas!”. 

Y, al día siguiente, con nuestra cabeza llena de ideas revolucionarias, eso sí, volvemos a nuestra rutina cotidiana, a lo mismo de siempre. Nada cambia.

El escritor británico G.K. Chesterton retrata en su novela a un poeta británico anarquista, Gregory, que es muy popular en el barrio de Saffron Park, frecuentado por la gente bonita e “intelectual” de Londres. Digamos, una colonia Roma-Condesa de ahora. Gregory hablaba con pasión fervorosa en contra del gobierno, de la condición humana, del sentido de la vida. Las chicas le aplaudían y admiraban su barba y su temple, su tristeza y sus ideas. Sin embargo, la policía nunca lo molestaba, porque, desde luego, nadie esperaba que alguien que pregonaba sus ideas a las cuatro vientos fuera realmente peligroso. El mejor disfraz de un anarquista es lucir como un anarquista.

La idea se repite en Persépolis, la novela autobiográfica de la artista Marjane Satrapi. Marjane huye a Alemania, alejándose de un Irán devastado por la guerra y oprimido por la ideología religiosa extremista, y se topa con los anarquistas de allá. Pero esos, a diferencia de los de su país, no le preocupan al gobierno porque “sólo toman cerveza y comen salchichas”.

No le demos más vueltas. La clave para cambiar el mundo –en cualquier escala, siendo la más pequeña pero la más relevante la propia vida– es la acción.

La gente que habla sólo habla, no hace. Son las acciones, no las ideas, las que cambian al mundo.

Los cambios sociales suceden poco a poco gracias a las acciones de las personas que los promueven. La gente que sólo habla da sus opiniones, se expresa en contra o a favor, pero poco o nada cambia. Esta gente se queja y se rebela en un nivel muy superficial, pero al final no impide que el cambio que no quería sucediera.

¿Por qué el partido radical de Irán se apoderó del gobierno? ¿Por qué los políticos mantienen sus posiciones de poder? ¿Por qué esa empresa de telefonía celular que ofrece un servicio nefasto sigue siendo un monopolio? Porque actúan.

Ojo: el pensamiento crítico, la planeación, el desarrollo de la sensibilidad, la adquisición de perspectiva y demás actividades intelectuales no son para nada despreciables, pues pueden encaminar nuestras acciones por las mejores vías, pero no bastan por sí solas. Necesitamos pensar y actuar. Se nos aconseja a menudo: “no abras la boca sin pensar antes qué vas a decir”. Yo podría agregar: “no pienses lo que vas a decir si no lo vas a decir”.

Sólo la acción gobierna el curso de la realidad. Sólo la acción transforma, sólo la acción dirige, crea, diseña, destruye o protege. ¡Así que manos a la obra!

Alberto

 

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