Las palabras como epicentros

 

Ronit Bigal
Ronit Bigal

“Las palabras son hábitos. Entre más recurramos a una palabra, más experiencias tendremos que puedan describirse con esa palabra, simplemente porque así las interpretaremos.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“Yo creo que el oficio de escribir me lo heredaron”, me dijo un desconocido hace un par de días. Estaba a punto de protestar —¡el escribir no se hereda!— cuando añadió: “Sí, la forma de hablar de mi padre y de mi abuelo deben tener algo que ver con este gusto por la escritura.” Ese comentario me hizo dejar de lado cualquier objeción a cambio de una vieja idea: ¿cuánto de nuestro modo de vida está inscrito en nuestro lenguaje?

No me refiero solamente a que la cultura de los latinoamericanos se vea reflejada en el español que se habla en el continente, ni a que los rasgos de la cultura italiana, francesa o norteamericana se adivinen en sus respectivos idiomas. No, pienso en modos de vida más específicos: se podrían descubrir las aficiones, los hábitos y gran parte del carácter de alguna persona sólo analizando las expresiones que elige al hablar o las palabras que utiliza de forma recurrente. 

Y es que, aunque a efectos prácticos las palabras tienen significados muy precisos (todos sabríamos qué significa la palabra “rojo” si nos pidieran señalar un objeto de ese color), eso no anula la enorme carga simbólica y metafórica que también poseen (pensar en el rojo puede desencadenar asociaciones —conscientes o inconscientes— con cosas tan variadas como la sangre, las sandías, la pasión, el día de San Valentín o la Coca Cola). ¿Por qué alguien elegiría una palabra en lugar de otra? ¿Por qué decir “increíble” en lugar de “perfecto” o “buenísimo” en lugar de “padre”? ¿Por qué responder a la pregunta de cómo estás hoy con un “bien”, con un “podría estar mejor” o con un “no me quejo”? 

Claro, elegimos una palabra antes que otra porque sentimos que corresponde mejor con lo que vivimos o pensamos. Pero también sucede al contrario: la palabra elegida le da forma a nuestra experiencia y a nuestro pensamiento. Las palabras y las expresiones que utilizamos con frecuencia actúan como “moldes” que configuran nuestra forma de vivir y de pensar. Así lo dice, por ejemplo, Aldous Huxley:

“Las palabras son los instrumentos del pensamiento; ellas forman el canal por el cual el pensamiento fluye; son los moldes en los que el pensamiento toma forma.”

A ello le podemos sumar este otro fragmento de Gandhi:

“Vigila tus pensamientos, porque se convierten en palabras. Vigila tus palabras, porque se convierten en actos. Vigila tus actos, porque se convierten en hábitos. Vigila tus hábitos, porque se convierten en carácter. Vigila tu carácter, porque se convierte en tu destino.”

Así, aunque decir “vigila tus palabras, porque se convierten en tu destino” podría parecer exagerado, si trazamos como Gandhi el camino que las ideas y las palabras recorren (palabras-actos-hábitos-carácter-destino), la relevancia del lenguaje personal es clara. Pero también en sentido contrario: pocas veces se dice así, tan directamente, que el “destino” aparentemente inamovible puede depender, en gran medida, de algo tan cercano como las palabras.

Las palabras son hábitos. Entre más recurramos a una palabra, más experiencias tendremos que puedan describirse con esa palabra, simplemente porque así las interpretaremos. Y aunque esto fácilmente podría degenerar en alguna suerte de consejo de auto ayuda, me aferro a su valor: las historias que nos contamos a nosotros mismos (y a otros), y la forma en la que nos las contamos, le dan forma a las experiencias que vivimos. Por eso narrar nuestras tristezas (o darles vueltas una y otra vez en nuestra mente) las vuelve más sólidas y más pesadas, mientras que invertir más tiempo en describir las cosas positivas hace que su goce se extienda. Y articular esas tristezas o esos goces en una narrativa mayor es lo que nos permite dar sentido a lo que viviremos después. Una de las causas de la depresión es una narrativa personal enfocada en lo negativo, pero también incompleta o incoherente.

Es una narrativa que puede transformarse y modificarse, en especial si nos sabemos sus autores incansables y tomamos la decisión de tejerla del modo más interesante y disfrutable que sea posible. Los aprendizajes y atisbos de sabiduría que encontremos en el camino, en su mayor parte, quedarán grabados así, en forma de historias, casi siempre con palabras precisas e inconfundibles. 

Esas palabras, a las que recurrimos una vez y otra, se convierten en núcleos de nuestras experiencias, en epicentros en torno a los cuales gira nuestro día a día. Personalmente, prefiero hacer un hábito de “impresionante” que de “aburrido”, prefiero girar en torno a “bellísimo” que en torno a “indiferente” y prefiero construirme una morada o una casa de playa en “explorar” antes que en “desenmascarar”. Y para ello no es necesario tener sólo experiencias impresionantes y bellísimas, sino estar al acecho de los detalles que sí lo sean y narrarlos, pensarlos, expandirlos y verbalizarlos. 

Por eso, ampliar el vocabulario que usamos, los matices con los que una historia puede ser contada o la variedad de tonos que se pueden utilizar, es también ampliar nuestra experiencia y sus posibilidades. Punto para la ñoñez y para los diccionarios —recuerdo una frase: “Una definición cualquiera es un paseo”—, pero también para la vagancia y para los oídos abiertos, dispuestos a escuchar a otros narradores y a visitar sus epicentros lingüísticos. 

liz-arrobaeudoxa

 

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