Arte sacro: ¿estética o necesidad?

"Transubstanciación", escultura de papel de Angela Glajcar
“Transubstanciación”, escultura de papel de Angela Glajcar

“En mi opinión sólo puede darse una verdadera obra de arte cuando la necesidad de trascender el plano físico del hombre es su función principal.”

Por Santiago Piñeirúa

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En una reciente reunión de amigos surgió el tema del arte sacro, tema que puede ser extremadamente denso y tan largo como uno quiera. El término “arte sacro” nos lleva automáticamente a pensar en toda una obra pictórica, musical, escultural o literaria alrededor del cristianismo, pues es precisamente la religión que más arte ha inspirado, por lo menos en nuestra visión occidental. Sin embargo, me gustaría reflexionar acerca del surgimiento de este tipo de arte y sobre su lugar en el mundo contemporáneo.

Cuando mencionamos el término “arte” es necesario pensar en el significado y su evolución a través del tiempo, pues hace relativamente poco que el arte es considerado como un medio de expresión que utiliza la estética como fin último, como un entretenimiento, conducto de expresión de emociones, o como un despliegue de técnica y virtuosismo. En tiempos más antiguos el artista no tenía un estatus tan intelectualmente elevado como en nuestros días; el arte era una actividad humana que tenía como característica la dedicación y la maestría con la que se ejecutaba, mas no necesariamente cumplía un rol esencial en un plano abstracto.

Si entendemos esta mutación del término a través del tiempo veremos que antiguamente el arte tenía una función distinta a la actual. Si bien es cierto que el arte siempre ha tenido la función de comunicar, el contenido a transmitir es el que ha ido evolucionando. El arte sacro en el cristianismo es indudablemente el mejor ejemplo de esto. Dos mil años de evolución en el arte cristiano han demostrado que su función ha sido más la de alabar a Dios, predicar, enaltecer la oración humana y dignificar la relación entre el hombre y su creador. En segundo plano está, pues, el entretenimiento, la estética, la técnica y el virtuosismo, elementos comúnmente asociados al arte hoy en día. Este arte, entonces, tiene una función espiritual por encima de cualquier cosa.

La historia del arte es simplemente imposible de entender sin el arte sacro, pues la inspiración en la religión, el misticismo, la divinidad y demás elementos sobrenaturales han desarrollado al artista a través del tiempo tanto en lo sacro como en lo secular. La historia de la música occidental europea, por ejemplo, empieza por tener una función religiosa, mas no estética. Es esta necesidad de alabanza a Dios y el enaltecimiento del servicio religioso la que desata la evolución de las grandes obras maestras de la música clásica, incluyendo aquéllas del repertorio secular. Las técnicas empleadas en las grandes obras de arte antiguas o actuales que tienen una función más estética que religiosa (seculares) fueron, generalmente, inspiradas en esa elevación espiritual movida por la necesidad del hombre de adorar a su Creador.

Esta función espiritual de la que hablamos ha inspirado a las obras de arte de otras creencias también. Las culturas orientales, o incluso las prehistóricas, tienen un fundamento en esta idea. Se ha demostrado, a través de estudios arqueológicos, que las danzas prehistóricas, las pinturas rupestres o las esculturas eran utilizadas como medio de expresión para trascender, no para entretener.

El significado del arte ha cambiado, y es durante el siglo XX y XXI que hemos dado un giro dramático en su definición. A partir de tiempos de la Ilustración se hace más evidente el uso de las expresiones artísticas para fines políticos, revoluciones culturales o protestas, dejando de lado su fundamento espiritual. Pero planteo yo la siguiente pregunta: Si el arte nació de una idea de trascendencia espiritual o religiosa que inspiró las grandes obras, ¿no deberíamos regresar a ese fundamento esencial? En mi opinión sólo puede darse una verdadera obra de arte cuando la necesidad de trascender el plano físico del hombre es su función principal. No tiene que ser una obra religiosa, pero sí fundarse en esta idea. El verdadero arte sacro cumple con esta característica, dejando de lado el ego encontrado en el virtuosismo o la técnica de la obra y acercando a la gente al origen de su inspiración: Dios.

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