La soledad se combate comiendo

 

Tea Cup, de Lee Price
Tea Cup, de Lee Price

“Veo una clara relación entre el aumento de la sensación de soledad de muchos de nuestros contemporáneos y el deterioro de sus prácticas alimenticias, en particular, la de procurarse momentos comensales valiosos.”

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

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“Yes, they’re sharing a drink they call Loneliness, but it’s better than drinking alone!” – Piano man, Billy Joel

Solo, traicionado por el mundo y aislado de la sociedad en los sótanos subterráneos de París, el “Fantasma de la ópera” -personaje de la obra homónima de Gastón Leroux- perdió su humanidad y se convirtió en un verdadero monstruo. Fuera de la ficción, lo mismo le ha pasado y aún le sucede a muchas personas que son atacadas por el demonio de la soledad. Me pregunto, ¿qué habría pasado si el Fantasma se hubiera permitido, de cuándo en cuándo, tomarse un cafecito con los dueños del Palacio de la Ópera de París, sus involuntarios benefactores? ¿Podría el gran poder social del momento comensal haberle ayudado a conservar su cordura?

Todo aquél que haya experimentado el dolor de la soledad –esa sensación de aislamiento y rechazo– sabe que no es nada agradable, deseable, ni saludable, pero también que no es una cosa muy fácil de combatir. Paradójicamente, en este mundo sobrepoblado cada vez tenemos a más personas que experimentan una sensación de soledad en sus vidas, y aún así entendemos muy poco sobre este problema.

Hace poco me topé con una conferencia del psicólogo John Cacioppo –quien se dedica a estudiar los efectos y las causas de la soledad en los seres humanos y otras especies sociales– que versa sobre el peligro de sentirse solo. La conferencia de Caccioppo me pareció muy reveladora, además de ser un exquisito ejemplo de ciencia bien aplicada, y me dejó pensando –¡qué raro!– en cómo se relaciona este tema con nuestra cultura gastronómica.

A pesar de lo evidente que resulta nuestra naturaleza social, una idea que parece ser predominante en el ideario colectivo de nuestros tiempos es que un individuo adulto debe ser autónomo e independiente –sea hombre o sea mujer, lo mismo da–. Un individuo “realizado” o “en paz consigo mismo” debería ser capaz de no necesitar la aceptación y el reconocimiento de nadie más. ¿O no?

De acuerdo con Cacioppo, esto no puede ser posible por la manera en que hemos evolucionado. Los humanos somos, como las ballenas o los perros, mamíferos pertenecientes a una especie social. Nuestro fisiología se ha desarrollado para favorecer esta naturaleza social, pues de ella depende nuestra supervivencia y prosperidad como individuos y como especie. Nuestro cuerpo-mente, por lo tanto, tiene maneras de alertarnos cuando nuestros vínculos sociales son muy pobres. Esa alerta es el dolor de la soledad.

Lo que esta investigación sugiere es que cuando nos sentimos solitarios no deberíamos hacer un profundo cuestionamiento por la causa que nos hace sentir así, sino que deberíamos interpretar la señal tan claramente como lo hacemos con el hambre, la sed o el sueño: nuestro cuerpo-mente nos indica que algo está mal y que debemos darle pronta solución, o de lo contrario sufriremos consecuencias directas en nuestra salud. Sentirse solo no es simplemente desagradable, sino realmente peligroso.

Esta forma de interpretar el dolor de la soledad me hace mucho sentido a la luz del poder unificador y restaurador de la comensalidad. Cuando comemos juntos reponemos fuerzas, pero no sólo por la nutrición del cuerpo físico, sino por la nutrición de nuestro “cuerpo social” –como le llama Cacioppo–. Comer juntos fortalece las relaciones con las personas que nos acompañan en la mesa. Así que deberíamos organizar nuestras comidas buscando saciar esta necesidad también, además de quitarnos el hambre. “We often go to the dinner table happy that we provided for our family, but having forgotten to share any good times with them“, dice el psicológo. Y dice bien.

Veo una clara relación entre el aumento de la sensación de soledad de muchos de nuestros contemporáneos y el deterioro de sus prácticas alimenticias, en particular, la de procurarse momentos comensales valiosos.

Creo que es válido, sin embargo, hacer un pequeño matiz. Pienso en la obra artística de la pintora hiperrealista Lee Price. En ella, la artista explora la obsesión por darse “gustos culposos” de muchas mujeres, regularmente mal vista y condenada por la sociedad. Price pretende hacer una apología de la práctica, y creo que estoy dispuesto a apoyarla. Estar solo no necesariamente implica sentirse solo.

Algo que Cacioppo no menciona en su conferencia es que los seres humanos somos capaces de hacernos compañía a nosotros mismos. Somos los únicos seres vivos con la capacidad de reflexionar, de dialogar con nuestra propia persona. Muchas personas disfrutan comer en solitario con regularidad. Una comida puede fortalecer también nuestra relación con nosotros mismos. Y quizá sea una práctica muy necesaria. 

Lo que no estoy dispuesto a aceptar –pues toda la evidencia apunta hacia lo contrario– es que esta práctica es suficiente. Los seres humanos no podemos ser autónomos e independientes. ¡Y qué bueno! Pues el convivio en la mesa es una verdadera maravilla.

Aquí les dejo la conferencia de Cacioppo. ¿Qué les parece?

Alberto

 

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