Un apetito de amplitud

 

Chad Wys
Chad Wys

“A la sensación de amplitud le sigue la calma: si se toma distancia suficiente, cualquier estruendo se convierte en murmullo. Uno de los consejos recurrentes para la práctica de la meditación es contemplar las emociones y los pensamientos que nos invaden como si se tratara de nubes que atraviesan el cielo, y dejar que sigan su curso.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

A la ciudad de México lo que le falta es horizonte, pienso a veces. Parece que no hay en ella espacio para el firmamento. Allí donde deberían verse las nubes, la vista se topa con techumbres artificiales, edificios, anuncios y señales. Los sitios en los que el cielo logra imponerse sobre el paisaje urbano me parecen merecidos respiros en los que la mirada puede estirarse a sus anchas y desquitar el abarrotamiento al que suele estar confinada en los espacios cerrados. Si continuara con el ejercicio —iniciado en otro post— de comparar la ciudad con un texto, esos sitios excepcionales serían los espacios en blanco o incluso los hiatos en las palabras, esos breves intermedios que hacen lugar para un descanso entre dos vocales fuertes. 

Intercalo aquí una pieza de arte, una bicicleta intervenida por Olafur Eliasson y nombrada “Your chance encounter”. A la mitad del apelmazamiento citadino, las llantas reflejantes hacen que te topes, cara a cara, con el cielo. 

Your chance encounter
Your chance encounter

Seguramente no soy la única cuya reacción, tras un encuentro así, es buscar un sitio desde el cual pueda mirar esa vastedad más de cerca. Las azoteas suelen ofrecer la oportunidad perfecta. De pronto, el horizonte urbano desciende al nivel del suelo y la vista se inunda de amplitud. Las cosas cobran su dimensión justa: la prisa, las ocupaciones y la saturación del día a día ceden el paso al mero transcurrir del tiempo, al día que se extiende, al aire, a la luz. Perspectiva, le han llamado algunos filósofos. Baruch Spinoza, por ejemplo, consideraba que el propósito de la filosofía es ver la realidad “sub specie aeternitatis”, es decir, considerarla desde la perspectiva de la eternidad (no mencionemos, por ahora, su determinismo). También pienso en la respuesta que daba Carlos Llano a aquella anécdota del pensador absorto que cae en un hoyo por ir con la cabeza en las nubes: “Claro que los filósofos estamos en las nubes, porque desde ahí se ve mejor.”

Pero esa amplitud no impacta solamente en el pensamiento, sino también en el ánimo. Hace poco, por ejemplo, mi mente me jugó una broma. Estaba enojada, pero el motivo era evidentemente absurdo. Aún así, el enojo no desaparecía. La razón no basta, a veces. “¿Qué necesitas?”, me preguntaron. “Una tregua. Un lago. Una pausa.”—mi mente se divertía, supongo, con esas peticiones nada fáciles de conceder. Otras veces había tratado de explicarlo como una pintura: lo que quiero es un día pintado a la acuarela, en bajo contraste, con largos espacios en blanco. Ese apetito de amplitud me invade con frecuencia. 

Brian Oldham
Brian Oldham

El día del enojo probé con una siesta, pero me encontré con que no es una tregua real. No se trata de extinguir el torbellino, sino de aquietarlo. Y la práctica mental destinada a ello es la meditación (que funcionó de maravilla). Así lo explica la budista Pema Chodron:

“The meditative space is like the big sky—spacious, vast enough to accommodate anything that arises.”

Se trata de hallar una azotea, un descanso o un respiro entre el barullo de la propia mente y, a partir de ahí, abrir el horizonte, hacer espacio para la amplitud. Es un desplazamiento deliberado, como en esta pintura de Gustav Klimt, en la que la mirada se desvía voluntariamente de la isla para enfocarse en el mar: 

Gustav Klimt, Island in the Attersea
Gustav Klimt, Island in the Attersea

Una vez más, cito a Pema Chodron:

“There’s the space that seems to be out there, like the sky and the ocean and the wind, and there’s the space that seems to be inside. We could let the whole thing mix up. We could let the whole thing just dissolve into each other and into one big space. Practice is about allowing a lot of space. It’s about learning how to connect with that spaciousness that’s inside, and the spaciousness that’s outside. It’s about learning to relax, soften, and open—to connect with the sense that there’s actually a lot of room.”

Pienso ahora en estas fotografías de Hiroshi Sugimoto, en las que el encuentro de océano y aire sugiere una quietud inmensa y antigua.

Hiroshi Sugimoto. Seascape-Aegean Sea
Hiroshi Sugimoto. Seascape-Aegean Sea

Así, a la sensación de amplitud le sigue la calma: si se toma distancia suficiente, cualquier estruendo se convierte en murmullo. Uno de los consejos recurrentes es contemplar las emociones y los pensamientos que nos invaden como si se tratara de nubes que atraviesan el cielo, y dejar que sigan su curso. Recuerdo también un diálogo de la película Peaceful Warrior

—Where are you, Dan?
—Here.
—What time is it?
—Now.
—Who are you?
—This moment.

¿Quién eres? “Este momento”, responde Dan. No una sola de las nubes, sino el firmamento entero. No una sola de las ideas ni un enredo de emociones, no una sola gota de agua en su carrera loca por la corriente del río. La clave es la amplitud, y el camino hacia ella está siempre al alcance, incluso en esta ciudad de locos y en esta época en la que la saturación se toma por abundancia. En realidad, esa vastedad que parecería más cercana a lo vacío, es rica y abundante. Contiene paz y perspectiva. Y ese goce único que dan los horizontes abiertos:

Nathaniel Russel
Nathaniel Russel

 

 

liz-arrobaeudoxa

 

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