Vivir con sentido de urgencia

 

Foto: Bertil Nilsson
Foto: Bertil Nilsson

“La urgencia no es prisa, es consciencia de la importancia y la necesidad del cambio.”

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Acabo de terminar de leer, por recomendación de Elizabeth Gutiérrez, el hermosísimo “Seda” de Alessandro Baricco. Es un libro-spa: es imposible transitarlo rápidamente, aunque sea corto y se termine de leer pronto, porque tiene un ritmo contemplativo e irresistiblemente pacífico; una música blanca, como estaciones que cambian sobre un jardín japonés. Hervé Joncour, su protagonista, lleva una vida algo repetitiva, pero en esa repetición no hay hartazgo sino que es una rutina en la que se encuentra la calma y una felicidad serena… aunque limitada. Cero prisas. Me dejó pensando en si me gustaría una vida así. Me dejó pensando, por el ritmo pausado, en Don Juan Luis Prieto.

Juan Luis, hermano del gran chelista y pensador Carlos Prieto, es un empresario de larga carrera, pero también un hombre culto y contemplativo. Se toma su tiempo para escoger sus palabras y le gusta revisarlas, una por una, para asegurarse de que son las que mejor comunican lo que quiere decir. Se toma el tiempo, además, de tocar la viola. Hace poco, él nos dejó a los eudoxos varios consejos para el emprendimiento, siendo uno de ellos el plantearse objetivos ambiciosos pero realistas y perseguirlos con tenacidad, rigor y disciplina.

A mí también me gusta pensar las cosas con calma (la gente dice que soy lento). Me gusta tomar las ideas y examinarlas a fondo y luego apartarlas; ponerlas en un estantito de pendientes y distraerme con otras actividades. En ese estante mental las ideas maduran y, cuando vuelvo a ellas, las encuentro más dulces y, si son problemáticas, menos enmarañadas. Este proceso lleva tiempo, por supuesto, y no siempre es posible aplicarlo con el ritmo de vida acelerado característico de la ciudad y los tiempos en los que me ha tocado vivir. Es como tratar de beber una taza de té en medio de un huracán, pero al menos lo intento. 

A veces, también, me paso de lento. No siempre tengo ese rigor y esa disciplina de las que nos habló Juan Luis.

Otras veces me gana la glotonería y una idea que se me presenta como irresistible me exige atención inmediata. Esto es algo que le sucede mucho a los emprendedores más energéticos: quieren que las cosas se hagan ya, sin pretextos ni demoras. Esta prisa, sin embargo, puede resultar sumamente daniña para la salud y para los resultados que se persiguen. Hay gente que florece con este ritmo vertiginoso, pero yo no parezco ser uno de ellos.

Entonces pienso: “¡claro que me gustaría una vida como la de Hervé Joncour!”, pero pronto la realidad viene a darme una cachetada para que salga de mí mismo y mire a mi alrededor. En el mundo que me rodea hay cambios que son necesarios y que yo puedo hacer; hay gente con más necesidad que yo a la que puedo ayudar. Tengo una responsabilidad con los demás de la que no puedo olvidarme y a la que no debo descuidar. Tengo una responsabilidad conmigo mismo, para ser la mejor versión de mí que puedo ser.

Estas cachetadas de realidad son las que explican por qué soy un consultor para emprendedores y no, digamos, un jardinero. Y una de estas llamadas de atención me la propinó también hace poco otro maestro Jedi del emprendimiento: Agustín Irurita, ex CEO de Grupo ADO. Él vino a darnos su consejo a Eudoxa. Nos alentó a seguir por el camino que vamos y nos invitó a actuar y a promover entre nuestros emprendedores un “sentido de urgencia”.

Agustín es un hombre inteligente y ágil, muy diferente al paciente Juan Luis. Su ritmo de ejecución es totalmente diferente. Y aunque no soy partidario de esas velocidades, como ya dije, sus palabras me dieron una razón muy buena para que me replantee mi gusto por la lentitud. “Urgencia” no es una palabra apetitosa. Pero es cierto que lo urgente, lo que requiere nuestra atención inmediata, muchas veces lo es sólo porque nosotros hemos provocado que así sea con nuestro descuido o indiferencia.

Vivir con sentido de urgencia, parafraseando a Agustín, es vivir conscientes de que el cambio que queremos hacer, cualquiera que éste sea, ¡es para hoy! Ya basta de posponerlo. ¡Es para hoy!

Cuando decimos que queremos estudiar otro idioma, que queremos hacer un viaje por Asia, que queremos empezar al fin la maestría, aplicar para la beca, terminar la tesis… ¡es para hoy!

Ese negocio que tenemos en mente, ese país mejor en el que queremos vivir, esa actitud más amable que queremos tener, esa visita al amigo que hace tanto que no vemos, ¡es para hoy!

Ese “algún día” es la mentira más peligrosa que nos decimos. Si no actuamos con un sentido de urgencia puede ser que la vida “nos suceda”. Nos sucede que nos casamos –o no nos casamos–, tenemos hijos –o no los tenemos–, envejecemos –¡o envejecemos!– y se nos van las oportunidades, las fuerzas, la llama, el fuego. La vida toma su propio rumbo, todo fuera de nuestro plan, de nuestra intención y de nuestras expectativas.

De Hervé Joncour se decía que era un mero asistente a su vida, y que nunca se le vieron ganas de vivirla. ¡Claro que no quiero ser como él! ¡Está mal que me pase de lento! Mi estante de ideas no debe ser un basurero…

Concluyamos, pues. Me gusta vivir sin prisas, pero la urgencia no es prisa, es consciencia de la importancia y la necesidad del cambio. Juan Luis Prieto no me dio la impresión de vivir con mucha prisa, ¡pero vaya que ha hecho cambios en su vida y su entorno! Festina lente, pues, pero urgente. Con calma, pero adelante, con rigor y disciplina. ¡Es para hoy!

Alberto

 

 

Un comentario en “Vivir con sentido de urgencia

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