Exploración urbana de museos involuntarios

petite-ceinture

“A menudo olvidamos que las ciudades son entidades vivas cuyas historias hay que salvar de la indiferencia.”

Por Chloé Nava

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Me gusta descubrir las ciudades acompañada porque así puedo caminar por horas y olvidar por completo la existencia de mis piernas y de mis pies. Me distraigo platicando y asombrándome de las cosas nuevas que me rodean. Disfruto mucho andar de esta manera, ya que se recorren grandes distancias y las oportunidades de toparse con algo realmente original aumentan.

He tenido varias buenas oportunidades de pasearme de esta manera, ya sea con gente mexicana o francesa, y en ambos casos el resultado ha sido plenamente satisfactorio. Los contrastes que llegan a albergar las grandes ciudades son siempre dignas de observación y dejan al alma un tanto perpleja. El Distrito Federal tiene muchos de estos contrastes, recuerdos vivos de nuestro pasado, de nuestra situación económica y de nuestras costumbres.

La semana pasada descubrí un viejo camino de tren en el seno de París. Las vías estaban invadidas por la vegetación y aunque la entrada estaba claramente prohibida, tras pasar por encima de un par de bardas y bajar unas cuantas escaleras llegué a ese lugar antiguo y medio abandonado. Las paredes a mi alrededor estaban cubiertas de enredaderas y diversos arbustos decoraban el largo pasillo. El hecho que el día estuviera soleado ayudaba a hacer del paisaje un lugar hermoso y no tétrico como seguramente parece serlo en la noche.

Ahora una compleja red de metros urbanos y suburbanos han sustituido esta ruta y la construcción misma de la ciudad la ha cortado. Así que estar ahí fue como tocar a la puerta de la memoria de París, preguntar por otra época y en cierto modo poner entre paréntesis la realidad actual. Presente, pasado y futuro quedan entremezclados por un instante.

El camino se llama La petite ceinture o el pequeño cinturón, lo que hace alusión a su trayectoria circular dentro de París. Usado primero por trenes mercantiles y más tarde dedicado a los pasajeros, fue creado con la idea de conectar las distintas estaciones de trenes de la ciudad que servían de terminal a los vagones que venían de provincia. Debido a esto desde su inauguración La petite ceinture tuvo gran éxito.

Construida bajo órdenes de Napoleón III medía inicialmente 32 km y estuvo en funcionamiento poco más de 70 años desde 1852. Llegó a ser parte de la exhibición universal de 1900 y, aunque fue retomada por la concesionaria de transporte público de la ciudad, poco a poco fue abandonada y sólo dos tramos fueron habilitados para ser visitados por el público como jardines o en un paseo ecológico o Promenade écologique. La parte que conocí formaba parte de las secciones prohibidas desde 1942, pero eso ayudó marcar más mi espíritu.

Pensar que en sus inicios el camino representaba una revolución en términos de eficiencia mercantil me llena de una pequeña alegría difícil de compartir. Yo me paro a contemplar un lugar que fue hecho para ser vivido; para mí es como un objeto en un museo, pero nunca fue pensado de esa manera y ahí está toda la magia.

A menudo olvidamos que las ciudades son entidades vivas cuyas historias hay que salvar de la indiferencia. Siempre busqué hacer eso en México y ahora que ando de exploradora del otro lado del océano planeo hacer lo mismo. Los invito a perderse en las calles que rodean sus casas o cuando salgan de vacaciones a vagar sin rumbo preciso hasta encontrar algo que los impresione, la sensación suele ser muy bella.

 

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