Un picnic con vino y música

sena

“En cierto modo aquí todos somos invisibles, pasamos desapercibidos en esos microespacios a los que no pertenecemos.”

Por Chloe Nava

Twitter: @MmeRoubaud

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A menudo he pensado que uno de los grandes atractivos de París es que pueden crearse eventos que uno sólo creería posibles lejos de una ciudad tumultuosa. La verdad es que este lugar está repleto de micromundos en los cuales todos podemos encontrar cabida.

En cierto modo aquí todos somos invisibles, pasamos desapercibidos en esos microespacios a los que no pertenecemos. Eso puede apreciarse con gran facilidad en el metro a partir de las diez u once de la noche. Los adolescentes fresas comparten el vagón con los skaters y éstos a la vez con un grupo de adultos vestidos elegantemente para algún restaurante chic cerca de la Torre Eiffel. Y cada vagón varía de grupos, cada uno se ocupa de su universo y a penas las barreras entre ellos se rozan.

Uno de mis mundos favoritos es aquél que mezcla comida hecha en casa, vino y música bajo la complicidad de las estrellas. El sábado pasado para celebrar la partida de una de mis roomies nos instalamos a un lado del Sena con todo nuestro trajín de comida y bebida. Las horas pasaron, la noche refrescó y trajo consigo a un grupo de jóvenes universitarios con trompetas, saxofón, batería y toda una sarta de instrumentos más.

Puedo decir que en ese momento empezó la fiesta: con un estilo similar a los chicos de Beirut y un poco de Goran Bregovich, los jóvenes interpretaron canciones desde lo disco hasta ritmos cubanos. La música puso un ambiente festivo en el lugar y alrededor de nosotros no había nada, todo era silencio, realmente ese era un micromundo.

Cada quien puede inventar su noche en París, no importa el día de la semana. Que sea lunes o sábado el metro y los autobuses nocturnos hablan de la gran diversidad de escenarios que ofrece la ciudad de noche. Bailamos hasta las dos de la mañana, así, sólo porque la noche parecía mágica y cómplice.

Tantas emociones volvieron mi memoria hacia México, porque nunca dejo de pensar en mi país. Recordé unas vacaciones en Zacatecas donde la Orquesta Sinfónica de Zacatecas me impresionó al ofrecer conciertos abiertos al público de manera cotidiana. Ese aspecto de una ciudad que hace de la música un evento abierto a la gente con el único fin de ofrecer algo bello me encantó. También recordé que en la ciudad nos hacen falta espacios públicos que hagan posible estas situaciones de manera más habitual. En la ciudad de México han puesto como escenario algunas estaciones de metro para que bandas mexicanas puedan presentarse, pero siendo honesta la acústica no es la mejor y en última instancia uno asiste por el ambiente, por la popularidad del grupo o simplemente porque conoce a alguno de los integrantes.

En tanto que habitante del Distrito Federal sé que hay lugares abiertos al público donde jóvenes músicos talentosos pueden presentarse, sin embargo la ciudad es enorme y tiene más gente de la que estos espacios pueden albergar. Les comparto mi aventura nocturna y mis pensamientos de regreso a mi casa. México también está lleno de micromundos, pero a diferencia de lo que veo aquí, no todos parecen tener cabida en la sociedad. Tampoco estos micromundos se rozan, no podremos encontrar gente vestida elegantemente para cenar en un restaurante de clase en Polanco tomando el metro a las once de la noche en Tacubaya. No, eso no pasa en mi ciudad, hasta parece una broma.

Así que, con una mezcla de nostalgia y felicidad, todas estas cosas me vienen a la mente.

 

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