El arte de compartir la vida

viejitos

“Estoy convencida de que para compartir la vida no hay manuales ni recetas. Pero para crear esos auténticos espacios sagrados no hay entregas dosificadas, no hay seguros ni garantías.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

La abuela se está haciendo vieja. Lo noto en su cara, en su forma de caminar, en lo que olvida, lo que recuerda, lo que repite. Verla envejecer es un deleite, un aprendizaje constante que sé que extrañaré cuando dejemos de coincidir en este mundo y en este tiempo. Cada vez que el abuelo se acerca, nos dice: “Mira, ¡qué guapo mi Don Deivi!”. Después, le da un beso un poco brusco en el cachete y sigue: “me saqué la lotería con mi Don Deivi, lo adoro.” El abuelo siempre se queda callado, no tiene que decir nada. Hace tiempo que aprendimos que ser parlanchín no coincidiría nunca con su templanza. Ella lo conoce bien, han compartido la vida 62 años, pero a veces le reclama con el tono bromista que siempre la ha caracterizado: “Yo siempre te digo que te quiero y tú no me dices nada.” “Aquí sigo”, contesta tranquilo. Y ahí está el abuelo, siempre al pendiente de ella, amándola y cuidándola. ¿Qué importa si ahora es más testaruda, si de repente se le pasan los tequilas o si le paga dos veces al señor del gas?

Seguramente la vida de los abuelos no ha sido perfecta. Subidas, bajadas, estancamientos, resbalones. Pero ellos han escogido cada palabra para crear su propia narrativa y atesorar en su rincón más profundo la mejor versión de su historia, aquélla que han compartido con todos los que tenemos la fortuna de conocerlos. Dice García Márquez que “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos.” Los abuelos han hecho de su amor un ancla para hacer frente al torbellino cotidiano, un refugio seguro cuando el resto de las cosas se desploma, como dijo Liz al hacer referencia a los espacios sagrados.

No cabe duda, es un arte compartir la vida. Un arte porque es creador de lo sagrado, porque es un camino permanente para poder salir de nosotros mismos y, al mismo tiempo, reencontrarnos, porque es una oportunidad para expresar, sentir, dejarse tocar. El amor es la voluntad mutua de aspirar a lo definitivo.

Y heme aquí, en el comienzo de mi compartir la vida. Recibí toda clase de consejos para protegerme y no arriesgar el corazón: “no lo des todo al principio, porque luego se va a acostumbrar”, “no le tienes que aguantar todo”, “si no funciona, te regresas y ya”. Me felicitaron por tomar la opción de vivir juntos antes de casarnos porque “no vaya a ser”. También recibí toda una lista de hechos de lo que iba a suceder porque “así es la vida en pareja”, como pelear por la pasta de dientes o porque a él le gusta poner la mesa de una forma y a mí de otra. ¡Cuánto daño nos hacen los estereotipos! Y esto incluye también a las conductas esperadas. ¡Cuánto daño nos hace el miedo! Queremos controlarlo todo, no arriesgarnos, “caer en blandito” y tener una salida fácil.

Hoy, estoy convencida de que para compartir la vida no hay manuales ni recetas. Pero para crear esos auténticos espacios sagrados no hay entregas dosificadas, no hay seguros ni garantías. En el amor hay que rendirse y confiar, pero también hay que querer, tener voluntad. “Las acciones mínimas (…) se convierten en una coreografía precisa en la que se inauguran espacios sagrados y poéticos, si se hacen con la atención despierta y la intención explícita.” Y es así cuando decir “sí” todos los días no es un calvario, sino un acto voluntario que escogemos por su gran poder transformador, porque sabemos que amar a esa persona nos hace a los dos mejores seres humanos cada día. El corazón sabe cuando ha encontrado el refugio. Quienes han experimentado la plenitud saben que es imposible confundirla con un éxtasis momentáneo.

La abuela ha contado la misma historia quince veces en el lapso de una hora. El abuelo escucha y, con esa paciencia infinita, la toma de la mano y siguen caminando juntos.

Para Tatis y Belo, mi inspiración para compartir la vida.

 

Susana

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