Abrir el horizonte

horizonte

“Sólo con perspectiva se puede interpretar el mundo de un modo tal que podamos ser actores vivos en él. La acción en el mundo requiere una buena interpretación del mismo, y esta interpretación exige que nos tomemos el tiempo para observar.”

Por Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Hace años, cuando recién comenzaba mi carrera universitaria, tuve la oportunidad de escuchar una conferencia magistral dictada por Carlos Llano Cifuentes, doctor en Filosofía y fundador del IPADE. La conferencia fue una arenga sobre la importancia de la filosofía y sobre la virtud de saber pensar bien.

En algún momento de la conferencia Carlos Llano hizo una pausa. Parecía que reflexionaba sobre lo que iba a decir a continuación y, con su voz enérgica que le caracterizaba, afirmó: “dicen que los filósofos vivimos en las nubes… ¡y claro que es así! Desde ahí arriba el mundo se ve mejor”.

Esta anécdota me gusta contarla en varios de mis cursos y algunas de mis conferencias, so pretexto de la visión. Carlos Llano, al afirmar que desde las nubes se ve mejor, nos recordó a todos los asistentes la naturaleza de nuestra profesión: estamos llamados a ver mejor; nos educamos para aprender a ver. Sin embargo ésta no es la única enseñanza que se esconde detrás de la frase de Llano. Hay otra que con el paso del tiempo y con ayuda de personas muy valiosas he aprendido a comprender un poco mejor.

Saber ver es tener perspectiva. ¡Qué palabra tan increíble! Perspectiva es una palabra que viene del latín: per-specere, ver mejor, ver más. Si revisamos el origen griego de la palabra “specere” (spéctomai) entonces nos encontraremos con un significado aún más profundo: considerar, examinar o mirar buscando algo.

Los filósofos estamos llamados a tener perspectiva, es decir, debemos aprender a ver mejor o a considerar lo que nos rodea. Y esta habilidad es importantísima, pues sólo con perspectiva se puede interpretar el mundo de un modo tal que podamos ser actores vivos en él. La acción en el mundo requiere una buena interpretación del mismo, y esta interpretación exige que nos tomemos el tiempo para observar.

La perspectiva que tenga una persona va de la mano del horizonte de cosas que sea capaz de ver. Si un hombre está confinado a un calabozo y nunca ha conocido nada más allá de sus cuatro paredes, ¿puede tener una perspectiva amplia que le enseñe las posibilidades que existen más allá de su cautiverio? Definitivamente no. Pues bien, ese calabozo puede ser la rutina o el trabajo cotidiano.

Muchas veces nos encontramos tan embebidos por la inmediatez que no nos damos espacio para ampliar nuestro horizonte, para forzarnos a salir de nuestro calabozo y descubrir lo que hay más allá. Las tareas cotidianas pueden ser las cadenas más firmes contra nuestro afán de alcanzar las nubes y ver el mundo desde ahí.

Esta situación es muy común en muchos emprendedores y ejecutivos de empresas. Empujados por un afán de especialización y un deseo de éxito personal y profesional se concentran únicamente en lo que puedan ver dentro de los límites de su vida diaria. Saben mucho de lo poco que hacen y dejan de lado ámbitos ajenos por considerarlos superficiales o distractores. Toda su vida la interpretan bajo la luz de su mazmorra existencial y, por lo tanto, se condenan a nunca poder salir de ella.

Un ejemplo de esto lo encuentro en la relación de los emprendedores y los ejecutivos con el ocio. Hace unos días me invitaron al radio a platicar sobre las películas que debía ver todo emprendedor. El tema no me era desconocido, pues en internet me he topado con muchas y muy variadas listas de las diez o veinte producciones cinematográficas que los ejecutivos debemos ver. Sin embargo, cuando llegué al radio mi mensaje fue otro: las películas se van a ver porque nos abren el horizonte, es decir, porque nos sacan de lo cotidiano y nos permiten un momento de esparcimiento muy sano. Ver una película con un afán laboral o productivo es tan trágico como si a un prisionero le dieran la llave de su celda y la usara para dibujar mejor las líneas que registran los días que lleva reo.

Una manera de solucionar este aprisionamiento es darnos espacios de ocio puro. Permitirnos hacer cosas por el simple gusto de hacerlas y no por cumplir con algún requisito social, ni laboral ni de ninguna clase. Permitirnos abrir el horizonte propio y guardarnos un espacio para nosotros mismos, para un encuentro íntimo con la belleza, nos eleva a las nubes, nos permite ver mejor y, por lo tanto, nos hace más aptos para vivir la vida de manera plena y no simplemente como autómatas exitosos, prisioneros de la cotidianidad.

Aprender a ver el mundo desde las nubes, es decir, aprender a tener una perspectiva amplia, nos permite ser capaces de salir de nuestros propios límites y alcanzar sueños que antes parecían imposibles. Sueños que nos hacen humanos, cada vez más humanos.

Juan José

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