Cómo sobrevivir a la soltería (o al matrimonio)


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“Creo que la imagen de la mujer feliz y realizada con sus bebés y su esposo me presiona y me afecta igual a mí que a mis amigas solteras.”

Por Emilia Kiehnle

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Hace poco una amiga compartió este video en su facebook:

Es una breve reflexión de Paula Schargorodsky, una cineasta argentina de 35 años que vive en Nueva York y es soltera. Ha pasado los últimos diez años viendo a sus amigas casarse y tener bebés. Cuando su última amiga soltera se casó, Paula comenzó a rlefexionar acerca de la soltería en las mujeres, el deseo de compartir la vida con alguien más y de tener hijos, y la presión de las expectativas sociales.

El video es corto y, más que ser una crítica muy elaborada o dar una respuesta contundente, se limita a plantear el problema de su situación: es soltera, tiene 35 años, las personas a su alrededor consideran que ya debería casarse (y en ocasiones ella misma también).

Es un tema que no me es ajeno. He visto a muchas de mis amigas solteras luchar contra esta sensación de tener una bomba de tiempo atada al cuerpo. La mayoría todavía están en la veintena y las he escuchado decir frases como: “no tengo novio, pero ya llegará el indicado, todavía estoy joven”, o “sí me gustaría tener hijos, pero todavía tengo tiempo”.  La verdad, las veo presionadas, y siento que es una presión que viene en parte de un juicio social, pero sobre todo de ellas mismas.

Por otro lado, también me ha tocado ver la otra cara de la moneda, a mis amigas que se casaron jóvenes y que ya están con la cabeza puesta en los esposos, la casa y la crianza de los hijos. Yo misma formo parte de este grupo y ya estoy acostumbrada a las conversaciones sobre la vida con los maridos o los consejos para evitar los ascos en el primer trimestre del embarazo. Y, ¿saben qué?, también a veces me siento presionada, deseando inconscientemente llenar una serie de expectativas sociales (y personales) y a la vez tratando de luchar contra ellas.

La primera vez que me di cuenta del enorme cambio de posición social que se vive al tomar la decisión de casarse (o de no hacerlo), fue en mi último día de clases en la universidad. En ese entonces ya estaba comprometida con mi actual esposo. Estábamos platicando varias amigas sobre la incertidumbre de vida que se siente al terminar la carrera. Y después de dar mi opinión, una amiga me dijo: “pero ¿tú de qué te preocupas?, tú ya tienes ese problema resuelto.”  Y lo dijo sinceramente, como felicitándome por haber logrado triunfar en la vida. De repente me di cuenta de lo diferente que me veían mis amigas. La incertidumbre “ya no era mi problema”. Como si al casarme mi vida y mi felicidad estuvieran garantizadas. Como si vestirse de blanco y tener bebés lo terminara todo. Creo que ese estereotipo es tan dañino para las mujeres solteras como para las casadas. Nos lastima igual porque en ambos casos nos reduce a una imagen.

Hoy en día esa concepción del matrimonio todavía me sorprende desprevenida. Sé que a veces mis amigas solteras ven mi vientre abultado de embarazada con cierta añoranza, al igual que yo en ocasiones las envidio por verlas tan independientes y dueñas de su propio tiempo, y luego me da un poco de remordimiento pensar esa clase de cosas, pues “yo ya tengo la vida que quería, tengo el problema resuelto”. Finalmente, creo que la imagen de la mujer feliz y realizada con sus bebés y su esposo me presiona y me afecta igual a mí que a mis amigas solteras.

Los deseos y las expectativas no tienen nada de malo en sí: no está mal ser soltera y desear tener una pareja y formar una familia como tampoco está mal ser casada y desear algo de independencia y tranquilidad. Tampoco creo que esté mal que la gente que nos rodea opine sobre nuestras opciones de vida, pues por lo general es con buenas intenciones y buscando lo que creen que es mejor para nosotros. Lo malo, creo yo, es cuando -tanto nosotros como los que nos rodean- compramos alguna imagen reduccionista o estereotípica y la volvemos la regla con la cual nos medimos. Entonces, de pronto, toda la complejidad de nuestras personalidades, ambiciones y capacidades desaparece ante la etiqueta del papel social que desempeñamos. Y eso es trágico.

No creo que haya un genio maligno ni que esto sea culpa de una estructura social malvada que obliga a las mujeres a adoptar un lugar específico; creo que más bien es un proceso natural en la vida de cualquier persona. Es normal hacerse preguntas sobre lo que queremos y sobre nuestro papel en la sociedad, y está bien elegir estar en un lugar o en otro en el momento en el que queramos. También es normal tener crisis de repente y sentir presión por las expectativas internas y externas. El punto, me parece, es no dejar de reflexionar. No cerremos nuestra mente, mantengámonos abiertos a considerar nuestra vida, nuestras decisiones y las de los demás. Aprendamos a no medirnos a nosotros ni a otras personas con estereotipos, aprendamos a ser prudentes y a no reducir la bella complejidad de la realidad a una pobre imagen inmóvil.

Al final del video, después de pensar en su situación y en lo que ella siente y quiere, Paula Schargorodsky concluye que no hay recetas perfectas para la felicidad. Se da cuenta de que ella misma es un ser complejo que tiene que seguir planteándose preguntas para ir encontrando sus propias respuestas.

Podría parecer que al final Paula no logró resolver su problema; parece que es más fácil vivir con una etiqueta inmóvil que pensando y decidiendo cada vez y en cada caso lo que queremos ser, pues ¡qué incertidumbre!, ¡cuánto esfuerzo de reflexión y autoconocimiento requiere esto! Pero, finalmente, es la manera en la que estamos hechos. Para vivir satisfechas con nuestra soltería o con nuestro matrimonio, tenemos que aceptar que somos seres complejos y que nuestras vidas no pueden ser simples.

Emilia

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